Seminario Cambios V — Los Centenarios de la Escuela de Salamanca. Ideología, geopolítica y memoria (1926–2026)
En un contexto marcado por la multiplicación de conmemoraciones académicas, institucionales y políticas en torno a la Escuela de Salamanca, la quinta sesión del Seminario Cambios propuso una reflexión crítica sobre los usos públicos de una tradición intelectual convertida, desde finales del siglo XIX, en uno de los grandes mitos de legitimación de la cultura jurídica española. La figura de Francisco de Vitoria, presentada a menudo como fundador del derecho internacional, precursor de los derechos humanos o anticipador de la Organización de Naciones Unidas, ha ocupado un lugar central en esa genealogía celebratoria.
El profesor José Luis Egío García (UCM) convirtió esta sesión en un espacio de análisis histórico sobre la construcción, circulación y transformación de ese relato. Su intervención no se limitó a revisar la obra de Vitoria o de los teólogos-juristas salmantinos, sino que abordó un problema más amplio: cómo las conmemoraciones, los centenarios y las instituciones académicas han moldeado la investigación sobre la Escuela de Salamanca, condicionando sus preguntas, sus objetos de estudio y sus marcos interpretativos.
Seminario Cambios V — Acta web / Resumen ensayístico
La quinta sesión del Seminario Cambios, celebrada el 28 de mayo de 2026 en la Sala de Juntas de la Biblioteca Central de la UNED y en formato híbrido, estuvo dedicada a “Los Centenarios de la Escuela de Salamanca. Ideología, geopolítica y memoria (1926–2026)”. El encuentro contó con la intervención de José Luis Egío García, especialista en la historia intelectual, jurídica y teológica de la Escuela de Salamanca, y reunió a investigadores interesados en la historia del derecho internacional, la historia de las ideas, la teología política, los usos públicos del pasado y las memorias imperiales.
Desde el inicio, la sesión se planteó como una reflexión crítica sobre la lógica misma de las conmemoraciones. El punto de partida no fue únicamente la Escuela de Salamanca como objeto histórico, sino la forma en que esta ha sido recordada, celebrada y apropiada a lo largo del siglo XX y comienzos del XXI. En este sentido, el seminario se interrogó por la tensión entre investigación histórica y celebración institucional: ¿qué sucede cuando un campo de estudio queda organizado por centenarios, aniversarios y efemérides? ¿Qué tipo de preguntas se financian y cuáles quedan relegadas? ¿Hasta qué punto la conmemoración produce conocimiento y hasta qué punto lo encierra dentro de relatos previamente establecidos?
I. Francisco de Vitoria y la construcción de un mito jurídico
La intervención de José Luis Egío se centró, en primer lugar, en la genealogía moderna del mito de Francisco de Vitoria como fundador del derecho internacional. Lejos de ser una evidencia transmitida sin interrupciones desde el siglo XVI, esta interpretación fue presentada como una construcción historiográfica e ideológica relativamente tardía, ligada a las necesidades culturales, académicas y políticas de la España contemporánea.
Egío situó el punto de inflexión en el discurso pronunciado por Eduardo de Hinojosa en 1889, con motivo de su ingreso en la Real Academia de la Historia. En aquel contexto, Hinojosa, apoyado por figuras como Menéndez Pelayo y por el clima intelectual de la llamada “ciencia española”, contribuyó decisivamente a convertir a Vitoria en una figura fundacional para la historia del derecho internacional. El procedimiento era significativo: se trataba de rescatar a un autor relativamente olvidado, otorgarle una relevancia epocal y presentarlo como prueba de que España había desempeñado un papel decisivo en la formación de la modernidad jurídica europea.
La operación tenía una dimensión disciplinar muy clara. En una época en la que el derecho internacional comenzaba a institucionalizarse en las universidades europeas y españolas, la recuperación de Vitoria ofrecía a los juristas españoles un linaje prestigioso. Si otros países podían reivindicar a Grocio o Gentili, España podía presentar a Vitoria como un precursor más antiguo, más sólido y más profundo. De este modo, la historia del derecho internacional dejaba de aparecer como una disciplina nacida del mundo protestante o del orden europeo posterior a los grandes imperios, para integrarse en el relato nacional de la aportación española a la civilización.
