Propuestas para pensar los resultadosde las elecciones andaluzas

17/12/2018 – María Jesús Funes (UNED)

Tras el impacto de los resultados de las elecciones andaluzas hemos visto múltiples análisis con la mirada puesta más allá de Andalucía, inevitablemente, se interpretan en clave nacional. La mayoría se centran -dado el diseño institucional de nuestra democracia y, por ende, del discurso político hegemónico- en la aritmética electoral, en porcentajes de voto, número de escaños o en especulaciones sobre los partidos políticos. Pero esto se queda corto[1] y por ello propongo una reflexión desde otro prisma más próximo a los “otros (auténticos) actores”. Los estudios de cultura política donde enmarco mi propuesta analizan los fenómenos políticos más allá de los acontecimientos, interpretando éstos como indicadores, avisos, expresiones de algo que tiene más recorrido. Reflexionan sobre la vida sociopolítica, como se diría ahora, “poniendo las luces largas”.

Son muchos los aspectos políticamente relevantes de estos comicios pero enfoco dos. El primero la entrada de la extrema derecha en el parlamento andaluz con mucha fuerza (12 escaños); el segundo la pérdida de votos de quienes se presentaron hace muy poco como los adalides de la esperanza, la justicia social y la renovación y que en estas tierras y ahora se denominaban Adelante Andalucía, que han perdido 300.000 votos y tres escaños. Me centro en los dos extremos del arco ideológico de la política representativa. ¿Tiene algún sentido analizarlos conjuntamente? ¿Pretendo mostrar, por alguna razón, alguna similitud? Ideológicamente se ubican en las antípodas pero interesa aplicarles el mismo análisis. Explico por qué.

Algunas elecciones permiten visualizar parte de una información que está, en buena medida, oculta. Los estudios de opinión siguen su pista pero, de vez en cuando, nos encontramos con sorpresas que muestran la conveniencia de revisar, permanentemente, nuestros procedimientos de medida, indagación, e interpretación. Lo que planteo es que hay determinados sucesos que dado su peculiar valor informativo podemos calificar como eventos iluminadores o reveladores porque transforman el significado habitual del hecho de que se trate aportando datos no previstos (pueden ser  convocatorias electorales pero también otros). Son acontecimientos que ponen negro sobre blanco algo que no se veía pero que se estaba gestando, que estaba ahí. El 15M fue un claro ejemplo, estos comicios podrían serlo.

En la contraportada del libro Talking about Politics Walsh (2004) afirma: “la gente habla de política todo el tiempo y los científicos ignoran esta dimensión lo que significa perder una información relevante sobre cómo funciona la política en la práctica real”. Y es que, del mismo modo que los ciudadanos perciben que los políticos viven en una realidad que no es la suya, el fenómeno se plantea de pronto a la inversa. Y entonces son los políticos los que se dan cuenta de que los ciudadanos viven en un mundo que desconocen, del que por momentos creen tener algunas claves interpretativas, pero, de vez en cuando, se hace palpable que por ignorarles “pierden una información relevante sobre cómo funciona la política en la práctica real”. La autora atribuye carácter político no (sólo) a lo que ocurre en las instituciones, elecciones,… sino a lo que ocurre en las calles, las familias, los trabajos,… y éste es el enfoque al que me refiero. No prestar atención suficiente (o no saber cómo hacerlo) a las expresiones políticas de los ciudadanos más allá del voto, inclusive, hasta el punto de creer que no existen, puede ser la razón de estas sorpresas ¿Explica esto lo imprevisto del voto de Vox? Cambiarlo ¿podría darnos claves de por qué se han quedado en casa miles de ciudadanos de izquierda?

Una nueva corriente se instauró en los estudios de cultura política a partir de los 80/90 del pasado siglo[2]. Sus propuestas siguen siendo fecundas para estudiar lo “no tan evidente” y necesarias para complementar los estudios clásicos que señalan una única línea de acción: la que va de los profesionales, políticos, medios de comunicación,… que producen y difunden discursos al otro lado en que se consumen y reproducen. Gamson en su Talking Politics (1992) señalaba que la comunicación que elaboran las élites trata de producir pasividad, aquiescencia, o indiferencia hacia la política, que existe una industria dedicada a distraer para que la gente no esté atenta. Pero, según el autor, los ciudadanos no son meros receptores sino que reelaboran los discursos que reciben pasándolos por tres filtros: la experiencia personal, la sabiduría popular y la construcción intersubjetiva, adoptando distintas estrategias (reacomodo, evasión, resistencia,…). La consecuencia es que hay margen político propio para quienes no ocupan posiciones de poder y lo que parece aceptación o indiferencia pueden ser estrategias de resistencia.

Siguiendo este marco teórico realizamos un estudio en 2011 y 2012 (que replicamos ahora al final de la década) en el que propusimos a los participantes imaginar cómo les gustaría que fuesen la política y la democracia, confrontándoles con la realidad y con el rol que desempeñan ellos mismos en estos ámbitos. Al hilo de lo que nos ocupa resalto dos hallazgos, posturas no centrales pero significativas: dos estrategias de resistencia. Por una parte, una opción alarmantemente crítica, ácida, corrosiva, a cuyo diagnóstico de situación denominé Política Depredadora que en términos de ciudadanos producía sujetos políticos desde la precariedad: rabia, frustración, percepción de abandono, donde, incluso, se colaba el reclamo a la violencia (discurso medio oculto entre bromas, risas,… pero contundente: “que les corten la cabeza”, “otra guerra civil”, “que les den los trabajos más duros, que sepan lo que es sufrir”), discurso desgarrado que busca creer en algo para liberarse de la amargura.  La otra, de carácter propositivo, la denominé la Política de Proximidad y al tipo de ciudadano correspondiente sujeto político en sesión continua. Un discurso también muy crítico pero que optaba por responsabilizarse, por dar un paso adelante reclamando la política para sí, el cambio de escala, la gestión de lo común desde la cotidianeidad.

