Hace 20 años, Emilio Lamo de Espinosa, uno de los sociólogos españoles más relevantes de los últimos 50 años, se preguntaba para qué las ciencias sociales y para quién escribimos los sociólogos. En un texto breve y directo, distinguiendo el conocimiento científico (ciencia) del conocimiento social (etnociencia), reflexionaba sobre la ontología de las ciencias sociales y sobre alguna de las cuestiones que hace que la producción de conocimiento en estas disciplinas científicas sea compleja y, en cierto sentido, paradójica.
La complejidad de las ciencias sociales reside en que la realidad social está en continua transformación -cambios que se producen cada vez más rápido-, pero sobre todo en que el propio acto de investigar transforma la realidad que se está estudiando. Nuestro objeto de investigación somos nosotros mismos, pues somos inevitablemente parte de lo social. Por mucho que queramos, por mucho que lo intentemos, solo podemos tomar distancia, pero nunca despojarnos del todo de aquello que investigamos. He ahí la paradoja. Somos científicos y, al mismo tiempo, actores sociales, y en nuestra práctica, aunque no queramos, influimos en la realidad en la que intervenimos. Esa realidad, conformada por otros sujetos, también está compuesta por los resultados de nuestras investigaciones, que no solo reflejan lo que vemos a través del método científico, sino lo que otros ven e interpretan del conocimiento que nosotros mismos vertimos a lo social con nuestras investigaciones. Lamo lo resume muy bien en las siguientes frases: Los virus no leen libros de biología; los humanos sí, y también de ciencia social. Y, de hecho, cada vez más.
Pero aun así investigamos, producimos conocimiento científico, resultados validables que se obtienen a través de metodologías de investigación que tienen en cuenta las peculiaridades de las epistemologías de las ciencias sociales. De hecho, esta consciencia de la ontología de las ciencias sociales y de su forma peculiar de acceder al conocimiento hizo posible el surgimiento de nuevas metodologías y técnicas de investigación. Del mismo modo que la física abrazó la mecánica cuántica, las ciencias sociales abrazaron las metodologías cualitativas como una forma de acceder a las generalidades a través de las particularidades. Y aún más, esta lógica circular e imbricada que llevó a entender que somos parte de lo que investigamos y que lo que investigamos es parte de lo que somos, sirvió para promover un conocimiento científicamente válido y socialmente relevante a partir de esta relación compleja y paradójica.
Es ahí donde surge la sociopraxis y las metodologías participativas de investigación e intervención, que toman la contingencia y la complejidad como paradigmas de partida y la cocreación de conocimiento como fin y método. Como el conocimiento, también el científico, siempre es parcial y situado, y como la realidad se transforma y la transformamos por el simple hecho de investigar, podemos desde esta autoconsciencia pasar de la involuntariedad a la acción transformadora e intervenir en la realidad social a través de procesos colaborativos.
La producción participativa de conocimiento y la investigación-acción-transformación grupal tiene precedentes muy lejanos en el tiempo. Han pasado casi cien años desde que Kurt Lewin empezara a experimentar la «research action». Desde entonces su desarrollo se ha producido desde distintas disciplinas, en distintos contextos y con objetivos muy variados, pero el paradigma que impulsa este método es siempre el mismo: los sujetos de estudio dejan de ser objetos, es decir, no se objetivaban, para establecer una relación sujeto-sujeto durante todo el proceso de investigación e intervención. La diversidad de tipos de conocimientos, aprendizajes, experiencias y epistemologías no se jerarquizan y se sitúan en compartimentos estancos precintados con el velo aséptico de la imparcialidad, sino que se complementan, imbrican y democratizan. De la misma manera que siempre hay diversas formas de afrontar un problema, por ejemplo, matemático, distintas alternativas, fórmulas, estrategias y cálculos posibles, sucede lo mismo con la investigación y la intervención social desde la sociopraxis.
Dentro de todos los desarrollos de la sociopraxis y las metodologías participativas cabe destacar el impulso que estos paradigmas y metodologías de investigación tuvieron en Latinoamérica, donde además se articularon como una práctica liberadora. La educación popular y la pedagogía crítica, que surgen en Brasil hace ya casi sesenta años, representada por su más reconocido exponente, Paulo Freire, señala y desarrolla una forma de acceder, entender y trabajar con la realidad social en la que los destinatarios son también protagonistas y en la que los educadores aprenden enseñando. El fin último es la transformación de una realidad injusta, el desarrollo personal y comunitario, no en el sentido capitalista y liberal, sino en la experiencia de los oprimidos. En definitiva, aprender a ser libres siendo libres. Desde algo aparentemente tan sencillo, que se justificaba en adaptar a la realidad de aquel tiempo lo que en cierta manera se venía haciendo desde siempre, surgió toda una revolución epistemológica y metodológica que afectó a disciplinas aparentemente tan alejadas como la arquitectura y la psicología, la ingeniería agraria e hidráulica y la medicina, incluso a la religión. La pedagogía de la liberación mostró que la producción de conocimiento compartido tiene un componente reparativo, pero a través de una acción que es eminentemente crítica y con pretensión transformadora.
Las técnicas comprendidas dentro de las metodologías participativas son muy variadas y se adaptan tanto a los sujetos como a los contextos de la investigación: desde el sociograma y el flujograma, al teatro foro, los juegos de rol o los multilemas, por citar solo algunas. Todo ello sin renunciar a otras metodologías, que se combinan y que multiplican la capacidad de acceder a los fenómenos sociales y darles una respuesta colectiva, participada. Los procesos siempre son codirigidos a través de grupos motores, compuestos por los investigadores, que actúan como facilitadores, y los sujetos de la investigación y/o la intervención. Los diagnósticos se devuelven, se contrastan con aquellos y aquellas que han participado en el proceso de cocreación de conocimiento, también se participan, para contestarlos, matizarlos y ajustarlos, para hacerlos, en definitiva, más precisos, más realista, más situados. Y el recorrido trazado siempre adquiere una estructura circular, cíclica, no lineal, con momentos más cerrados y otros más abiertos, en el que los sujetos de la investigación son siempre protagonista, y en el que los y las investigadores/as-facilitadores/as, acaban diluyéndose y desapareciendo.