Egío subrayó, sin embargo, el coste historiográfico de esta operación. Para convertir a Vitoria en fundador del derecho internacional fue necesario seleccionar ciertos textos —en particular las relecciones sobre los indios y sobre la guerra— y desplazar a un segundo plano aquello que Vitoria fue ante todo: un teólogo escolástico. El resultado fue una lectura profundamente anacrónica, en la que las categorías modernas del derecho internacional, la soberanía, los derechos humanos o la comunidad internacional fueron proyectadas sobre textos producidos dentro de marcos conceptuales teológicos y jurídicos muy distintos.
II. Derecho internacional, ciencia española y genealogías nacionales
La sesión mostró también cómo esta construcción no puede entenderse al margen del desarrollo de la propia disciplina del derecho internacional en el siglo XIX. Egío recordó que, en España, las cátedras de derecho natural y de gentes habían tenido una trayectoria tardía e interrumpida. Aunque existieron iniciativas en época de Carlos III, fueron suprimidas en 1794 por su posible conexión con las ideas de la Revolución Francesa. Posteriormente, el Plan Pidal de 1845 y la Real Orden de 1883 contribuyeron a consolidar el estudio del derecho internacional público y privado en las facultades de Derecho.
En paralelo, en Hispanoamérica, el derecho de gentes adquirió una importancia temprana como instrumento de defensa de la independencia y de legitimación de los nuevos Estados. La obra de Andrés Bello, así como la creación de cátedras de derecho internacional en el continente americano, mostraban que la disciplina tenía una dimensión política evidente: servía para pensar la soberanía, el reconocimiento y la inserción de las nuevas repúblicas en el orden internacional.
En este escenario, la figura de Vitoria ofrecía a la cultura jurídica española una genealogía poderosa. Hinojosa no inventaba de la nada la conexión entre Vitoria y el derecho de gentes, pues autores como Henry Wheaton ya habían señalado su importancia para la historia del derecho internacional. Pero sí transformaba esa referencia en un relato nacional de gran eficacia simbólica. Vitoria dejaba de ser únicamente un autor escolástico para convertirse en un emblema: la prueba de que España no solo había participado en la expansión imperial moderna, sino que también habría formulado los principios jurídicos capaces de limitarla moralmente.
III. El centenario de 1926 y la institucionalización del relato
Uno de los momentos centrales de la intervención fue el análisis del centenario de 1926, celebrado bajo la dictadura de Primo de Rivera. Aquel aniversario consolidó la lectura de Vitoria como fundador del derecho internacional y la proyectó hacia espacios institucionales, académicos y diplomáticos. La Universidad de Salamanca, los juristas internacionalistas y figuras como James Brown Scott desempeñaron un papel relevante en la difusión internacional de esta interpretación.
Egío mostró que el centenario de 1926 no fue un simple homenaje académico. Fue también una operación de memoria, una ceremonia de legitimación cultural y una forma de insertar a España en los debates internacionales del momento. En un contexto marcado por el colonialismo europeo, los protectorados y las nuevas formas de organización internacional, la reivindicación de Vitoria permitía presentar la tradición imperial española como una empresa civilizadora, tutelar y jurídicamente moderada.
Esta lectura se vinculó con una interpretación muy extendida durante el siglo XX: la idea de que el dominio español en América no habría sido propiamente colonial, sino una forma de tutela orientada a preparar a los pueblos americanos para la vida civilizada y, finalmente, para la independencia. Esta visión, heredera de discursos imperiales y nacionalcatólicos, convirtió a Vitoria en un símbolo particularmente útil: un teólogo católico capaz de ofrecer legitimidad moral a una historia imperial que se quería diferenciar de otros colonialismos europeos.
IV. Vitoria como significante político: República, franquismo y derechos humanos
La conferencia mostró después cómo la figura de Vitoria funcionó durante décadas como un auténtico significante vacío, capaz de ser apropiado por proyectos políticos muy diversos. En los años veinte, podía ser leído como teórico de los protectorados y de la tutela civilizadora. Durante la Segunda República, podía aparecer como precursor de Kant o de la paz perpetua. En otros contextos, incluso podía ser presentado como antecedente de la reforma agraria. Bajo el franquismo, fue incorporado a un relato de restauración católica, tradición hispánica y legitimación orgánica del poder político.
