Poner la mirada en las articulaciones

04/04/2022 – Patricia García-Espín (UGR)

Cuando analizamos la participación en entidades asociativas, en movimientos sociales o, incluso, en instituciones de tipo municipal solemos poner el foco en las dimensiones de la cultura política, en el diseño organizativo o en la desigualdad de recursos entre los agentes que toman parte.

Desde el primer enfoque, la implicación se entiende a partir de los significados culturales que los sujetos comparten o disputan. Nos referimos a los rasgos de su identidad, sus conflictos, los discursos que movilizan en torno a una causa, las motivaciones, sentimientos o actitudes hacia los hechos políticos. Esta aproximación se concentra en la cultura política, en lo simbólico y lo discursivo. Podríamos ejemplificarla a través de los estudios de los marcos de injusticia de Gamson (1992) y su relación con el papel de la prensa, la cultura popular o la experiencia personal cotidiana.

Desde el segundo enfoque centrado en la cuestión organizativa, la implicación se aborda a partir del entramado de órganos, estructuras, relaciones formales e informales y prácticas deliberativas entre los miembros de un colectivo. Por ejemplo, Paul Lichterman (1998) en “What do movements mean?” examina lo que se entiende por democracia en distintos grupos. Mientras que para unos se trata de estructuras jerarquizadas con prácticas de debate y acuerdos sobre unos objetivos comunes, en otros casos se prioriza el trabajo asambleario y horizontal. Algo similar nos muestra Francesca Polletta en Fredom is an endless meeting. La observación minuciosa de las prácticas organizativas revela aspectos de la actividad sociopolítica que los discursos no necesariamente expresan.

Un tercer enfoque es el que prioriza el análisis de los recursos para la movilización. Se entiende así que las organizaciones y los espacios participativos demandan una serie de recursos sociopolíticos que permiten a algunas personas prosperar con mayor facilidad; también generan bienes colectivos que son socializados. Podríamos pensar aquí en la obra clásica de Verba, Schlozman y Brady (Voice & Equality, 1995) y su modelo del voluntarismo cívico que nos recuerda la existencia de algunos bienes especiales -y distribuidos desigualmente – como el dinero, el tiempo libre, el interés político o los contactos, que predisponen en mayor o menor grado al involucramiento.

Estas tres perspectivas ofrecen marcos teóricos generales para entender la participación sociopolítica en sus modalidades no electorales, es decir, aquellas con una estructura de costes exigente. Sin embargo, el campo de la investigación no acaba ahí y es plausible pensar en otros modelos adicionales. Me refiero aquí concretamente al enfoque de las articulaciones que desarrollo con más detalle en el libro “Las articulaciones de la participación” (2021).

El concepto

El concepto de articulación hace referencia a los vínculos, ligaduras o lazos de la implicación sociopolítica con otras regiones de la vida social, particularmente el trabajo, el hogar y el ocio. Esta noción no es completamente nueva (de hecho, ocupa un lugar destacado en el modelo del voluntarismo cívico), pero subraya una dimensión poco explorada a pesar de su trascendencia. Implica poner la mirada sobre esos intersticios que vinculan la actividad sociopolítica con esos “otros lugares” vitales a los que dedicamos buena parte de la jornada.

La idea de articulación tiene orígenes antiguos. Podríamos decir que Alexis de Tocqueville en su Democracia en América (1835) hace una clara apuesta por entender esas articulaciones, sobre todo entre la institucionalidad política y la vida económica. El autor se preguntaba, por ejemplo “¿Cómo afecta la modalidad de gobierno a los salarios, a la vivienda o la igualdad entre hombres y mujeres?”, girando su atención hacia esos cruces de lo político con otras instancias vitales.

Pero es claramente el marxismo de los años setenta en adelante el que pone la bombilla sobre el concepto de articulación (Poulatzas, 1972; Therborn, 2015). Stuart Hall (1996), por ejemplo, la define como una “una metáfora usada para indicar las relaciones de vinculación y efectividad entre diferentes niveles”. También como el conjunto de “mecanismos” que conectan instancias sociales formando una unidad compleja. Esta puede ser representada como un “vehículo articulado” cuyas piezas de inserción conviene examinar. Así, esta herramienta conceptual es valiosa si queremos abordar el amarre de la acción participativa con “las condiciones materiales de existencia”, con la producción y reproducción de la vida, si bien las formas de amarre no son sencillas, ni evidentes a priori.