¿Qué vincula estos posicionamientos? La crítica, no a los políticos profesionales que era más amplia, sino a la fórmula de la representación reclamando una participación más cercana. Una sensación de insatisfacción formulada en términos de fraude, saqueo, explotación, la política vista como maquinaria que “vampiriza” que vive “de” los ciudadanos y no “para”. Un reclamo de “certezas” que veían más fácil encontrar en fórmulas nuevas que en las tradicionales, evidenciando el desgaste de estas últimas. La demanda de otros procedimientos: “partidos de gente como nosotros,…”; “la política de mi patio de luces”, “lo pequeño y accesible,…”. Todo entreverado de emoción -negativa pero también positiva, es decir, rabia y enfado pero también ilusión, entusiasmo y energía- emoción que buscaba apropiación. Este deseo de apropiación se ve en otros estudios y parece tener relación con el aumento del nivel de estudios y con una autopercepción de capacidad, un refuerzo de la eficacia política interna.

El sujeto en sesión continua y parte del sujeto desde la precariedad configuraron el 15M y se mantienen en ámbitos institucionales y, sobre todo, en lo no institucional. Ciertamente, han pasado 6 ó 7 años pero los cambios no se producen a tal velocidad que invaliden las preguntas: ¿podrían estos dos perfiles explicarnos algo hoy?  ¿Expresa el voto de VOX esa estrategia de resistencia que mostraba rabia pero buscaba una salida? ¿Será la abstención de la izquierda otra estrategia de resistencia, rabia y desánimo de los entusiasmados que redireccionan su camino? ¿Supone esta abstención negación de lo político o reafirmación?

No quiero aludir a las explicaciones fáciles: determinada percepción de la inmigración, el procés catalán, el cuestionamiento de las autonomías, la desilusión ante el cambio de prácticas en Podemos, la decepción ante los límites de la política institucional (teniendo en cuenta, además, que buena parte de sus activos cuestionaron la entrada en las instituciones),…todo eso ya lo sabemos. Lo que quiero es retomar la idea de Gamson y Walsh sobre la capacidad de los ciudadanos para construir política mediante estrategias contra-hegemónicas, actualizándola con algunos hechos que multiplican su potencia explicativa.

En primer lugar, las nuevas tecnologías de la información relegan la comunicación de los líderes, incluso de los medios tradicionales, y facilitan un importante grado de autogestión comunicativa, un intercambio horizontal al margen del control de los actores convencionales de la política y de las instituciones de poder, con una capacidad de expansión extraordinaria. Segundo, el aumento del nivel de estudios ha mejorado la sensación de capacidad y seguridad para actuar, decidir, opinar,…. Tercero, la crisis económica ha lastrado la vida de muchos en una España que no se recupera de las heridas sino que las cronifica. Junto a ello, se desvanece el efecto apaciguador y cohesionador del discurso/mito de la transición política, en parte por el relevo generacional y en parte por la evidencia de algunas deficiencias cada vez más obvias (Benedicto, 2006). Dejo para el final el descrédito de los partidos responsables de estructurar la vida política y de sus líderes, que tienen más dificultad para conculcar voluntades, fidelizarlas y, por lo tanto, para mantener la estabilidad a la que estábamos acostumbrados. ¿Qué diría Gamson si pudiera observar este contexto, cómo valoraría esa capacidad creativa que apuntaba? Parece razonable pensar que aumentaría.

Si pensamos más allá de los marcos cognitivos de las ideologías clásicas, podríamos interpretar la actualidad como indicador de un tiempo distinto. Y, en vez de temer (o al tiempo que tememos) el retorno de la extrema derecha o el deterioro de la izquierda, podemos considerar que, tal vez, progresivamente aparece otro contexto, más caótico en el sentido de no encajar en el orden acostumbrado, mas errático, porque aparezcan y desaparezcan estrategias de reacomodo o resistencia que no sigan lealmente a los partidos sino que fluctúen y que puedan hoy encontrarse en VOX y mañana…, o que modifiquen la arena política desde otros ámbitos,… Un panorama menos previsible producto de las transformaciones sociales, económicas y culturales que habría que leer desde otros códigos.

Referencias

– Benedicto, Jorge (2006) “La construcción de la ciudadanía democrática en España (1977-2004): de la institucionalización a las prácticas”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas (REIS), 114 (1), pp. 103-136.

– Fernández Mosteyrin, Laura y Morán, María Luz (2014). “Encontrar la cultura: estrategias de indagación para el análisis sociopolítico” en Revista de estudios Sociales nº 50. Bogotá, págs.:43-56.

– Gamson, Williams (1995) Talking politics. Cambridge University Press.

– Walsh, Katherin Kramer (2004). Talking about Politics: Informal Groups and Social Identity in American Life. The University of Chicago Press.

[1] De hecho, tras los primeros días vamos viendo estudios de otro tipo.

[2] Mágnífica presentación de estas aportaciones analíticas en Fernández de Mosteyrín y Morán (2014).

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Actividad GESP: Primera sesión del seminario Seguridad, Política y Sociedad

El próximo 27 de noviembre tendrá lugar la primera sesión del seminario permanente sobre Seguridad, Política y Sociedad del Grupo de Estudios sobre Sociedad y Política (GESP).