Y para acabar, volvamos de nuevo a la pregunta que se hacía Lamo de Espinosa: ¿para qué las ciencias sociales?, ¿para quién escribimos los científicos sociales?, ¿por qué, para qué y para quién investigamos? Pues para conocer la realidad social, pero también transformarla, para conocer los problemas sociales, pero al mismo tiempo para solucionarlos, para entender las causas de la desigualdad, pero de igual forma para erradicarla y prevenirla. Las epistemologías, las metodologías de investigación, los modelos y los modos de intervención determinan, queramos o no, la realidad. Son un reflejo de un pasado, de una tradición, se perpetúan en el presente, pero además edifican los cimientos sobre los que se levanta el futuro. Es por eso que la sociopraxis asume como axioma que la dimensión colectiva de los problemas es sin ninguna duda el origen de las soluciones, y que el conocimiento y la transformación social surge de esa relación compleja y fecunda de lo individual y lo colectivo, de la compresión y aprehensión de las desigualdades desde lo político y desde el conocimiento científico, desde lo micro y lo macro, desde lo local y lo cotidiano, desde lo global y lo institucional.
https://blogs.uned.es/gesp/wp-content/uploads/sites/21/2024/03/istockphoto-1028841632-612x612-1.jpg408612blogsunedesblogsunedes2024-03-22 11:13:262024-03-22 11:13:27¿Para qué la sociopraxis? ¿para quién investigamos?
Desde la irrupción de la pandemia en marzo de 2020, la limitación de aforos y de movilidad restringieron mucho la libre circulación en la calle y, por tanto, la acción de los movimientos sociales (uno de cuyos rasgos definitorios, y más desde el Ciclo 15M, es la ocupación del espacio público). Este corte en el tiempo de la libre circulación se dio de manera especialmente acuciante en España, donde un durísimo estado de alarma decretado por el Gobierno implicó un confinamiento domiciliario de los más largos de la pandemia a nivel global. Por ello, cuando estaba empezando la pandemia y estábamos en la etapa de mayores restricciones, un grupo de académicas y académicos nos preguntamos qué impactos iba a tener la pandemia sobre la acción colectiva.
La investigación de la que parte esta reflexión tiene dos fases diferenciadas. Una primera coordinada por CLACSO y en la que participaron de seis países de América Latina (Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, y México), además de España. Esta consistió en la confección de un cuestionario que fue cumplimentado por colectivos juveniles, o en los que la presencia de jóvenes fuera alta, tipos diferentes: estudiantiles, sindicales, feministas, partidistas, ambientalistas, y socio-comunitarios. Los resultados más destacados de esta investigación internacional, que se pueden ver en el artículo de este blog “Acciones colectivas juveniles durante la pandemia: una visión comparada”, mostraban algunas novedades en este laboratorio social cronotópico que era la pandemia.
Así, sus autoras destacaban que “se producen pequeñas innovaciones o desplazamientos” en las agendas y los repertorios de movilización de las personas jóvenes. También reseñaban el cambio que significaba la pandemia para ciclos de movilización, que taponaba algunos ciclos ascendentes (como el del activismo climático o las movilizaciones feministas en España) y resignificaba otros (como el estallido social chileno). El análisis del material producido durante la primera fase de la investigación confirmó la hipótesis de que la pandemia y las medidas tomadas estaban afectando al activismo juvenil tanto en lo organizativo como en los repertorios de acción y en la agenda temática.
Partimos de la hipótesis que coincide con la que manejaban otros trabajos publicados en la primera etapa de la pandemia: que las medidas tomadas por los gobiernos (confinamientos, restricciones del uso del espacio público, medidas sanitarias…) para contener la pandemia producida por el COVID-19 debían tener efectos claros sobre la acción colectiva, con una innovación de sus formas como respuesta al estrecho marco de actuación de los estados de alarmas y decretos estatales (Bringel y Pleyers, 2020). Nos preguntamos sobre la acción colectiva y los activismos de las personas jóvenes, una edad en la que el activismo se forma y puede llegar a ser fundamental para la construcción del ciudadano/a. Consideramos que el efecto de la pandemia no puede sólo medirse en la disminución, aunque también, de acciones colectivas en el espacio público, sino que también puede tener consecuencias sobre las formas de organización en las que la relación es un elemento fundamental (Martínez, 2018), así como en los temas de reivindicación de los activismos jóvenes.
Para ello, diseñamos una investigación cualitativa en base a entrevistas en profundidad semi-dirigidas. Seleccionamos tres tipos de colectivos: feministas, ambientalistas y socio-comunitarios. La selección respondía al siguiente criterio: las movilizaciones feministas y ambientalistas (ecologistas) habían tenido un auge significativo justo antes de la pandemia (recordemos las huelgas feministas y las manifestaciones del 8-M, así como los Fridays for Future y el activismo climático) en las que las personas jóvenes habían tenido un papel relevante (Galdón, 2018). En la contra parte, los colectivos socio-comunitarios han tenido un papel central durante la pandemia, creando redes de apoyo vecinales y barriales y en los que, de nuevo, las personas jóvenes han desempeñado un rol central.
Tras más de dos años de pandemia, ¿ha habido transformaciones coyunturales o estructurales en los activismos?
Tras el análisis de las entrevistas realizadas, tenemos que ser cautos a la hora de debatir si los impactos de la pandemia en estos activismos han sido coyunturales, o más bien estructurales. Primero, por la propia historicidad de la investigación, cuyo campo se hace entre enero y sigue en marcha en mayo de 2022 (algo más de 2 años del impacto de la pandemia). Segundo, porque nos focalizamos en los activismos en colectivos juveniles, que tienen como uno de los rasgos distintivos estar en una fase de transición a la vida adulta cada vez más incierta en las sociedades actuales.
No obstante, a continuación, detallamos y discutimos algunos impactos a corto-medio plazo que hemos hallado a partir de las más de 15 entrevistas realizadas a colectivos juveniles, diferenciando en ellos los tres tipos de colectivos: colectivos socio-comunitarios; colectivos ecologistas; colectivos feministas. Como se puede ver en la siguiente figura, también diferenciamos tres tipos de impactos: impactos organizacionales; impactos en la agenda temática; impactos en los repertorios de acción.
