El lenguaje lesbiano de Monique Wittig

Milagros Lores Torres

La vida humana, tal y como la entendemos, no puede pensarse sin el lenguaje. Los seres humanos nos alejamos de nuestra animalidad estableciendo relaciones simbólicas complejas con los demás, con el tiempo y con el espacio, formando comunidades en las que cada individuo se constituye como miembro y es identificado como tal ¿Pero qué sucede cuando es el propio lenguaje que nos constituye el que nos hace sufrir y nos expulsa; cuando la existencia no puede expresarse ni pensarse?

El lenguaje se convierte entonces en un instrumento de opresión de una perversidad terrible. En el espejo de Monique Wittig, las mujeres nos reflejamos de modo grotesco como las muñecas del ventrílocuo, quien nos sujeta y habla por nosotras. En El pensamiento heterosexual, escribe, antes que Judith Butler, que la mujer como naturaleza es un trampantojo, un engaño para el sometimiento de la mitad de la humanidad, que se inviste obligatoriamente de esa categoría simbólica y social, sin posibilidad de rebelarse ¿pues cómo hacerlo contra el pensamiento -la autoconsciencia- que nos constituye y parece mostrarnos nuestra propia naturaleza, nuestra propia subjetividad? Ante eso, no caben ideas ni fuerzas emancipatorias, porque no hay tirano, ni explotador: si somos naturaleza, nunca seremos una clase y nunca podremos rebelarnos.

En los años setenta y en el contexto del feminismo postbeauvoiriano y el feminismo materialista, Wittig demostró que las mujeres somos una clase. Bajo los modos de dominación de los sistemas ideológicos conocidos, modeladores de la sociedad, se encuentra, oculto en el lenguaje, el régimen heterosexual, mucho más perverso y sutil.

Hace más de medio siglo, esta pensadora y activista tuvo la lucidez intelectual y la intuición filológica de encontrar en la gramática, incuestionable, axiomática, la condición de posibilidad de la opresión. Si Luce Irigaray denomina falogocentrismo a todo enunciado que da por hecho un sujeto masculino, especialmente el que subyace a todo discurso del saber, Wittig avanza hasta los intersticios de esos discursos mostrando que es en los pronombres, en el género gramatical -marcado para lo femenino- y en las palabras primitivas, donde el sometimiento se muestra como una causalidad lógica y un orden natural y, por tanto, universal. Una de esas palabras primitivas es mujer, signo que surgeen correlación necesaria con hombre, conforme a reglas lingüísticas. Esta dualidad presupone el deseo heterosexual. Otra palabra, madre, funda la institución universal de la familia. No hay más que recordar la importancia de las estructuras del parentesco (Lévy Strauss, Ferdinand de Saussure) en los orígenes de la sociedad y la cultura. El lenguaje es, así, el soporte que da verosimilitud y eficacia performativa al mito de la-mujer que da sentido al régimen heterosexual, como un caballo de Troya: somete a las mujeres de la vida real y desactiva la posibilidad de toma de conciencia y toda vindicación de clase.

Cada vez que decimos yo ocupamos el lugar que ese discurso opresor ha reservado para nosotras, expresado en el género marcado. Acontecemos en él, como si existiéramos en él.

[C]uando hay un hablante en el discurso, cuando hay un “yo”, el género aparece. Es una especie de suspensión de la forma gramatical. Se produce una interpelación directa del hablante. El hablante es llamado en persona. El hablante interviene, en el orden de los pronombres, sin mediación, en su propio sexo, es decir, cuando el hablante pertenece al sexo marcado sociológicamente como mujer (El pensamiento heterosexual y otros ensayos 2006, 106).

Pero las lesbianas no son la-mujer, son la viva refutación de este mito. Ser lesbiana, no ser para el hombre, no desear al hombre, es para Monique Wittig, más allá de la identidad, un acto de deserción y la posición política necesaria para destruir la clase oprimida de las mujeres que pertenecen a los hombres. Si el género es la expresión de la división sexual, del reflejo de la heterosexualidad en la gramática, y las lesbianas son sujetos que viven fuera del orden heterosexual, sujetos absolutos, sin correlación, entonces, al destruir el género en el lenguaje, emerge el pronombre lesbiano, no como un acto de transgresión puntual, sino como el signo universal, absoluto, sin correlación, de representación de lo humano, material y corporeizado.

En sus textos literarios, desde el on de El Opoponax, hasta el pronombre personal barrado, y/o (en francés, j/e) de El cuerpo lesbiano, Monique Wittigtransgrede la gramática del discurso. La alteración en la escritura es mucho más que un gesto gráfico, muestra el indicio de un referente real que se filtra entre sonidos lingüísticos y grafías, como un dique a punto de reventar.

Fue una visionaria. Propuso transformar el lenguaje para acabar con la ontología del género que hoy denuncia Judith Butler, para acabar con las categorías filosóficas e ideológicas que clasifican a los seres humanos por sexo, procedencia, raza, … Inició el camino que permite hoy, por ejemplo, el discurso inclusivo o la enunciación del género no binario y el respeto por el otro en los discursos institucionales. Honremos su legado y lesbianicemos el lenguaje, los símbolos, los dioses y las diosas, a los hombres y a las mujeres.

Foto de Sinitta Leunen en Unsplash

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