La temática de esta primera sesión será «Conceptos de Seguridad: de qué se habla cuando se habla de Seguridad». Para más detalles consultar el documento PRIMER SEMINARIO SEGURIDAD SOCIEDAD Y POLÍTICA NOVIEMBRE 2018

Participa, que algo queda

14/11/2018 – Marisa Revilla Blanco (UCM)

Quizás no es casualidad que antes de que apareciera la entrada anterior de este blog yo ya hubiera decidido dedicar ésta a la participación (así, sin “apellidos”, o dando cabida a los que se quieran aplicar: política, social, ciudadana, electoral, etc.). No es casualidad: es un  tema nuclear en la sociología política porque es el pilar de la democracia representativa, una clave para la comprensión de la conformación del poder en una sociedad y la forma básica de relacionarnos dentro de la comunidad política con nuestros conciudadanos y las instituciones. En el párrafo final de su post sobre La complejidad y el empeño por la participación ciudadana, Benita Benéitez nos recuerda la necesidad de abrir “la participación ciudadana a otras esferas sociales y la responsabilidad de todo ciudadano de conformar su juicio político”. Aquí tomo el relevo.

Mucho se ha escrito en este tema sobre dos cuestiones: una, el vínculo individual con la participación; la otra, las formas de la participación, las organizaciones y su relación con las instituciones. Por la primera, diversas teorías exploran las motivaciones para la participación, la conformación de las decisiones de los electores/as y su traducción en comportamiento electoral o las formas y los mecanismos de adscripción ideológica. Por la segunda, se da nombre a distintas formas de participación, desde los partidos políticos, los grupos de presión, las organizaciones comunitarias, los movimientos sociales, etc[i].

En el plano político también encontramos un interés específico en la participación de las organizaciones sociales y en el fomento de actividades individuales de participación, por ejemplo, en el fomento del voluntariado (la primera ley de voluntariado en España es de 1996, mientras que la ley 191/1964 de 24 de diciembre de Asociaciones estuvo vigente hasta 2002).

Principal producción legislativa de ámbito nacional en relación con la participación
LO 2/1980 de 18 de enero Regulación de las distintas modalidades de referéndum
L 1/1996 de 15 de enero Voluntariado
L 1/2002 de 22 de marzo Asociaciones
L 49/2002 de 23 de diciembre Régimen fiscal de las entidades sin fines lucrativos y de los incentivos fiscales al mecenazgo
L 50/2002 de 26 de diciembre Fundaciones
L 5/2011 de 29 de marzo Economía social
L 39/2015 de 1 de octubre Procedimiento administrativo común de las Administraciones Públicas
L 43/2015 de 9 de octubre Tercer Sector de Acción Social
L 46/2015 de 14 de octubre Voluntariado

 

[Hago aquí un inciso para comentar dos cuestiones. Por un lado, una pregunta que siempre me asalta cuando reviso la Ley del Tercer Sector de Acción Social: ¿por qué se incluye “El fomento de la seguridad ciudadana y prevención de la delincuencia” como uno de los tres objetivos de interés general que se definen para las entidades del tercer sector (junto con dos más evidentes: la atención a las personas con necesidades 1. de atención integral socio-sanitaria o 2. educativas o de inserción laboral)? Por otro lado, cuando las entidades del tercer sector de acción social están abordando aún su relación con la economía social, alternativa y/o colaborativa, algunas entidades internacionales ya están avanzando un proyecto de “cuarto sector”.]

Cuando abordamos la participación como un mecanismo para la implicación ciudadana en la toma de decisiones sobre asuntos públicos, nos quedamos limitados a tres posibilidades (sí, me niego a considerar la donación de dinero a ONG como forma de participación): 1) las respuestas binarias (consultas que requieren un sí o un no como respuesta); 2) la elección dentro de unas opciones limitadas (con la participación electoral como mejor ejemplo pero en el que también entrarían las experiencias de presupuesto participativo); o, en el mejor de los casos, las posibilidades de plantear propuestas. Por supuesto, la labor de incidencia política que realizan muchas entidades, plataformas, coordinadoras sobre distintos temas y cuestiones de interés social es crucial para el desarrollo de políticas y para la consideración de enfoques alternativos y la producción de cambios sociales. Pero ¿qué significa la participación para ciudadanos y ciudadanas con preocupaciones específicas?

Recientemente, con ocasión de la celebración de un taller sobre participación, en el marco de la formación de la Plataforma del Voluntariado de España, con personas voluntarias (16 mujeres y 8 hombres) de diversas procedencias (geográficas, educativas, edad, etc.) surgieron algunas cuestiones muy interesantes. Incluso conociendo las limitaciones metodológicas del caso no puedo dejar de recoger algunos elementos (en todas las dinámicas se pidió inicialmente un ejercicio de reflexión personal que se continuaba en un debate colectivo).

Empezaré por los aspectos negativos. Invitados a reflexionar sobre lo que no gusta de las experiencias de participación en las que han participado, se deja constancia de algunos hechos que, lamentablemente, forman parte de los procesos participativos: lo dilatado en el tiempo, que sean procesos dirigidos, que haya déficits de información, que haya falta de control sobre el proceso, etc. pero también aparecen otros elementos que pueden tener que ver con una cierta falta de cultura participativa en nuestro país: la imposición de criterios, abusos de poder, ausencias de actitud de escucha, faltas de respeto, limitación de la participación, etc. También se señaló la impotencia, el fracaso cuando no se consiguen resultados.