Tabla I. Tipos de impactos por cada tipo de colectivo
Impactos de la pandemia por tipo de colectivo
La pandemia ha impactado de lleno en los colectivos ecologistas y feministas que estaban en ese ciclo creciente de movilización, porque desactiva todas las acciones colectivas que venían desarrollando. Así, en el caso de los colectivos feministas, la convocatoria del 8M de 2020 fue masiva, aunque con menor convocatoria que años anteriores, y con una gran criminalización por parte de muchos medios de comunicación y partidos de derechas que lo planteaban como alto foco de contagio (mensaje lanzado por grupos de ultraderecha como Vox, que paralelamente contraprogramaba el 8M de 2020 con un mitin en Vistalegre que llenaba el reciento, sin medida alguna de seguridad).
El confinamiento supuso un largo periplo durante varios meses de replantear de forma online todas las reuniones, al igual que para el activismo ecologista. Asimismo, para el tipo de activismo feminista que requiere de muchas reuniones y asambleas y el planteamiento de acciones presenciales, la pandemia supuso un parón de algunas actividades. Y el sufrimiento asociado la cotidianidad de la pandemia, con el sesgo de género que implica (intensificación de cuidados, tareas domésticas, dificultad de conciliar etc.), ha facilitado la incorporación de la salud mental como un nuevo eje estratégico necesario, según nos relatan varias activistas.
En el caso del activismo climático, la pandemia supuso una interrupción de muchas acciones colectivas en la calle. Muchas de estas acciones suponían una gran repercusión mediática y la entrada en la agenda de nuevos temas en la agenda, como la justicia climática, con una gran espectacularización de algunas acciones mediante la desobediencia civil pacífica (cortes del tráfico, boicot de cumbres internacionales etc.), pero la llegada del confinamiento y las restricciones siguientes a la circulación en la vía pública desactivaron durante casi un año las acciones desobedientes en la calle y paró un ritmo intenso de actividades de denuncia pública. Como señala una informante,
“con la pandemia se ha hecho mucho más palpable, y sobre todo en temas, por ejemplo, de desobediencia civil, que también es una manera de hacer acciones disruptivas y que suenen mucho sin la necesidad de tener que aglomerar mucha gente. Yo creo que se ha notado mucho” (Fridays for Future).
En lo organizacional, supuso la reconfiguración organizativa en dos aspectos: por un lado, fue un parón en las carreras activistas, que bajaron la intensidad organizativa de colectivos; por otro lado, supuso el fortalecimiento del funcionamiento en red del Movimiento Ecologista, al necesitar mejor organización y logística en las acciones de denuncia en las acciones en la calle (entrevistas a informantes ecologistas). Esta pauta es comentada también por los colectivos socio-comunitarios, ya que las necesidades de ayuda detectadas en el confinamiento implicaron un aumento de facto de las alianzas entre movimientos sociales, ONGs y organizaciones estatales (Nel·lo, et al., 2022).
En lo referente a los colectivos socio-territoriales, los impactos se refieren más a la intensificación de una actividad cotidiana, antes poco visible. Y en la mayoría de los casos a reorientar las actividades de solidaridad y apoyo mutuo a lo inmediato, sobre todo en la primera fase: redes comunitarias de apoyo a vecinos y ancianos para tener alimentos, para hacer compras o para ir a centros sanitarios; alianzas con entidades del Tercer Sector y administraciones para desarrollar ayuda básica a vecinos, como bancos de alimentos. Esto implicó la realización de actividades novedosas, como fue las redes de recados a vecinas necesitadas, para lo cual fue importante el trabajo en red de diferentes organizaciones y colectivos que antes funcionaban fragmentariamente.
Ha sido igualmente importante las redes de apoyo mutuo en barrios y localidades, algunas de las cuales surgieron gracias al apoyo del movimiento vecinal (asaciones de vecinos/as), o eran redes recuperadas de las iniciativas de la crisis de hace una década, como las referentes a los bancos de alimentos (Tangente, 2022). Asimismo, ha sido importante la incorporación de la represión institucional y policial como eje de denuncia, ya que en las primeras fases de la pandemia hubieron muchos abusos policiales a través de denuncias arbitrarias a viandantes, ciudadanos/as y activistas, como ha expuesto Emilio Silvestre en una entrada anterior de este blog.
Otras de las cuestiones más visible y que además sirve para todo tipo de activismo, como señala en su análisis de datos en este blog Francisco Fernández-Trujillo, es que “los activismos digitales se han reforzado, lo que las limitaciones de para eventos sociales que genera la pandemia COVID-19 consolida y hace proclive un activismo que sea llevado a cabo a través de Internet y redes sociales”. Y en esta dimensión la brecha que nos encontramos es generacional, ya que en varias entrevistas los y las jóvenes nos relataban lo complicado que era la comunicación online con colectivos y organizaciones en los que personas de avanzada edad tenían mucha presencia.
¿Impactos coyunturales, o estructurales?
Nuestra pregunta de investigación se cuestionaba sobre los impactos a medio plazo que ha tenido la pandemia en los activismos juveniles (en sus demandas, en sus formas organizativas y en sus repertorios de acción). En este sentido, las conclusiones que presentamos son abiertas, pues hace falta un estudio longitudinal dentro de unos años para ver los impactos a largo plazo.
Pero algunos impactos pueden valorarse como estructurales, a raíz de lo vivido por los colectivos entrevistados. Como se puede ver en la figura siguiente, destaca en primer lugar el impacto que tiene una gran crisis en los movimientos sociales cuando están en ciclos álgidos de movilización, ya que se ha observado que el confinamiento total desactivó a muchas personas en el activismo y cortó temporalmente los ciclos del activismo climático y del movimiento feminista (Martínez y González, 2021). En esto influye de forma decidida en la constricción de la disponibilidad biográfica, entendida como la ausencia de restricciones personales que pueden aumentar los costes y los riesgos de la participación en el movimiento (McAdam, 1988). Y también en la suspensión o interrupción de carreas militantes (Agrikoliansky, 2017), que en el caso de activismos juveniles es más volátil y que ha coadyuvado a la desactivación en los momentos más duros, como nos señalan algunas informantes. Este fenómeno de suspensión temporal de las carreras militantes es especialmente crucial en las personas jóvenes, pues se encuentran en un estadio vital de socialización política y cuyos efectos están por ver. En este sentido, algunos colectivos de estudiantes nos relatan el efecto de corte de la memoria de lucha militante en el activismo estudiantil que ha supuesto dos cursos seguidos de restricciones en la movilidad y las condiciones de socialización juvenil.
