
Mª Teresa Valdehita Mayoral
Reflejos y fulgores es un libro pequeño en tamaño, pero hondo en significado. Acaba de incorporarse a nuestra biblioteca y reúne los poemas de Angelina Muñiz-Huberman con las fotografías de Jean Duroux, publicado por la editorial Doce Calles. Para quienes conocimos a Jean, este libro es también una forma de volver a encontrarnos con él.
Desde la primera página se percibe que aquí no hay ilustraciones ni textos que se acompañen de manera casual. Hay un diálogo profundo, una complicidad que hace imposible saber quién llamó a quién. Palabra e imagen caminan juntas, como lo hacen las conversaciones largas entre amigos. Este poemario —este rompeolas escrito por Angelina— parecía estar esperando la mirada de Jean, su manera tan particular de detener la luz, de escuchar el mar y de devolvernos ese instante que dura apenas un segundo y, sin embargo, permanece.
Las fotografías de Jean captan los reflejos del agua en movimiento con una sensibilidad casi secreta. Son imágenes que parecen irreales, pero están llenas de verdad. En ellas hay pasión por el instante presente, por lo que sucede y se pierde al mismo tiempo. Al mirarlas, uno tiene la sensación de que esos reflejos marinos nos pertenecen, como si formaran parte de nuestra propia memoria, como esos atardeceres que seguimos viendo aun cuando ya no están.
Este libro remueve y atrapa. Deja en la retina palabras que se vuelven olas, colores, paisajes. Aparecen limoneros, flores de azahar, horizontes abiertos y mares que respiran. Todo se mezcla: poesía e imagen, recuerdo y presente. Y en ese cruce, Jean sigue estando. Sigue mirando el mar y enseñándonos a mirarlo.
Angelina Muñiz-Huberman escribe desde niña al viento, al mar, a los paisajes infinitos y a las personas que los habitan: a los exiliados de la Guerra Civil, a quienes cruzaron fronteras hacia Francia, México u otros lugares del mundo. Sus poemas encontraron en los reflejos de Jean un eco natural, una respuesta silenciosa. De ese encuentro nació un diálogo que no se interrumpe con la ausencia. Al contrario: continúa, página a página, como continúan las amistades verdaderas, hechas de luz, memoria y fidelidad.
Jean Duroux recoge en sus fotografías cualquier objeto perdido que ya no tiene ningún valor, como una corteza de árbol, una resina, unas hojas caídas, un resto de madera sobre una playa, o el esqueleto de una barquita que ya no viajara jamás y hace que vuelvan a tener vida propia, que vuelvan a ser un objeto de nuestra atención. Nos invita a mirarlos con otros ojos, estas fotografías viajaran en nuestros pensamientos para siempre.
Foto de Nick Fewings en Unsplash


