Beatriz Riera
Nacida en diciembre de 1925 en Salamanca, hace ahora cien años, Carmen Martín Gaite fue una escritora versátil que cultivó todos los géneros literarios y en todos ellos se evidencia un discurso biográfico que se convirtió en elemento cohesionador de su obra y que la dotó de una gran transversalidad.
Criada en una familia de marcado talante liberal fue educada en la libertad de pensamiento. Su padre la inició en el amor por el arte, la historia y la literatura y en su casa se defendía el derecho de la mujer a tener un trabajo y a conquistar su independencia económica. Estas creencias condicionarán la obra de la autora que tendrá como protagonistas en la mayoría de sus novelas a mujeres marcadas por la presión de la sociedad, la religión, la familia, sometidas al hombre en sus relaciones y que buscan su propia identidad alejada de los convencionalismos.
Carmen abandonó Salamanca y se dirigió Madrid para iniciar sus estudios universitarios. Allí acabó rodeándose de un grupo de amigos artistas y escritores “con un desprecio ostentoso por los estudios universitarios y una afición verdaderamente fervorosa por la literatura” entre las que se encontraba José Ignacio Aldecoa, con quien trabó una gran amistad que se prolongó hasta el fallecimiento de este en 1969 o Rafael Sánchez Ferlosio con quien contrajo matrimonio en 1953. Aquella época acabó por impulsar su vocación literaria. El grupo se articuló alrededor de la Editorial Castalia y a la Revista Española auspiciada por Antonio Rodríguez Moñino que le dio la oportunidad de publicar sus primeros cuentos, al menos los primeros que ella consideraba lo suficientemente buenos como para que vieran la luz.
Enmarcada en la Generación del 50 también conocida como Generación de los Niños de la Guerra su estilo se caracterizó por el uso de un lenguaje directo, sin artificios, aunque Martín Gaite añadió al realismo social de los autores de esta generación un grado de lirismo e introspección que la alejaba del estilo neorrealista de sus contemporáneos.
La literatura de Carmen Martín Gaite puede dar la sensación de tratar siempre los mismos temas o, al menos, un número limitado de ellos, pero su discurso íntimo y su carga biográfica permiten al lector observar una renovación en su tratamiento parejo a su propia evolución personal.
El universo femenino es el elemento alrededor del que bascula la producción literaria de esta autora. En Entre visillos, premio Nadal en 1957 y que supuso su gran confirmación en el mundo de las letras españolas, tratará la realidad de las mujeres casaderas en los años cincuenta. La aparición en una monótona ciudad de provincias de una chica con unas aspiraciones vitales diferentes a las de contraer matrimonio supone un elemento disruptivo en esa sociedad. Puede que, precisamente por reflejar tan nítidamente el segundo plano al que las mujeres de esa época estaban condenadas a vivir, la censura no viera en la obra la crítica implícita que acarreaba un personaje tan rompedor como el de la Natalia de Entre visillos.
Las mujeres de las obras de Carmen Martín Gaite buscan respirar y salir del reducto del hogar que se les impone y la forma en que la autora articula esas aspiraciones es a través del propio punto de vista de sus protagonistas. “El testimonio de las mujeres es ver lo de fuera desde dentro”. Por eso estas mujeres miran el mundo a través de ventanas, apartando los visillos, desde el interior, o bien del hogar, o bien de su propio mundo, y desde él quieren trascender más allá del papel de sumisión que les ha tocado vivir.
La libertad de la mujer se expresa como un ideal soñado o que se va conquistando poco a poco con esfuerzo y trabajo. Esta conquista se evidencia en la propia evolución de sus personajes femeninos que corre pareja al de las transformaciones habidas en la sociedad española en el periodo en el que las obras fueron escritas. Entre la Natalia de Entre visillos a las mujeres de Retahílas (1974) o de Irse de casa (1998) hay un cambio significativo. Son todas ellas personas en busca de libertad cuya conquista no tiene por qué suponer una vida más fácil pero sí más acorde con sus principios.