Figura I. Impactos de la pandemia en el activismo, a partir del eje cambios coyunturales-cambios estructurales
Los impactos estructurales más inmediatos, a primera vista, tienen relación directa con la salud mental de los activistas y se refieren también a cómo afrontar la represión, a la necesidad de cuidados grupales y de introducir la salud mental como eje transversal en los colectivos (entrevistas a colectivos feministas y ecologistas). Esto anticipa un cambio interno que se venían sedimentando en los movimientos sociales en los últimos años, algunos de los cuáles ya habían transversalizado la praxis feminista de los cuidados, que se complejiza con la necesidad de hablar de la salud mental.
También supone el aumento de la represión y, sobre todo, la burorepresión a los activistas, entendida como “forma de represión basada en las sanciones administrativas indiscriminadas a personas por ejercer sus derechos fundamentales”, cuyo ejemplo ilustrativo es la gran cantidad de multas como desincentivo de la participación en actividades en la calle durante el período de restricciones. Están por ver sus efectos a medio-largo plazo, pero las miles de multas sin fundamento legal a viandantes en la pandemia, denunciadas por organizaciones de derechos humanos y derecho a la protesta, no presagian precisamente un escenario óptimo para las libertades civiles. Un informante señala, al hilo de la represión creciente en las manifestaciones en el post-confinamiento, que
“por toda la represión que se ha vivido en las manifestaciones, al final, entiendo que de miedo. Que de miedo ir a manifestaciones pues te estás jugando multas y golpes. Y, por otro lado, porque el discurso [criminalizador]de alguna forma u otra, pues cala” (Colectivo Karraka).
Pasados dos años de la irrupción de la pandemia, estos cambios prefiguran unas condiciones nuevas para los movimientos sociales en España. Y lo hace en un contexto de cierto impasse movilizador, pero con una posible recesión económica duradera a la vuelta de la esquina y la anunciada vuelta de la ortodoxia neoliberal por parte de la Comisión Europea (las consabidas recetas de recortes sociales y ajuste estructural, que tanto dolor generó hace algo más de una década), después de la performance keynesiana de gasto público obligada por la pandemia. La bajada en el volumen de la movilización propia de la pandemia, además de estos efectos generados, también han creado el caldo de cultivo necesario para lo que Antonio Melucci (1989) denomina como el estado latente de las redes sumergidas de los movimientos sociales, que son esos momentos en los que las redes activistas replantean estratégicamente los conflictos sociales y las ideas nuevas que quieren introducir en la sociedad. Solo pasado unos años podremos ver los efectos duraderos que ha tenido la pandemia en los procesos de movilización, y comprobar así si estos nuevos ejes de lucha anunciados han venido para quedarse en la agenda activista (Martínez, 2018).
Bibliografía
Agrikoliansky, É., (2017). Las «carreras militantes»: Portée et limites d’un concept narratif. En O. Fillieule, (Ed), Sociologie plurielle des comportements politiques. Paris: Presses de Sciences Po.
Bringel, B., y Pleyers, G. (Eds.) (2020). Alerta global. Políticas, movimientos sociales y futuros en disputa en tiempos de pandemia. Buenos Aires y Lima: CLACSO y ALAS.
Galdón, C. (2018). Cosmovisiones feministas en clave generacional. Del movimiento 15M a la Huelga Feminista del 8M. Encrucijadas. Revista crítica de Ciencias Sociales, 16.
Martínez, M. (2018). Reiteraciones relacionales y activaciones emocionales: hacia una radicalización de la procesualidad de las identidades colectivas. Athenea Digital, 18(1), 293-317.
Martínez, M. y González, R. (2021). Acción colectiva durante la crisis pandémica en España (2020-2021) (en línea) www.fundacionbetiko.org
Melucci, A. (1989). Nomads of the Present: Social Movements and Individual Needs in Contemporary Society. California: Hutchinson Radius.
McAdam, D. (1988). Freedom Summer. New York: Oxford University Press.
Nel·lo, O., Blanco, I., Gomá. R. (Eds.) (2022). El apoyo mutuo en tiempos de crisis. La solidaridad ciudadana durante la pandemia Covid-19. Buenos Aires: CLACSO.
Tangente (2022). Solidaridades de proximidad. Ayuda mutua y cuidados frente a la Covid-19. Informe de investigación.
https://blogs.uned.es/gesp/wp-content/uploads/sites/21/2022/05/pexels-photo-4613878.jpeg7501125GESPGESP2022-05-30 07:08:062022-05-30 07:08:08¿Qué impacto ha tenido la pandemia en los activismos juveniles? Un análisis exploratorio para el caso español
15/07/2019 – Fátima Anllo (Observatorio de Creación y Cultura Independientes)
Desde que en los años 60 se extendiera la idea de la necesidad de incorporar a la ciudadanía en el gobierno de los asuntos que le competen más allá de la mera elección de sus representantes, se han diseñado numerosas experiencias para llevarla a la práctica. La mayoría de ellas en el marco de las ciudades. Sin embargo, está tan extendida y aceptada la conveniencia de introducir prácticas de participación ciudadana que se presta menor atención a las razones que las justifican y dan sentido, a la forma de llevarlas a cabo y, en definitiva, en los efectos y consecuencias que tienen sobre la calidad de la democracia.
Los beneficios de la participación ciudadana
Aunque muchos son los efectos positivos que se esgrimen para impulsar prácticas participativas, todos ellos pueden resumirse – aún a sabiendas de que la simplificación no recoge todos los matices de la realidad práctica – en dos grandes grupos. En cada uno de ellos cambian, en cierto sentido, los beneficiarios principales de la acción de participar.
Por un lado, la participación añade un plus de legitimidad a las decisiones tomadas por el poder. Cualquier política llevada a cabo por un gobierno, aumentará su legitimidad si, además de estar avalada por los votos de los ciudadanos en las elecciones, viene acompañada por los votosextra de la población que interviene en los procesos participativos. Así, a mayor número de participantes, mayor legitimidad y apoyo a sus decisiones. En este sentido, la participación tiene como uno de los beneficiarios principales a los que la promueven, ya que refuerzan y anclan su poder.
El otro grupo de argumentos para avalar la participación son aquellos que destacan su impacto sobre la competencia y la virtud cívica de la ciudadanía. La participación promueve poblaciones mejor informadas, aumenta la sensación de control y poder sobre el curso de sus vidas y produce mayor sentido de pertenencia e integración en la comunidad. Todos estos efectos tienen como beneficiarios directos a los participantes que enriquece sus competencias y aumentan su capacidad para incidir sobre el poder.