El feminismo también ha desarrollado esta noción al estudiar cómo la implicación política se compatibiliza con las responsabilidades domésticas, en lo que Marina Sagastizabal (2019) ha denominado “la triple presencia” de las mujeres. Las articulaciones son entendidas aquí cómo la posibilidad de compaginar (o no) la carga doméstica con una vida política activa. Engloban estrategias de conciliación, compartir la tarea con otros familiares (sobre todo mujeres), la organización minuciosa del horario y las tareas, la autodisciplina en su realización, la resistencia ante la fatiga… Estrategias de articulación casi siempre difíciles.

Finalmente, Bourdieu (1981) y su teoría de la dominación política también ayuda a perfilar ese modelo de análisis concentrado en las articulaciones. Para este autor, los capitales (bienes especiales asociados a un campo) viajan y circulan entre espacios de acción diferentes. A modo de ilustración, las competencias, saberes o contactos que se adquieren en el mundo de los negocios pueden usarse con enorme rentabilidad en lo político. Esas competencias y recursos viajan, modificándose por el camino y adaptándose a las reglas del nuevo escenario. Bourdieu aporta una visión de las articulaciones como proceso de circulación de competencias entre unos espacios sociales y otros.

Encajes cotidianos e históricos

Al final, estas herramientas teóricas nos llevan a pensar la implicación sociopolítica como ese “vehículo articulado” de Hall, que debe encajar de alguna manera con el trabajo retribuido, la carga doméstica y el ocio. Pero esos encajes tienen dos características: a) se dan en el día a día, en nuestras prácticas cotidianas y b) son radicalmente históricos, varían según la época. En este sentido, cabe hacer algunas consideraciones sobre las articulaciones actuales.

Primero, en cuanto al trabajo retribuido, no debemos olvidar que ocupa entre 7,7 y 6,7 horas de media entre las personas adultas en situación de empleo,[1] es decir, alrededor de un tercio de la jornada (de lunes a viernes) y con un creciente peso de los desplazamientos. ¿Cómo se conecta, entonces, con la implicación? Pues bien, al menos en el caso de la participación comunitaria de tipo institucional que yo he observado con especial atención, vemos el gran valor que se otorga a las competencias de tipo profesional, técnico y/o burocrático asociadas a oficios con elevada certificación escolar (por ej.: la abogacía). Esas habilidades tienden a viajar al escenario participativo deparando posiciones dominantes. Otra observación es el mejor encaje de la implicación con trabajos de horario flexible y gestionados con autonomía. Estos vínculos nos alertan sobre la dificultad de tomar parte cuando se tienen horarios extensos, inflexibles y en oficios actualmente menos prestigiados.

Segundo, aunque numerosos estudios ponen de relieve el problema de conciliar los cuidados y una participación sociopolítica activa, también identificamos estrategias y propuestas que desmienten que esa tensión sea inevitable. En el caso estudiado de los concejos abiertos alaveses, por ejemplo, se exponía la necesidad de servicios de atención a la dependencia flexibles y fiables que permitieran liberar tiempo a las personas con esas responsabilidades. Pensemos, por ejemplo, en la creación de una red flexible de profesionales de cuidados, a la que pudiera acudirse para actividades de participación. ¿Por qué no podría existir ese servicio de manera profesionalizada, con garantías y acreditado por las instituciones públicas?

Menos problemática es, finalmente, la articulación con el tiempo de ocio. De hecho, de manera recurrente observamos que participar da lugar a relaciones amistosas, vínculos de confianza, de apoyo mutuo y contactos sociales. También produce otras actividades de ocio adicionales (pensemos, por ejemplo, en la asociación de vecinos/as que consigue que el Ayuntamiento habilite un parque infantil o que se mantenga un festejo barrial). Los efectos relacionales y de ocio que resultan de la implicación están adquiriendo creciente importancia, especialmente en el marco de unas sociedades que se perciben solitarias tanto en las ciudades como en el medio rural.