Una de las dinámicas iba encaminada a la definición del mayor obstáculo que se hubieran encontrado en su experiencia de participación. He agrupado las respuestas en tres tipos de obstáculos:

  1. Falta de habilidades o circunstancias personales: dificultades de expresión o de comunicación; falta de formación, conocimiento, información y/o capacidad para hablar en público; falta de tiempo. Es imprescindible decir que estas respuestas solo se dieron por parte de las mujeres[ii], es decir, únicamente las mujeres mantienen una actitud (excesivamente) crítica respecto de sus habilidades, sus capacidades. Una de las mujeres escribió sucintamente como obstáculo “No tener voz”.
  2. Dinámicas colectivas: falta de compromiso grupal, faltas de respeto o ausencia de implicación de los participantes y la burocratización de las organizaciones.
  3. Relación con las instituciones: dificultad para encontrar espacios para la participación, la falta de apoyo institucional. Estos dos últimos tipos de obstáculos se señalaron tanto por las mujeres como por los hombres.

Por supuesto, si a pesar de estos elementos negativos, se sigue dando el compromiso con la participación, ha de ser que también aporta satisfacciones. Cuando se preguntó qué es lo que más aporta la participación, lo que más gusta, muchas respuestas señalaban en la dirección de la construcción colectiva (la posibilidad del encuentro con otros, las relaciones humanas, el sentido de pertenencia, las experiencias y el trabajo en equipo) y lo que conlleva: aprendizaje, conciencia crítica, implicación, conocimiento, mejora, contribución. También se apreció la satisfacción producida por lo que se consigue cuando se participa: la acción desde las creencias, en favor de una causa, generando bien común, la apertura de espacios.

Los claroscuros de la participación hacen que algunas veces nos preguntemos ¿para qué sirve participar? Que cunda la impotencia, alimentada por la impaciencia por obtener resultados, porque parece que nada cambia. Sin embargo, mirando detenidamente la realidad, el propio ejercicio de participar conlleva beneficios y, si damos tiempo, también se consiguen resultados. Los ejemplos de movimientos, campañas y acciones concretas muestran que los cambios se producen[iii]. ¿Cómo, si no, podríamos entender los cambios ocurridos en la comprensión de la situación de desigualdad que afecta a las mujeres o la concienciación sobre los efectos de nuestro modo de vida en el medio ambiente o la acción contra el racismo o la definición del problema social de los desahucios? Detrás de cada uno de estos cambios está la acción de los movimientos feministas, ecologistas, antirracistas y por una vivienda digna. Y son solo unos ejemplos.

La participación genera aprendizaje de herramientas de participación. La participación no es solo construcción de acuerdos, de consensos; es también la gestión del desacuerdo, del disenso: el reconocimiento del otro.

[i] Algunas referencias para quien quiera adentrarse en estos temas:

Edwin Amenta, Kate Nash y Alan Scott (eds.) (2012): The Wiley-Blackwell Companion to Political Sociology.

Judith R. Blau (ed.) (2008): The Blackwell Companion to Sociology

Jorge Benedicto y María Luz Morán (coords.) (1998): Sociedad y Política. Temas de Sociología Política. Alianza Editorial.

Colectivo IOÉ (2007): “La participación política de los españoles: democracia de baja intensidad”, Papeles, nº 99.

[ii] Una excelente herramienta para la participación de las mujeres se puede encontrar en la Guía de formación para la participación social y política de las mujeres

[iii] Es imprescindible realizar más investigación que analice cómo se vincula la acción colectiva con sus consecuencias políticas. Un excelente trabajo teórico y de análisis que ofrece un modelo para la investigación se puede encontrar en: Felix Kolb (2007): Protest and Opportunities: The Political Outcomes of Social Movements. Campus Verlag.

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La complejidad y el empeño por la participación ciudadana

18/10/2018 – María Benita Benéitez (UCM)

Rousseau al comienzo de su obra el Emilio o la Educación (1762) nos advierte de la dificultad que la educación tiene para formar a un hombre y a un ciudadano al mismo tiempo: “¿qué hemos de hacer cuando son opuestas y en vez de educar a uno para sí propio le quieren educar para los demás? La armonía, entonces, resulta imposible, y forzados a oponernos a la naturaleza o a las instituciones sociales, es forzoso elegir entre formar a un hombre o a un ciudadano, no pudiendo hacer al uno y al otro a la vez”.

Este no es el lugar para profundizar en el modelo de ciudadanía republicana que caracterizará la propuesta política ruossoniana, aunque si podamos aludir a la interpretación que de ella hacen dos autores imprescindibles cuando en la actualidad se promueve la participación política ciudadana y una propuesta política deliberativa, Carole Pateman y Jürgen Habermas, respectivamente.

La primera considera que la propuesta participativa de Rousseau refuerza la libertad, la interdependencia y el sentimiento de pertenencia a la comunidad de todos los ciudadanos; el segundo adapta el principio democrático de la soberanía popular a una sociedad plural. Teniendo como base para la definición de la ciudadanía, la teoría democrática participativa y las propuestas de una ciudadanía activa y comprometida con lo común, se señala el objeto de este blog la compleja y recurrente propuesta por la participación ciudadana.

Los mecanismos de participación política ciudadana son muy aplaudidos por la teoría democrática y los análisis que estudian ejemplos consolidados de participación ciudadana –presupuestos participativos, encuestas deliberativas, democracia de proximidad, consultas populares, gobierno abierto, entre otros muchos– así como por la elaboración de índices que intentan medir la calidad democrática y que relacionan estrechamente -de nuevo- con la participación política de todos los ciudadanos, véase V-Dem. El desconcierto y la complejidad aparecen cuando comprobamos que esta participación sigue siendo débil y muy desigual, aunque desde distintos foros estén de manera constante promoviendo esta participación.