La importancia de la forma con la que se toman las decisiones
Que los efectos resultantes se orienten en mayor medida en una u otra dirección, o en ambas de forma equilibrada, guardará relación directa con los mecanismos de participación que se adopten en cada caso, pero, por encima de todo, con la forma mediante la cual se tomen las decisiones y se alcancen los acuerdos. Esta podrá orientarse básicamente en dos sentidos: hacia una toma de decisión agregativa o la deliberativa. En la primera, la decisión final se alcanzará mediante la suma de las preferencias o intereses individuales de cada uno de los partícipes, de las cuales prevalecerá la opción mayoritaria. Sin embargo, la toma de decisión mediante la deliberación se sustenta sobre el debate racional y argumentado entre las alternativas en juego. La participación deliberativa, partiendo de las posiciones individuales de los participantes, pretende construir y alcanzar una voluntad común basada en el razonamiento y la reflexión.
Por regla general, los procesos participativos que persiguen aumentar la legitimidad de las decisiones y del poder, recurren a formas de toma de decisión en las que prima la votación y en las que es fundamental el número de participantes. Por el contrario, la participación que otorga mayor importancia a promover una ciudadanía competente exige fórmulas deliberativas más intensas en las que las decisiones se tomen en un debate público basado en la reflexión y en la exposición racional de los problemas y en el que intervengan todos aquellos que defienden las alternativas posibles.
Es a la luz de estas reflexiones desde la que me propongo comentar la política de participación del Ayuntamiento de Madrid canalizada a través de la web Decide Madrid.
Decide Madrid, la plataforma de participación ciudadana del Ayuntamiento de Madrid
La llegada en junio de 2015 al Ayuntamiento de Madrid de la confluencia o candidatura ciudadana de unidad popularAhora Podemos, firme defensora de fórmulas de democracia directa, supuso la puesta en marcha a los pocos meses del programa Decide Madrid. Se trata de un portal online cuya meta es, en palabras de sus promotores, ser “la plataforma de participación ciudadana del Ayuntamiento de Madrid”. En ella pueden participar mediante debates y propuestas todas las personas mayores de 16 años empadronadas en la ciudad. Las propuestas que obtienen el apoyo mínimo del 1% de la población (27.662 apoyos) se someten a una votación ciudadana vinculante. Si son aprobadas, el Ayuntamiento las asume y las lleva a cabo. Decide Madrid canaliza también las votaciones ciudadanas del Ayuntamiento sobre asuntos municipales de especial interés y es, a su vez, la herramienta fundamental para la presentación y selección de proyectos para los presupuestos participativos. Por último, ofrece a la ciudadanía la oportunidad de intervenir en los procesos de elaboración y modificación de normativas que el Ayuntamiento tiene pensado llevar a cabo.
Desde 2015, los ciudadanos han realizado casi 20.000 propuestas, pero tan solo dos han superado el umbral del 1% y pasado a votación ciudadana vinculante: la iniciativa “Madrid 100% sostenible” y el “Billete único para el transporte público”. Par dar una idea del nivel de participación en las propuestas, una de las que han recibido mayo atención recientemente es “No quitar Madrid Central”, lanzada dos días después de las elecciones del 25M. A pesar del enorme debate público que ha generado el asunto en las redes sociales y la atención que le están prestando los medios nacionales e internacionales, la iniciativa ha recibido únicamente 2.358 apoyos en 6 semanas, y ha merecido tan solo 57 comentarios por parte de 32 personas. Si ponemos estos datos en correlación con el número de asistentes a la manifestación en contra de la reapertura del centro – 60.000 para los organizadores y 10.000 para la Policía Nacional – que tuvo lugar bajo casi 40 grados de temperatura, o los comparamos con las 240.000 personas (a 14 de julio) que han apoyado una propuesta similar en Change.org los resultados no resultan muy halagüeños.
Hasta la fecha, se han completado tres ciclos de presupuestos participativos – 2016, 2017 y 2019 – que han distribuido 220 millones de euros entre los proyectos más votados presentados por la ciudadanía. Los datos extraídos de la plataforma ponen en evidencia la baja participación. En la edición de 2018 participaron en total 91.000 vecinos, poco más del 3% de la población con acceso al voto, para elegir los proyectos que se financiarían con los 100 millones de euros disponibles. Si analizamos los apoyos recibidos por cada uno de los proyectos ganadores, vemos que los que afectan a toda la ciudad han recibido 3.600 votos de promedio y que los de los barrios, en raras ocasiones han superado los 1.000 votos. Las más de las veces las cifras se situaron alrededor o por debajo de los 500 votos.
El Ayuntamiento, por su parte, ha promovido votaciones ciudadanas vinculantes sobre los planes de reforma de la Plaza de España, la movilidad en la Gran Vía y la remodelación de otras once plazas de la ciudad. Aunque han recibido mayor atención y número de votos, la remodelación de la Plaza de España no superó los 32.000 votos.
Si centramos la atención en las formas de deliberación y toma de decisión que ofrece Decide Madrid, vemos que el debate puede canalizarse a través comentarios o interviniendo en la “comunidad de usuarios” de cada propuesta. Los comentarios a las propuestas ciudadanas se asemejan al intercambio de opiniones que observamos en las redes sociales y raramente superan los cincuenta. Lo más frecuente es que la comunidad de usuarios esté constituida únicamente por la persona autora de la iniciativa y no haya participado nadie. En las votaciones ciudadanas vinculantes, la documentación de la que ha dispuesto la ciudadanía para informar sus posiciones y articular las ideas en torno a las cuales organizar los debates antes de emitir su voto, ha consistido en informes elaborados por el Ayuntamiento, en memorias de ejecución de los planes de remodelación urbanística y, en algunos casos, vídeos promocionales de apoyo. Por lo general se trata de documentos técnicos muy extensos y farragosos, de difícil comprensión para legos en la materia, que resultan poco significativos para el ciudadano medio. En ningún caso se dota de espacio propio ni incorpora información o documentos que reflejen los argumentos de otros agentes o partes interesadas con posiciones divergentes respecto a los problemas a debate. Asimismo, cabe destacar la existencia de sesgos que pueden influir claramente en el resultado del voto, como que el orden en el que aparecen los proyectos sea siempre el mismo o los nombres vengan precedidos por las letras X e Y.