En Caperucita en Manhattan (1990), adaptada recientemente al teatro y una de sus obras de más éxito, reinterpreta el cuento de Perrault que aquí se sitúa en el Nueva York de los años 80. Mezclando realidad y fantasía la autora critica la superficialidad y el consumismo de una ciudad sumida en la violencia, la desigualdad y alejada de los valores humanos. Sara Allen, una caperucita adolescente, recorre la gran manzana en una historia de iniciación en la que el lobo feroz se presenta como un personaje cautivador que la tienta a romper las normas y los límites impuestos por la sociedad. El texto está salpicado de múltiples referencias al cuento original y a otros cuentos clásicos, así como a canciones o películas en un efectivo ejercicio de intertextualidad. De nuevo los personajes femeninos vertebran la obra; la abuelita de Sara, una mujer fuerte e independiente que desempeña el papel de guía de la niña; la madre, comunicativa y cariñosa que a pesar del amor que siente por ella se ve incapaz de protegerla de los peligros y la propia Sara/Caperucita que en su aventura por la ciudad de Nueva York no solo busca a su abuelita sino también a sí misma enfrentándose a las consecuencias de ejercer su libertad en una historia en la que se ha querido ver un reflejo del destino de la propia hija de la autora fallecida tan solo cinco años antes de la escritura de la novela.
Para Carmen Martín Gaite la literatura era “un sucedáneo de la conversación”. El diálogo como alivio de la soledad es una constante en su obra donde sus personajes emprenden una búsqueda de alguien con quien hablar y cuyos problemas surgen de no tener con quién hacerlo de tal forma que la incomunicación se acaba convirtiendo en un personaje en sí mismo. Ella misma trató en profundidad este tema en su ensayo La búsqueda del interlocutor donde se refiere al hecho de que aquel que escucha es tan importante como el que habla ya que sirve como espejo en el que se mira el personaje y como desencadenante de la acción narrativa. El diálogo contribuye a que los personajes se vayan construyendo a ojos del lector y de sí mismos. El autoconocimiento a través de la palabra dicha.
Paralela a la importancia de la palabra hablada la palabra escrita tiene también relevancia en su obra. Carmen Martín Gaite escribe sobre personas que escriben ya sea en forma de cartas (Nubosidad variable), novelas (El cuarto de atrás) o diarios intuyéndose también en este elemento una significativa carga biográfica. Las mujeres escriben para ordenar sus ideas y expresarse en la intimidad de la hoja en blanco, bien para permitirse decir aquello que no tienen libertad de decir en voz alta, bien para buscar una voz propia encontrando, en ocasiones, salvamento en la escritura.
Tras su novela Ritmo lento aparcó la novela y durante casi diez años se centró en la investigación histórica adentrándose en el estudio del siglo XVIII porque “era un siglo del que desconocía casi todo”. Esta inmersión en archivos y legajos dieron sus frutos en El proceso de Macanaz (1970) y en una de sus libros más queridos Usos amorosos del XVIII en España (1973). Estas obras, según dijo, le ayudaron a convertirse en mejor escritora y a depurar su estilo y tanto en estas dos como en la posterior Usos amorosos de la posguerra española la autora convierte sus ensayos en obras casi narrativas difuminando magistralmente la línea entre ambos géneros.
Además de ensayo cultivó la poesía (Poesía a rachas), fue traductora, crítica literaria, guionista (suya fue la adaptación a la televisión de la serie Celia basada en las novelas de Elena Fortún) y en todos ellos combinó el éxito de público con una innegable calidad literaria.
Carmiña, como la conocían sus allegados, falleció en el año 2000, dejando una obra póstuma Cuadernos de todo, la publicación de las libretas donde anotó pensamiento, reflexiones literarias y personales, dibujos etc. a modo de diarios personales y que condensan todos aquellos elementos dispersos en sus obras a lo largo de su carrera: la exploración del mundo de una mujer a través de sus ojos y a través de sus palabras y que intenta, a través de la escritura buscar el sentido del mundo y de sí misma.
Cien años después de su nacimiento Carmen Martín Gaite ha quedado como una de las más importantes autoras españolas del siglo XX, una escritora que confesó no volver a releer sus obras una vez publicadas y que, sin embargo, nos permite reconstruir a través de ellas los retazos de su vida haciendo perdurar un tiempo vivido de cuyo paso solo puede quedar constancia a través de la literatura.