A nivel local podemos visitar las web de los ayuntamientos españoles donde nos encontraremos con consejos locales participativos, un gobierno abierto a las propuestas ciudadanas, presupuestos participativos así como por consultas ciudadanas para decidir y legitimar diferentes medidas municipales; si subimos de nivel institucional a nivel europeo podemos señalar el Programa Europa con los Ciudadanos (20014-2020).  Programa de la Comisión Europea destinado a impulsar la participación activa de los ciudadanos en la vida democrática de la Unión, mediante la financiación de planes y actividades que promuevan el conocimiento de la historia y los valores compartidos de Europa, a través de un diálogo constante con las organizaciones de la sociedad civil y las autoridades locales.

Su capítulo dos promueve el compromiso democrático y la participación cívica apoyando: actividades de establecimiento de la agenda, promoción durante la fase de preparación y negociación de propuestas de políticas, proyectos e iniciativas que desarrollan oportunidades para el entendimiento mutuo, el aprendizaje intercultural solidario, el compromiso social y el voluntariado a nivel de la Unión. Sin negar la necesidad e importancia de los mecanismos participativos cuando nos detenemos en los porcentajes reales de ciudadanos que participan los datos siguen estando muy lejos de lo esperado.

Entremos en una de las plataformas de participación ciudadana Decide Madrid que contiene información sobre las propuestas ciudadanas de los vecinos de Madrid, las dos consultas ciudadanas hasta ahora realizadas y todo el proceso de elaboración de unos presupuestos participativos. Si nos detenemos en las propuestas ciudadanas de esta plataforma comprobamos que partiendo de un número de apoyos para su aprobación inferior a 30.000 ciudadanos en la mayoría de los casos los apoyos recibidos no superan un 0,5% de estos apoyos necesarios.

Estas plataformas no pretenden cumplir con todas las exigencias de la teoría democracia participativa o la política deliberativa, pero si nos sirven para replantearnos constantemente la complejidad de la relación ciudadanía – participación política.

Todo esto hace necesario no desistir en una reformulación constante de la ciudadanía sin olvidar lo razonable: a. la apertura de la participación ciudadana a otras esferas sociales y b. la responsabilidad de todo ciudadano de conformar su juicio político, en definitiva, y siguiendo a Pierre Rosanvallon (2009, 155): “diversificar, complejizar, multiplicar cada vez más las formas de organización de la sociedad”.

Referencias

Beiner, Ronald (1987). El juicio político. México: Fondo de Cultura Económica.

Pateman, Carole (2014). Participación y Teoría Democrática. Buenos Aires: Prometeo.

Pierre Rosanvallon (2009), “La democracia y sus condiciones”, en Cuadernos del Cendes, 71.

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El «culpable» es el pluralismo, no la polarización

17/09/2018 – Antón R. Castromil  (UCM)

Las elecciones generales de diciembre de 2015 alumbraron la legislatura más corta desde la reinstauración de la democracia en España. Un suspiro o, según se mire, una tos carrasposa y seca. La dificultad para formar gobierno terminó agotando los plazos establecidos y, en junio de 2016, se convocó de nuevo a los ciudadanos para que fueran ellos los que metiesen un caramelo mentolado en la boca del enfermo. Se lo guardaron en el bolsillo.

La XII legislatura –en la que nos encontramos ahora mismo– no hizo más que confirmar el cambio que se había producido en 2015. Esto es, un realineamiento del sistema de partidos que hacía saltar por los aires el sistema de “bipartidismo imperfecto” alumbrado tras la llegada del PSOE al poder en 1982.

Esta entrada –que inaugura la “temporada” 2018/2019 del blog del GESP– plantea dos cuestiones al respecto. Por un lado, queremos ensayar la denominación que podríamos darle al nuevo sistema de partidos español. Por otro, se pretenden estudiar sus principales dinámicas relacionales. Sus intríngulis del día a día.

En realidad, se trata de dos cuestiones muy relacionadas. O, usando la terminología de Sartori (2005), se trataría de ver si nos encontramos más cerca del pluralismo polarizado o de su variante más moderada. Tiquitaca, como dirían los más futboleros.

Pero, para ofrecer una hipótesis de por dónde podrían ir los tiros, conviene remontarnos al sistema de partidos que el viento se llevó: El bipartidismo “imperfecto”. Sólo después estaremos en condiciones de dar un paso hacia adelante en materia de polarización. Arrancamos.

El bipartidismo “imperfecto”

El período 1982-2015 estuvo dominado por un tenue bipartidismo entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), ocupando el centro-izquierda, y el Partido Popular (antes Alianza Popular), en el centro-derecha. Estas dos formaciones se repartieron el poder de manera exclusiva.

Pero exclusividad en el acceso al poder no implicó siempre gobiernos de mayoría absoluta estilo Westminster. Ahí nos diferenciábamos de aquellos otros sistemas con fórmula mayoritaria, mucho más restrictivos en la entrada de terceras formaciones en el Parlamento (Lijphart, 1994).

En España terceras formaciones, como las meigas de mi tierra, “haberlas haylas”. Lo que sucedió fue que, en ocasiones, su concurso se antojó residual y, en otras, imprescindible.

En 1982, 1986 y 1989 el PSOE de Felipe González tuvo las manos libres para gobernar sin casi interferencias del Parlamento. En 2000 y 2011 fueron los conservadores José María Aznar y Mariano Rajoy los que disfrutaron de las mieles del gobierno sin interferencias.

Pero, como decimos, han existido momentos en los que, como buen sistema electoral proporcional, la victoria en las urnas no implicó una mayoría parlamentaria clara: 1993 (PSOE), 1996 (PP), 2004 (PSOE) y 2008 (PSOE).

Es decir, el apellido “imperfecto” de este tipo de bipartidismo se lo colocamos por la vía de la existencia de terceras formaciones. Unos partiditos (nacionalistas vascos y catalanes, sobre todo, pero también, otros como IU, UPyD o UCD) que, según la aritmética parlamentaria, llegaron a tener una importancia crucial. Sobre todo, a la hora de investir al Presidente y de aprobar la ley más importante del año, los Presupuestos Generales del Estado.