Egío se detuvo especialmente en las ceremonias franquistas de 1946, cuando la figura de Vitoria fue reivindicada como símbolo de la tradición española frente a la Ilustración, el liberalismo y la modernidad secular. La inauguración de bustos, placas y monumentos no era un gesto neutral: formaba parte de una política cultural destinada a presentar al régimen como heredero de una larga tradición católica, jurídica y universalista.
Sin embargo, el relato no permaneció idéntico. En la segunda mitad del siglo XX, y especialmente tras 1945, la figura de Vitoria comenzó a ser reinterpretada en clave de derechos humanos y de organización internacional. El lenguaje cambió: ya no bastaba con presentarlo como fundador del derecho internacional; ahora se le podía convertir en precursor de la ONU o de una concepción universal de la dignidad humana. Esta transformación revelaba la plasticidad del mito. La misma figura podía servir para discursos nacionalcatólicos, internacionalistas, humanitarios o incluso liberales, siempre que se seleccionaran cuidadosamente los fragmentos de su obra y se tradujeran sus conceptos a lenguajes políticos contemporáneos.
V. Conmemoración, investigación y deformación historiográfica
Uno de los ejes más sugerentes del seminario fue la discusión sobre la relación entre conmemoración e investigación. Egío planteó que el problema no reside simplemente en celebrar aniversarios, sino en permitir que las efemérides determinen de forma excesiva las agendas académicas. Cuando un campo de estudio se organiza alrededor de centenarios, las preguntas de largo recorrido tienden a quedar subordinadas a las necesidades de visibilidad pública, financiación institucional y utilidad conmemorativa.
Esta lógica ha tenido consecuencias claras en el estudio de la Escuela de Salamanca. Se han repetido durante décadas ciertos tópicos —Vitoria como padre del derecho internacional, precursor de los derechos humanos o fundador de un orden jurídico universal— mientras han quedado menos atendidos otros aspectos fundamentales: la edición crítica de sus obras, la circulación real de sus textos, la recepción manuscrita e impresa, su actividad docente, sus comentarios teológicos, su relación con la tradición escolástica parisina o la evolución de su pensamiento a lo largo de sus años en Salamanca.
El debate posterior insistió precisamente en esta cuestión. Varios participantes señalaron que la investigación histórica debería aprovechar los centenarios no para repetir viejos relatos, sino para abrir archivos, financiar ediciones, construir bases de datos, estudiar marginalia, reconstruir redes de circulación textual y ampliar el análisis hacia obras y problemas menos visibles. La conmemoración, en ese sentido, podría ser una oportunidad; pero solo si se libera de la obligación de confirmar de antemano la grandeza del objeto conmemorado.
VI. Debate historiográfico: disciplinas, apropiaciones y lecturas críticas
La discusión posterior permitió ampliar varios de los problemas planteados en la conferencia. Una de las primeras cuestiones abordadas fue la dimensión disciplinar de la recuperación de Vitoria. No es lo mismo que lo lea un teólogo, un jurista, un historiador del derecho, un historiador de las ideas o un historiador de América. Cada disciplina selecciona problemas distintos, privilegia fuentes diferentes y proyecta sobre el autor marcos de lectura propios.
Egío reconoció que los historiadores de la teología suelen manejar mejor el lenguaje escolástico y los contextos doctrinales, mientras que ciertos juristas o historiadores del derecho han tendido a leer a Vitoria desde categorías modernas. También se señaló que la historiografía latinoamericanista ha sido a menudo más sensible a las dimensiones coloniales, tutelares y jurisdiccionales de estos textos, mientras que algunos enfoques peninsulares han preferido integrarlos en relatos de continuidad institucional, monarquía compuesta o producción global de conocimiento.
El debate abordó asimismo las apropiaciones políticas de Vitoria. Rodrigo Escribano Roca planteó la posibilidad de rastrear usos ideológicos enfrentados de su figura, desde lecturas conservadoras o nacionalistas hasta apropiaciones liberales e internacionales. Recordó, además, un ejemplo particularmente revelador: la reivindicación de Vitoria por parte de James Mackintosh en el contexto del reconocimiento británico de las independencias hispanoamericanas, donde el teólogo podía ser utilizado para legitimar la emancipación de los pueblos americanos frente a las pretensiones reexpansivas de Fernando VII.