En suma, cuando pensamos los fenómenos participativos conviene no solo analizarlos desde la cultura política, las formas organizativas o los recursos para la acción, sino que también es provechoso poner la mirada en esos intersticios que unen la implicación con la vida laboral, doméstica y el recreo.

Bibliografía

Bourdieu, Pierre. «La représentation politique.» Actes de la recherche en sciences sociales 36.1 (1981): 3-24.

Gamson, William A., et al. Talking politics. Cambridge university press, 1992.

García-Espín, Patricia. Las articulaciones de la participación: Una etnografía de la democracia directa en concejos abiertos. Vol. 324. CIS-Centro de Investigaciones Sociológicas, 2021.

Hall, Stuart. “Race, Articulation, and Societies Structured”. En: Baker, Houston A. et al. (1996). Black British cultural studies: A reader. Chicago: University of Chicago Press.

Lichterman, Paul. «What do movements mean? The value of participant-observation.» Qualitative Sociology 21.4 (1998): 401-418.

Poulantzas, Nicos. Poder político y clases sociales en el Estado capitalista. Siglo xxi, 1972.

Sagastizabal, Marina. «La triple presencia. Un acercamiento a la participación sociopolítica desde una perspectiva feminista.» Política y Sociedad 56.3 (2019): 779.

Therborn, Goran. La ideología del poder y el poder de la ideología. Siglo XXI (Sociologia y política), 2015.

Tocqueville, Alexis de. La democracia en América. Fondo de Cultura Económica, 2020 [1835].

Verba, Sidney, Kay Lehman Schlozman, and Henry E. Brady. Voice and equality: Civic voluntarism in American politics. Harvard University Press, 1995.

Fuente foto: Juan Ramón, Flickr 19/07/2013



[1] Hombres y mujeres, respectivamente. Datos del INE, Encuesta de Población Activa 2020.

Actividad GESP Seminario de Invierno

Día 2 de Marzo a las 10:00 h. Sesión online a través de Microsoft Teams y presencial en la Sala de Profesorado – Tercera Planta de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM en el Campus de Somosaguas s/n. Madrid

10:00-10:15 Presentación del Seminario y de las y los asistentes

Seminario presentación conferencias de nuevas incorporaciones al GESP
10:15 -10:30 Damián Herrera Cuesta, Doctor en Sociología, Profesor-Tutor UNED
«Trayectoria e intereses de investigación. De la educación a la política, y viceversa”.
Presentación PPT.
10:30-10:40 Comentarista Prof. Olga Gil, UCM
10:40-10:50 Ronda de preguntas

11:00-11:20 Alice Martini. Juan de la Cierva Research Fellow UNED
Del terrorismo al extremismo: las políticas de prevención del extremismo violento en
Europa. Alice Martini y Laura Fernández de Monteserín: «Del terrorismo al extremismo: las políticas
de prevención del extremismo violento en Europa”, en CIDOB 128 https://www.cidob.org/ca/
articulos/revista_cidob_d_afers_internacionals/128/del_terrorismo_al_extremismo_las_politicas_de_prevencion_del_extremismo_violento_en_europa
11:20 -11:30 Comentario de Prof. Almudena Cabezas Gonzalez. UCM
11:30 -11:40 Debate
11:40-12:00 Descanso

12:00 – 12:20 Raquel Ajates: Investigadora Postdoctoral en Sociología II, UNED
«El reto de la digitalización de semillas: sostenibilidad, big data y el movimiento social por
sistemas de semillas de código abierto¨
12:20 -12:30 Comentario de Prof. Carmen Lozano, UNED.
12:30-12:40 Debate
12:45 – 12:55 Descanso

13:00 -14:00 Seminario Interno GESP

Comunidades cívicas y polarización en tiempo de pandemia

Foto de Rodrigo Jiménez, Agencia EFE.

25/02/2022 – Rubén Díez García (UCM)

Este texto resume el capítulo «Cultura cívica y polarización en tiempo de pandemia: complementariedad y lances de dos comunidades cívicas«, publicado en Sociología en tiempos de pandemia. Impactos y desafíos sociales de la crisis del COVID-19, Olga Salido y Matilde Massó, (ed.).