Partiendo del reconocimiento de que las políticas de participación puestas en marcha por Ahora Madrid en el Ayuntamiento han supuesto un enorme salto cualitativo, el análisis de la plataforma Decide Madrid en sus casi cuatro años de experiencia, brinda resultados por debajo de lo esperado. La eficacia de la participación resulta pobre. Por una parte, el bajo número de votos no consigue dotar de especial legitimidad ni a las decisiones tomadas ni a los que las impulsan. Por lo que respecta a la forma en la que se toman las decisiones, el debate y la calidad de deliberación que ofrece la herramienta son de baja intensidad. Como señalaba recientemente Beth Noveck[i], directora del Governance Lab (Govlab) de los Estados Unidos, Decide Madrid no permite el establecimiento de un «una conversación entre Ayuntamiento y ciudadanos sobre nuevas propuestas posibles». Tampoco, a mi juicio, facilita una conversación polifónica, intensa, basada en la argumentación y la reflexión racional, capaz de incorporar al debate las voces de aquellos que representan posiciones alternativas. La forma en la que se accede a información, documentación y datos es poco útil para construir posiciones bien informadas. Así pues, el resultado son debates débiles, poco más que intercambio de opiniones, que a duras penas capaz de aumentar las competencias de los participantes ni la virtud cívica de la comunidad.
[i] Pérez Colomé, J. (2018): “El ejemplo de Madrid y por qué la participación ciudadana aún no funciona”, El País, Edición España, sección Tecnología, 10-12-2018.
https://blogs.uned.es/gesp/wp-content/uploads/sites/21/2019/07/the-crowd-3323563_1280.jpg8511280GESPGESP2019-07-15 16:13:022019-07-15 16:15:18Preocúpate más por mí y menos por mi voto. Participación ciudadana a través de la plataforma “Decide Madrid”
Se celebra en Davos, Suiza, el World Economic Forum, la reunión anual de los líderes económicos y políticos mundiales. En la reunión de este año, de temas muy candentes, de nuevo se ha hablado de la brecha social que puede ampliarse como consecuencia de la implantación de la inteligencia artificial y el análisis de grandes cantidades de datos de las personas. Temas que pueden afectar de manera drástica a modelos de participación y de democracia en el siglo XXI, como avanzó Harari en su intervención del año pasado. Dentro de esta línea de trabajo, investigadores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de UCM estamos trabajando conjuntamente con investigadores de la Escuela de Informática y Matemáticas de la Universidad Autónoma de Madrid.
Nuestro foco es el análisis de la participación ciudadana a través de plataformas digitales. Este análisis parte del interés sobre la relación entre democracia y tecnología y se refleja en estudios que hemos publicado y difundido en foros científicos, en Universidades como Fudan (Shangái), Lisboa, Varsovia, Twente, Baltimore…
En nuestra publicación más reciente, Citizen Participation and the Rise of Digital Media Platforms in Smart Governance and Smart Cities, en la revista International Journal of E-Planning Research (Vol 8, Issue1, January-March 2019), nuestro punto de partida es la asunción de muchos gobiernos y empresas, que creen que la tecnología puede suplantar la gobernanza y la responsabilidad humana. Esta creencia nos plantea la cuestión de quién se beneficia realmente, por ejemplo, de las plataformas digitales en las denominadas ciudades inteligentes. Con esta cuestión en mente decidimos investigar plataformas digitales de agregación de intereses, fundamentalmente en ciudades, pero también en algún país de referencia.
Comenzamos a investigar en el año 2013, cuando la participación ciudadana a través de plataformas digitales era una idea novedosa en términos de implementación. Nuestro objetivo era comprender el vínculo entre la gobernanza electrónica y las iniciativas de ciudades inteligentes en los casos de estudio. ¿Cómo? Probamos si estos proyectos han sido explícitamente para los ciudadanos o podíamos encontrar pruebas de lo opuesto. Nuestro trabajo muestra cómo las plataformas electrónicas representan el uso de las tecnologías de la información y la comunicación para alentar la participación ciudadana en procesos de toma de decisiones, mejorar la entrega de información y servicios, reforzar la transparencia, la responsabilidad y la credibilidad. También muestran que es necesario seguir trabajando en temas como sistemas de recomendación para los usuarios (en cuya revisión de la literatura estamos trabajando en la actualidad con los informáticos y matemáticos). Y no es oro todo lo que reluce, también es preciso investigar la manipulación de la opinión en las plataformas de agregación de intereses -un ejemplo muy interesante por su trascendencia ha sido el caso de Amazon.
También plantean desafíos de implementación, tanto para las empresas, como para los responsables de la formulación y la implementación de políticas. También plantean nuevas oportunidades para que los científicos desarrollen nuevas investigaciones desde ámbitos de las ciencias humanas como la filología, la sociología, la antropología o las ciencias políticas, y que experimenten con el objetivo de ampliar los beneficios para los ciudadanos y fortalecer la dimensión participativa positiva.
Desde que comenzamos nuestras investigaciones hemos visto crecer el número de plataformas de agregación de intereses. Este sería un tema muy interesante para otro artículo. Les dejo con un caramelo introductorio como postre: la plataforma de agragación de intereses Decide Madrid, creada en 2015 sobre el software abierto Consul. Hoy Consul se usa en más de 100 instituciones en 33 países, con un efecto potencial sobre 90 millones de ciudadanos. Consul ha recibido el reconocimiento de servicio público de las Naciones Unidas recientemente, y está siendo promovido por el United Nations Development Program.
https://blogs.uned.es/gesp/wp-content/uploads/sites/21/2019/01/smartphone-1445489_1280.jpg5701280GESPGESP2019-01-27 08:50:292019-01-27 08:50:29Participación ciudadana y plataformas digitales ¿Es todo oro lo que reluce?
Quizás no es casualidad que antes de que apareciera la entrada anterior de este blog yo ya hubiera decidido dedicar ésta a la participación (así, sin “apellidos”, o dando cabida a los que se quieran aplicar: política, social, ciudadana, electoral, etc.). No es casualidad: es un tema nuclear en la sociología política porque es el pilar de la democracia representativa, una clave para la comprensión de la conformación del poder en una sociedad y la forma básica de relacionarnos dentro de la comunidad política con nuestros conciudadanos y las instituciones. En el párrafo final de su post sobre La complejidad y el empeño por la participación ciudadana, Benita Benéitez nos recuerda la necesidad de abrir “la participación ciudadana a otras esferas sociales y la responsabilidad de todo ciudadano de conformar su juicio político”. Aquí tomo el relevo.