Esta observación permitió situar a Vitoria en un campo geopolítico más amplio. Su figura no fue instrumentalizada solo por España. También pudo ser utilizada por actores británicos, estadounidenses, católicos, protestantes, liberales, republicanos, franquistas o internacionalistas. Precisamente por eso, el estudio de sus conmemoraciones no es una cuestión menor: permite analizar cómo una figura del siglo XVI fue convertida en recurso simbólico para disputas políticas de los siglos XIX, XX y XXI.
VII. Vitoria más allá del mito: el teólogo, el docente, el autor histórico
La parte final del seminario permitió regresar a una pregunta más íntima y más historiográfica: después de desmontar sus usos públicos, ¿quién fue Vitoria? Egío respondió alejándose de la imagen monumental del fundador. Para él, Vitoria fue ante todo un teólogo formado en París, vinculado a una tradición escolástica compleja, probablemente marcado por su origen judeoconverso y por los debates doctrinales de su tiempo. Fue también un docente de enorme importancia, cuya actividad ordinaria no se reduce a las famosas relecciones, sino que debe buscarse en sus comentarios, cursos, manuscritos y materiales de enseñanza.
Esta perspectiva permite ver un Vitoria mucho más histórico y mucho menos mítico. No un autor que aterriza en Salamanca para fundar de una vez por todas el derecho internacional, sino un maestro inserto en disputas teológicas, universitarias e institucionales. Sus posiciones sobre la fe, la infidelidad, la ignorancia invencible, la ley antigua, la evangelización o la potestad espiritual deben leerse dentro de ese universo doctrinal, no como anticipaciones directas de categorías contemporáneas.
Egío insistió, además, en que la propia Escuela de Salamanca no puede entenderse como una cadena armoniosa de discípulos que repiten la doctrina del maestro. Hubo tensiones, críticas y desplazamientos internos. Melchor Cano, por ejemplo, no puede ser leído simplemente como continuador dócil de Vitoria. Las disputas teológicas, los problemas de censura, la circulación manuscrita de los textos y los cambios introducidos en las ediciones posteriores muestran un campo intelectual mucho más conflictivo de lo que sugieren las narrativas conmemorativas.
Conclusión: contra la celebración automática
El Seminario Cambios V puso de relieve que la Escuela de Salamanca sigue siendo un objeto historiográfico fundamental, pero también un campo profundamente atravesado por usos políticos, institucionales y memoriales. La figura de Francisco de Vitoria ha sido convertida sucesivamente en fundador del derecho internacional, padre de los derechos humanos, precursor de la ONU, defensor de los pueblos indígenas, legitimador de la empresa imperial española o símbolo de la tradición católica nacional. Esa plasticidad explica su éxito, pero también exige una vigilancia crítica constante.
La sesión no propuso abandonar el estudio de Vitoria ni negar la importancia histórica de la Escuela de Salamanca. Al contrario, defendió la necesidad de estudiarlos mejor: con más archivo, mejores ediciones, mayor atención a la teología, a la filología, a la circulación textual, a los contextos de recepción y a las disputas internas de la escolástica. Frente a la conmemoración automática, el seminario reivindicó una investigación capaz de preguntarse no solo qué celebramos, sino por qué lo celebramos, quién financia esa celebración, qué relatos reproduce y qué zonas de sombra deja fuera.
En este sentido, la quinta sesión del Seminario Cambios ofreció una reflexión especialmente pertinente para el presente. En un momento en que los legados imperiales, las genealogías del derecho internacional y las memorias de la modernidad europea vuelven a ocupar el centro del debate público, el caso de la Escuela de Salamanca muestra hasta qué punto el pasado intelectual puede convertirse en un instrumento de legitimación. Pero también muestra que la historia, cuando se practica críticamente, permite desmontar esos usos heredados y abrir preguntas nuevas sobre los vínculos entre conocimiento, poder, memoria y conmemoración.