El agotamiento del bipartidismo

Los síntomas del cambio se percibieron mucho antes de 2015. Podemos entender el 15-M (2011), por ejemplo, como un claro tirón de orejas. Como un anticipo al tambaleo del sistema de partidos que llegaría después.

Al fin y al cabo, aquellos eslóganes de “que no, que no nos representan”, “PPSOE” o “PSOE, PP; la misma mierda es” apuntaban siempre hacia la misma diana. La posición de privilegio que los dos grandes partidos habían ocupado desde el fin de la transición a la democracia.

El surgimiento de Podemos (2014) y la consolidación de Ciudadanos como opción política de implantación nacional (tras su nacimiento en Catalunya en 2006) pueden ser considerados, también, como la parte institucional de este descontento ciudadano.

No cabe duda que el paso del tiempo nos da ventaja. O ventajismo, quien sabe. Los indicios que acabamos de señalar se nos antojan claves para entender lo sucedido tras las elecciones de 2015. El bipartidismo se viene abajo y una nueva forma parlamentaria asoma la cabeza.

Sus primeros pasos decepcionaron a muchos. Había que votar de nuevo. Otros pensaron que se volvería al statu quo previo. Que todo había sido un mal sueño. Pero naranjas de la China. 2016 confirmaba que, de momento, no parecía haber marcha atrás. Que el nuevo sistema exigía una relación más intensa entre partidos. Y muchos no estaban preparados.

El PSOE representa, como ninguna otra formación, esta tensión entre los que seguían anclados en los viejos esquemas del bipartidismo y aquellos otros que trataban, a su manera, de adaptarse al cambio. Con estas claves se entiende el “acuchillamiento” de Pedro Sánchez (octubre 2016) y la forzosa abstención de buena parte del Grupo Parlamentario del PSOE para facilitar la investidura de Mariano Rajoy.

Con esta oscura maniobra echaba a andar la legislatura. Vaya panorama. Pero, cosas del destino, Sánchez volvería a tomar las riendas del PSOE en mayo de 2017 y terminaría convirtiéndose sólo unos días después en ¡presidente del Gobierno!. Intenten explicárselo a un marciano.

Moraleja de los tiempos que corren: si el “todo es posible” suele aplicarse con bastante exactitud al mundo de la política, ahora parece necesario parafrasear el eslogan de una conocida marca de zapatillas deportivas: “Impossible is nothing”.

Pluralismo sí, pero moderado

Si resulta complicado entender movimientos como los que acabamos de mencionar, más difícil todavía se nos presenta la labor de poner orden en las nuevas dinámicas del sistema de partidos. Pero, como el trapecista que intenta un imposible doble tirabuzón y medio, nosotros vamos a intentarlo. Esperemos que el suelo no sea de granito.

Para muchos analistas la ingobernabilidad de 2015 y los tejemanejes de 2016 se traducen en un nuevo sistema de partidos muy polarizado. Nosotros pensamos justamente lo contrario. Si algo tenemos ante las narices es moderación.

El principal indicio que nos lleva a pensar tal cosa tiene que ver con nuestro convencimiento de la disponibilidad del centro político. En tiempos pretéritos este goloso lugar se encontraba monopolizado por el PSOE (centro-izquierda) y el PP (centro-derecha). De modo que las terceras formaciones o se escoraban hacia posiciones ideológicas más marcadas o cambiaban el cleavage de competición, casi siempre hacia el nacionalismo.

El argumento, básico para entender a Sartori (2005), suele malinterpretarse. Los sistemas de partidos en los que el centro está ocupado tienden a desincentivar las dinámicas moderadas de terceros partidos. Es decir, los que en el centro se encuentran defienden su territorio a codazos.

Sin embargo, aquellos otros sistemas en los que el centro NO se encuentra ocupado o, cuanto menos, está siendo objeto de disputa, presentan una dinámica centrípeta. ¿O acaso Podemos y Ciudadanos no aspiran a sustituir a PSOE y PP en sus respectivas posiciones de privilegio?

La posibilidad de sorpasso de la que tanto se habló en 2016 expresa muy bien lo que queremos dar a entender. El partido de Pablo Iglesias no pretende quedarse –como tiempo atrás Izquierda Unida– en una clara posición de izquierdas, sino que su objetivo no es otro que el caladero de votos de centro o, cuanto menos, de centro-izquierda, antes patrimonio exclusivo del PSOE.

Por lo tanto, si entendemos la polarización como la distancia entre los partidos más extremos en el eje ideológico izquierda-derecha, podemos concluir que el nuevo sistema de partidos español tiende a la lucha en torno al centro. A que los partidos replieguen velas en dirección a la equidistancia. A luchar por el centro.

Disponemos, desde 2015, de cuatro partidos importantes donde antes había dos, cierto. El pluralismo ha aumentado. Pero estas formaciones, con sus lógicas diferencias, no se dispersan en el eje ideológico, sino que tienden a concentrarse. A apiñarse.

Esta nueva dinámica en torno al centro –y no la polarización como muchos piensan– es la que dificulta la formación de gobiernos y la estabilidad de las legislaturas. Si hay colapso en España, éste se relaciona más por las dinámicas en torno al centro que por la polarización del sistema de partidos.

Al fin y al cabo, resulta mucho más difícil llegar a acuerdos cuando los partidos se pelean por la misma clientela. En un sistema de pluralismo polarizado, en cambio, los gobiernos pivotan en torno a grandes coaliciones de partidos intra bloques ideológicos que no compiten demasiado entre ellos. Respetan sus espacios.