Mucho se ha escrito en este tema sobre dos cuestiones: una, el vínculo individual con la participación; la otra, las formas de la participación, las organizaciones y su relación con las instituciones. Por la primera, diversas teorías exploran las motivaciones para la participación, la conformación de las decisiones de los electores/as y su traducción en comportamiento electoral o las formas y los mecanismos de adscripción ideológica. Por la segunda, se da nombre a distintas formas de participación, desde los partidos políticos, los grupos de presión, las organizaciones comunitarias, los movimientos sociales, etc[i].
En el plano político también encontramos un interés específico en la participación de las organizaciones sociales y en el fomento de actividades individuales de participación, por ejemplo, en el fomento del voluntariado (la primera ley de voluntariado en España es de 1996, mientras que la ley 191/1964 de 24 de diciembre de Asociaciones estuvo vigente hasta 2002).
Principal producción legislativa de ámbito nacional en relación con la participación
LO 2/1980 de 18 de enero
Regulación de las distintas modalidades de referéndum
L 1/1996 de 15 de enero
Voluntariado
L 1/2002 de 22 de marzo
Asociaciones
L 49/2002 de 23 de diciembre
Régimen fiscal de las entidades sin fines lucrativos y de los incentivos fiscales al mecenazgo
L 50/2002 de 26 de diciembre
Fundaciones
L 5/2011 de 29 de marzo
Economía social
L 39/2015 de 1 de octubre
Procedimiento administrativo común de las Administraciones Públicas
L 43/2015 de 9 de octubre
Tercer Sector de Acción Social
L 46/2015 de 14 de octubre
Voluntariado
[Hago aquí un inciso para comentar dos cuestiones. Por un lado, una pregunta que siempre me asalta cuando reviso la Ley del Tercer Sector de Acción Social: ¿por qué se incluye “El fomento de la seguridad ciudadana y prevención de la delincuencia” como uno de los tres objetivos de interés general que se definen para las entidades del tercer sector (junto con dos más evidentes: la atención a las personas con necesidades 1. de atención integral socio-sanitaria o 2. educativas o de inserción laboral)? Por otro lado, cuando las entidades del tercer sector de acción social están abordando aún su relación con la economía social, alternativa y/o colaborativa, algunas entidades internacionales ya están avanzando un proyecto de “cuarto sector”.]
Cuando abordamos la participación como un mecanismo para la implicación ciudadana en la toma de decisiones sobre asuntos públicos, nos quedamos limitados a tres posibilidades (sí, me niego a considerar la donación de dinero a ONG como forma de participación): 1) las respuestas binarias (consultas que requieren un sí o un no como respuesta); 2) la elección dentro de unas opciones limitadas (con la participación electoral como mejor ejemplo pero en el que también entrarían las experiencias de presupuesto participativo); o, en el mejor de los casos, las posibilidades de plantear propuestas. Por supuesto, la labor de incidencia política que realizan muchas entidades, plataformas, coordinadoras sobre distintos temas y cuestiones de interés social es crucial para el desarrollo de políticas y para la consideración de enfoques alternativos y la producción de cambios sociales. Pero ¿qué significa la participación para ciudadanos y ciudadanas con preocupaciones específicas?
Recientemente, con ocasión de la celebración de un taller sobre participación, en el marco de la formación de la Plataforma del Voluntariado de España, con personas voluntarias (16 mujeres y 8 hombres) de diversas procedencias (geográficas, educativas, edad, etc.) surgieron algunas cuestiones muy interesantes. Incluso conociendo las limitaciones metodológicas del caso no puedo dejar de recoger algunos elementos (en todas las dinámicas se pidió inicialmente un ejercicio de reflexión personal que se continuaba en un debate colectivo).
Empezaré por los aspectos negativos. Invitados a reflexionar sobre lo que no gusta de las experiencias de participación en las que han participado, se deja constancia de algunos hechos que, lamentablemente, forman parte de los procesos participativos: lo dilatado en el tiempo, que sean procesos dirigidos, que haya déficits de información, que haya falta de control sobre el proceso, etc. pero también aparecen otros elementos que pueden tener que ver con una cierta falta de cultura participativa en nuestro país: la imposición de criterios, abusos de poder, ausencias de actitud de escucha, faltas de respeto, limitación de la participación, etc. También se señaló la impotencia, el fracaso cuando no se consiguen resultados.
Una de las dinámicas iba encaminada a la definición del mayor obstáculo que se hubieran encontrado en su experiencia de participación. He agrupado las respuestas en tres tipos de obstáculos:
Falta de habilidades o circunstancias personales: dificultades de expresión o de comunicación; falta de formación, conocimiento, información y/o capacidad para hablar en público; falta de tiempo. Es imprescindible decir que estas respuestas solo se dieron por parte de las mujeres[ii], es decir, únicamente las mujeres mantienen una actitud (excesivamente) crítica respecto de sus habilidades, sus capacidades. Una de las mujeres escribió sucintamente como obstáculo “No tener voz”.
Dinámicas colectivas: falta de compromiso grupal, faltas de respeto o ausencia de implicación de los participantes y la burocratización de las organizaciones.
Relación con las instituciones: dificultad para encontrar espacios para la participación, la falta de apoyo institucional. Estos dos últimos tipos de obstáculos se señalaron tanto por las mujeres como por los hombres.
Por supuesto, si a pesar de estos elementos negativos, se sigue dando el compromiso con la participación, ha de ser que también aporta satisfacciones. Cuando se preguntó qué es lo que más aporta la participación, lo que más gusta, muchas respuestas señalaban en la dirección de la construcción colectiva (la posibilidad del encuentro con otros, las relaciones humanas, el sentido de pertenencia, las experiencias y el trabajo en equipo) y lo que conlleva: aprendizaje, conciencia crítica, implicación, conocimiento, mejora, contribución. También se apreció la satisfacción producida por lo que se consigue cuando se participa: la acción desde las creencias, en favor de una causa, generando bien común, la apertura de espacios.