Pero no es el caso. Aquí lo que prima es la lucha por el centro y la desconfianza mutua basada en la comunión de intereses y electorados. La moderación en un sistema más plural es lo que atasca el sistema, no la polarización.

De ahí las cuchilladas y malabarismos que han tenido que hacerse para formar el primero de los gobiernos de esta legislatura (PP) y el descomunal incentivo externo necesario (corrupción del partido en el gobierno) para que la moción de censura del PSOE llegara a buen puerto.

¿Lograrán los partidos acostumbrarse a esta nueva dinámica de lucha por el centro? ¿Encontrarán fórmulas para regular el acceso ordenado al poder? Lo que queda claro es que la pelota está en su tejado. Las elecciones de 2016 así lo indicaron: los ciudadanos, de momento, prefieren que sea la clase política la que desatasque la situación. Veremos hasta dónde llega su paciencia. Las próximas elecciones están a la vuelta de la esquina.

Referencias

– Lijphart, A. (1995): Sistemas electorales y sistemas de partidos. Madrid. Centro de Estudios Constitucionales.

– Sartori, G. (2005. V.O 1976): Partidos y sistemas de partidos. Madrid. Alianza.

NOTA: Imagen de portada de geralt libre de derechos

¿Cambian las formas del activismo juvenil tras el 15M?

20/06/2018 – Gomer Betancor (UNED)

Otra vez topamos con las juventudes. En los últimos años, y sobre todo a partir del ciclo de protesta global abierto en 2011, acontecemos a protestas, movilizaciones y movimientos sociales en los que las jóvenes adquieren un renovado protagonismo. Jóvenes en España que ocupaban plazas y calles contra la corrupción y por una democracia real en 2011, movilizaciones con base estudiantil en Hong Kong en 2014 por un sistema democrático y un genuino sufragio universal, o protestas en 2013 encabezadas por jóvenes en Turquía surgidas por la transformación del Parque Taksim Gezi en un centro comercial. Asimismo, jóvenes en México que ponían el país patas arriba pidiendo la democratización de los medios de comunicación y el rechazo a la manipulación mediática en plena campaña presidencial en 2012 con el Movimiento #YoSoy132. También en Estados Unidos miles de jóvenes durante este 2018 han marchado por el país cuestionando el uso de las armas de fuego y exigiendo  leyes más estrictas sobre su uso bajo el hastag #MarchForOurLives.

¿Cuestiones en común? En estas protestas y movimientos las juventudes han estado en primera línea de las demandas de alto calado público en sus respectivos contextos, con el uso masivo de las redes sociales digitales pero también redes físicas de sociabilidad más amplias (que sirven como canales de transmisión de ideas), con unos estilos innovadores de reclamar las calles y ocupar el espacio público para visibilizar mediáticamente sus demandas, y poniendo en el centro del debate público temas centrales que marcan la agenda. En definitiva, cuestionando el orden establecido. Y lo hacen a través de un creciente uso de lo que Pleyers (2015) denomina la vía de la subjetividad: un activismo construido desde abajo, como experimentación, creación y experiencia vivida, empezando por cambios locales y por la máxima zapatista de “caminar preguntando”.

En ese sentido, el 15M ha constituido un acontecimiento trascendental en la esfera de la acción colectiva en los últimos años en España. Un acontecimiento clave en la reordenación del campo político, tanto en el ámbito de la sociedad civil como en el ámbito de la participación política convencional. Y uno de los elementos esenciales que atraviesa este proceso es una notable ruptura  o choque generacional, como plantea otro artículo de este blog. Este acontecimiento, caracterizado por un amplio proceso de socialización activista y de apertura de amplios sectores de población hacia las movilizaciones, ha alterado en gran medida las prácticas políticas de las juventudes[1].

No en vano, los estilos de vida y valores juveniles también han cambiado, atendiendo a las conclusiones del Informe Juventud en España 2016 (Benedicto, 2017). En el mismo podemos ver un cambio de tendencia en las identidades colectivas de los jóvenes hacia ser muy poco religiosos (menos que antes), más bien localistas en su sentido de pertenencia e ideológicamente de centro izquierda. Asimismo, la condición ciudadana juvenil se desarrolla más que nunca en un contexto de desconfianza institucional y con la emergencia de nuevos temas taponados por anteriores generaciones. Por poner algunos ejemplos: se posicionan muy mayoritariamente a favor del derecho de las mujeres al aborto, apoyan en alta medida la ocupación de viviendas vacías (apoyada ahora por un 59%), la enseñanza religiosa en las escuelas es rechazada por el 61%, o son quienes introducen en la agenda cuestiones de debate en medios como son los derechos sociales de los migrantes o de los colectivos LGTBIQ.

Así, las juventudes se interesan más por la política que antes pero lo hacen desde una posición muy crítica, como recalca Jorge Benedicto. En ese marco, el voto y la protesta forman el núcleo de la participación política juvenil. La participación en huelgas, protestas callejeras y manifestaciones se ha convertido en los últimos años en una forma naturalizada de tomar parte en el proceso político (principalmente para las jóvenes que tienen estudios superiores y posiciones económicas en clases medias y medias-altas) (Benedicto, 2017: 528 y ss.).

Los cambios recientes en las formas del activismo juvenil

Con el cambio de siglo se vislumbra un progresivo cambio en la composición interna y los repertorios de acción y organización de los movimientos sociales, dejando un hueco importante al empuje juvenil y nuevas formas de participación que terminan condicionando las estructuras de organización. Como señala Benjamín Tejerina, hay una emergencia de una nueva cultura juvenil de la política a partir del Movimiento por una Justicia Global, donde la movilización social cambia sus formas, y en la que en el seno de los movimientos sociales “la discontinuidad en la participación parece ser una característica de nuestro tiempo” (Tejerina, 2005, p. 55). Las formas juveniles de los movimientos sociales se empiezan a caracterizar por ser grupos más reducidos pero más interconectados que previamente, con participación más flexible influida por el uso masivo de TICs y redes sociales digitales, y unos debates internos más pragmáticos y menos ideológicos (Tejerina, 2005).

Estas nuevas formas las vimos en el 15M, evento cronotópico en muchas ciudades de España que significó un clima de socialización activista sin igual para muchas jóvenes, y un revulsivo en la trayectoria de otras que se decían “ya nada será igual”. Como hemos visto en trabajos anteriores (Razquin, 2017), el 15M ha implicado un desborde en lo que se refiere a una masiva entrada (y también salida) de activistas jóvenes en espacios asamblearios, ayudado por un clima de cuestionamiento general que desbordaba movilizaciones anteriores.

La participación en el 15M suponía también la socialización política de una parte importante de una generación que rompe con las formas del capital militante de la generación anterior, con un activismo reticular. Este acontecimiento marca la vida de miles de jóvenes. Y más allá de sus efectos sociopolíticos, estos cambios se reflejan en los aprendizajes colectivos e individuales, y en la generación de nuevas subjetividades.

La importancia de la inmersión juvenil para activismos derivados

Para una parte importante de estas jóvenes activistas, el movimiento estudiantil servía de primer espacio de socialización política. Un movimiento donde influye una radicalización mayor que otros colectivos sociales y que implica la construcción de distintos imaginarios que, según el caso, puede facilitar una contracultura y legado de protesta duradero.

Independiente de eso, lo que vemos en la generación activista del 15M es que la adquisición de ese capital militante ha sido esencial para el surgimiento de movilizaciones posteriores, ya que es gran parte de las juventudes que van al 15M las que después van a usar esos conocimientos, aprendizajes y habilidades en facilitar el activismo cotidiano en la marea blanca, la marea verde o los colectivos de vivienda. Especial papel han tenido estas activistas en mediaciones en colectivos de barrio y asambleas de vivienda y apoyo mutuo barriales englobadas en la Plataforma de Afectadas por la Hipoteca, y que tanto han estado luchando estos años por el derecho a la vivienda digna y contra la mercantilización de nuestras ciudades.

Tampoco se puede obviar que la socialización en el 15M ha sido clave para muchas activistas que a posteriori han fortalecido los diferentes colectivos feministas y LGTBIQ. Y cuyas resonancias ha permeado a una nueva generación que ha revitalizado el movimiento y que, al calor de la última movilización y huelga del 8 de Marzo, ha puesto en el centro de la diana política la necesidad de un pacto de Estado contra las violencias machistas, el rechazo de violencias patriarcales cotidianas o el rechazo a la LGTBIfobia, entre otras opresiones patriarcales.

Por todo lo anterior, el 15M ha supuesto un clima aglutinador que genera movimientos derivados (McAdam, 2002), ya que la vinculación de estas activistas en el 15M, por sus formas y cercanía en el tiempo, ha sido crucial para facilitar el enganche posterior en otros movimientos y el mantenimiento de redes de acción colectiva que a día de hoy combaten por despatriarcalizar la sociedad, plantear viviendas dignas para todas y por okupar y autogestionar centros sociales en nuestros barrios.

En esa línea y rescatando a Alfonso Ortí (2008), apuntamos como hipótesis a futuro que este clima social ha generado un espacio histórico de ruptura política con el régimen anterior, emergiendo experiencias comunes inherentes una nueva generación que les predispone a una forma de pensar y proyectar el futuro, incorporando nuevas subjetividades. Una nueva generación para la cual el 15M ha supuesto una ruptura vital, y que será clave analizar a futuro para poder entender los cambios que se están produciendo en el ámbito de los movimientos sociales.

Referencias

– Benedicto, J. (Dir.) (2017). Informe Juventud en España 2016. Madrid: INJUVE.

– Betancor, G. y Prieto, D. (2018). El 15M y las juventudes: entrada y salida en los espacios activistas e impactos biográficos del activismo. En Pensamiento al Margen, 8, pp.161-190.

– McAdam, D. (2002). “Movimientos iniciadores y movimientos derivados: procesos de difusión en los ciclos de protesta”. En Traugott, M. (Ed.). Protesta Social. Repertorios y ciclos de la acción colectiva (243-270). Barcelona. Hacer.

– Ortí, A. (2008). “El saber social como complejidad concreta: realismo crítico y pluralismo cognitivo en la reflexión metodológica de Miguel Beltrán”. En VV.AA. Sociología y realidad social. Libro homenaje a Miguel Beltrán Villalba. Madrid: CIS.

– Pleyers. G. (2015). “Volverse actor: dos vías para los movimientos sociales en el siglo XXI”. En Revista de Estudios Sociales, 54, pp. 179-183.

– Razquin, A. (2017). Didáctica ciudadana. Granada: Editorial Universidad de Granada.

– Tejerina, B. (2005). “La movilización social: de la cultura política a la cultura de la política”, en CEIC. Hacia una nueva cultura de la identidad y de la política. Tendencias en la juventud vasca. Vitoria-Gasteiz: Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco.

[1] Las reflexiones de este texto parten del artículo más amplio, escrito junto a David Prieto, titulado “El 15M y las juventudes: entrada y salida en los espacios activistas e impactos biográficos del activismo”, en Pensamiento al Margen, nº 8, pp.161-190. Disponible en: https://pensamientoalmargen.com/2018/05/01/politica-en-movimiento/

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