Los claroscuros de la participación hacen que algunas veces nos preguntemos ¿para qué sirve participar? Que cunda la impotencia, alimentada por la impaciencia por obtener resultados, porque parece que nada cambia. Sin embargo, mirando detenidamente la realidad, el propio ejercicio de participar conlleva beneficios y, si damos tiempo, también se consiguen resultados. Los ejemplos de movimientos, campañas y acciones concretas muestran que los cambios se producen[iii]. ¿Cómo, si no, podríamos entender los cambios ocurridos en la comprensión de la situación de desigualdad que afecta a las mujeres o la concienciación sobre los efectos de nuestro modo de vida en el medio ambiente o la acción contra el racismo o la definición del problema social de los desahucios? Detrás de cada uno de estos cambios está la acción de los movimientos feministas, ecologistas, antirracistas y por una vivienda digna. Y son solo unos ejemplos.
La participación genera aprendizaje de herramientas de participación. La participación no es solo construcción de acuerdos, de consensos; es también la gestión del desacuerdo, del disenso: el reconocimiento del otro.
[i] Algunas referencias para quien quiera adentrarse en estos temas:
[iii] Es imprescindible realizar más investigación que analice cómo se vincula la acción colectiva con sus consecuencias políticas. Un excelente trabajo teórico y de análisis que ofrece un modelo para la investigación se puede encontrar en: Felix Kolb (2007): Protest and Opportunities: The Political Outcomes of Social Movements. Campus Verlag.
NOTA: Imagen de portada de rawpixel libre de derechos
https://blogs.uned.es/gesp/wp-content/uploads/sites/21/2018/11/bonding-1985863_1280.jpg7051280GESPGESP2018-11-14 21:33:252018-11-14 21:37:16Participa, que algo queda
Rousseau al comienzo de su obra el Emilio o la Educación (1762) nos advierte de la dificultad que la educación tiene para formar a un hombre y a un ciudadano al mismo tiempo: “¿qué hemos de hacer cuando son opuestas y en vez de educar a uno para sí propio le quieren educar para los demás? La armonía, entonces, resulta imposible, y forzados a oponernos a la naturaleza o a las instituciones sociales, es forzoso elegir entre formar a un hombre o a un ciudadano, no pudiendo hacer al uno y al otro a la vez”.
Este no es el lugar para profundizar en el modelo de ciudadanía republicana que caracterizará la propuesta política ruossoniana, aunque si podamos aludir a la interpretación que de ella hacen dos autores imprescindibles cuando en la actualidad se promueve la participación política ciudadana y una propuesta política deliberativa, Carole Pateman y Jürgen Habermas, respectivamente.
La primera considera que la propuesta participativa de Rousseau refuerza la libertad, la interdependencia y el sentimiento de pertenencia a la comunidad de todos los ciudadanos; el segundo adapta el principio democrático de la soberanía popular a una sociedad plural. Teniendo como base para la definición de la ciudadanía, la teoría democrática participativa y las propuestas de una ciudadanía activa y comprometida con lo común, se señala el objeto de este blog la compleja y recurrente propuesta por la participación ciudadana.
Los mecanismos de participación política ciudadana son muy aplaudidos por la teoría democrática y los análisis que estudian ejemplos consolidados de participación ciudadana –presupuestos participativos, encuestas deliberativas, democracia de proximidad, consultas populares, gobierno abierto, entre otros muchos– así como por la elaboración de índices que intentan medir la calidad democrática y que relacionan estrechamente -de nuevo- con la participación política de todos los ciudadanos, véase V-Dem. El desconcierto y la complejidad aparecen cuando comprobamos que esta participación sigue siendo débil y muy desigual, aunque desde distintos foros estén de manera constante promoviendo esta participación.
A nivel local podemos visitar las web de los ayuntamientos españoles donde nos encontraremos con consejos locales participativos, un gobierno abierto a las propuestas ciudadanas, presupuestos participativos así como por consultas ciudadanas para decidir y legitimar diferentes medidas municipales; si subimos de nivel institucional a nivel europeo podemos señalar el Programa Europa con los Ciudadanos (20014-2020). Programa de la Comisión Europea destinado a impulsar la participación activa de los ciudadanos en la vida democrática de la Unión, mediante la financiación de planes y actividades que promuevan el conocimiento de la historia y los valores compartidos de Europa, a través de un diálogo constante con las organizaciones de la sociedad civil y las autoridades locales.
Su capítulo dos promueve el compromiso democrático y la participación cívica apoyando: actividades de establecimiento de la agenda, promoción durante la fase de preparación y negociación de propuestas de políticas, proyectos e iniciativas que desarrollan oportunidades para el entendimiento mutuo, el aprendizaje intercultural solidario, el compromiso social y el voluntariado a nivel de la Unión. Sin negar la necesidad e importancia de los mecanismos participativos cuando nos detenemos en los porcentajes reales de ciudadanos que participan los datos siguen estando muy lejos de lo esperado.
Entremos en una de las plataformas de participación ciudadana Decide Madrid que contiene información sobre las propuestas ciudadanas de los vecinos de Madrid, las dos consultas ciudadanas hasta ahora realizadas y todo el proceso de elaboración de unos presupuestos participativos. Si nos detenemos en las propuestas ciudadanas de esta plataforma comprobamos que partiendo de un número de apoyos para su aprobación inferior a 30.000 ciudadanos en la mayoría de los casos los apoyos recibidos no superan un 0,5% de estos apoyos necesarios.
Estas plataformas no pretenden cumplir con todas las exigencias de la teoría democracia participativa o la política deliberativa, pero si nos sirven para replantearnos constantemente la complejidad de la relación ciudadanía – participación política.
Todo esto hace necesario no desistir en una reformulación constante de la ciudadanía sin olvidar lo razonable: a. la apertura de la participación ciudadana a otras esferas sociales y b. la responsabilidad de todo ciudadano de conformar su juicio político, en definitiva, y siguiendo a Pierre Rosanvallon (2009, 155): “diversificar, complejizar, multiplicar cada vez más las formas de organización de la sociedad”.
Referencias
Beiner, Ronald (1987). El juicio político. México: Fondo de Cultura Económica.
Pateman, Carole (2014). Participación y Teoría Democrática. Buenos Aires: Prometeo.
Pierre Rosanvallon (2009), “La democracia y sus condiciones”, en Cuadernos del Cendes, 71.
NOTA: Imagen de portada de narciso 1 libre de derechos
https://blogs.uned.es/gesp/wp-content/uploads/sites/21/2018/10/word-cloud-679936_1280.png8661280GESPGESP2018-10-18 09:16:252018-10-18 09:16:25La complejidad y el empeño por la participación ciudadana
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