La pandemia de la COVID-19 en España ha transcurrido en un contexto de intensa disputa política y polarización a nivel formal o institucional, que se ha extendido a la esfera cotidiana, ―o afectiva―, a través de una creciente politización de la vida social. Estas hostilidades políticas no se circunscriben al caso español y guardan una relación estrecha con conflictos en torno a la identidad que vienen aquejando a numerosas sociedades democráticas en las últimas décadas. Un aspecto inquietante es que España se sitúa hoy entre los países con una mayor polarización afectiva.

Sobre la base del estudio piloto CiudCovid2020 realizado en la primavera de 2020 me aproximé al papel de la ciudadanía y de la sociedad civil trazando una breve reflexión en torno al concepto de cultura cívica durante la pandemia. En el trabajo que resumo con este texto, abordo los factores subyacentes que conformaron dos formas complementarias de entender este tipo de conciencia cívica durante los momentos más duros de confinamiento y del estado de alarma. La hipótesis central es que las dos dimensiones de este sistema de valores cristalizan en dos tipos ideales de comunidad cívica que, aún diferentes, son complementarias y mantienen rasgos en común, tal y como la ciudadanía puso de manifiesto esos meses a través de pautas de acción y formas de conducta que acentuaban su responsabilidad, solidaridad, y reconocimiento social hacia el personal sanitario y fuerzas de orden público.

Asimismo, sugiero que algunos de los rasgos o atributos que permiten delimitar ambos tipos ideales de comunidad cívica hunden sus raíces en la evolución de redes de colectivos y organizaciones de la sociedad civil y de los movimientos sociales en España. La presencia y visibilidad de ambas comunidades a lo largo del tiempo informa sobre los consensos y controversias públicas de mayor relevancia en nuestro país, y son la muestra de que, dentro del marco de las sociedades democráticas, la tensión entre organización social y cambio se puede equilibrar gracias al potencial de un sistema compartido de valores y creencias de carácter civil.

En nuestro país existen notorios acontecimientos que desde la transición política han dado lugar a la emergencia de discursos rivales en torno a frecuentes controversias y debates públicos, consustanciales a toda democracia. En ocasiones surgen episodios con tendencia a generar un amplio consenso, en relación con su alcance y significado, para luego entrar en una lógica conflictual:  la aprobación del pacto constitucional o el rechazo al golpe de estado de 1981, los sentimientos de indignación y desprecio a que dieron lugar a mediados de los 90 los asesinatos de ETA, el terrorismo yihadista, o la corrupción y la connivencia entre políticos y grupos plutocráticos, en 2011.

En otros momentos se suscitan controversias que dan lugar a discursos rivales en torno al acontecimiento o situación que las motiva. En ambos casos se visibilizan conflictos que afectan a diferentes y múltiples esferas de la vida social y política, como muestran, sin ánimo de ser exhaustivo, los debates públicos en torno a las negociaciones entre el gobierno y ETA, y la autoría de los atentados de Atocha en 2004, o el proceso de independencia en Cataluña. También sobre cuestiones tan dispares como la relación entre hombres y mujeres, las políticas de género, y la identidad sexual; la forma de entender la familia y la crianza; la educación y la lengua a emplear en determinados contextos; nuestra relación con el medio ambiente y especies animales, o la forma de alimentarnos y nuestros estilos de vida. Esta última cuestión ha cobrado relevancia durante la pandemia dado que los estilos de vida inciden directamente sobre los contagios.

Estos conflictos no impiden que en momentos de fuerte incertidumbre y amenaza a la vida democrática y la cotidianidad, surjan acciones de expresión colectiva que permiten a una extensa pluralidad de individuos identificarse con su comunidad política. Estas formas de expresión revelan la existencia de circunstancias que motivan una definición colectiva de la situación compartida por una multiplicidad de actores. En estos casos la ciudadanía se reconoce parte de una misma comunidad y subordina sus intereses materiales e ideales en formas rituales de expresión colectiva, que se traducen en movilizaciones u ostensibles ejercicios democráticos de participación, ―de carácter transversal―. La relevancia de estos acontecimientos no solo marca biográfica y generacionalmente a la ciudadanía por su relación con los procesos de modernización, guarda también relación con el desarrollo de un sistema de creencias y valores democráticos o cívicos.

Estas dinámicas son promovidas y visibilizadas por grupos intermedios de la sociedad civil que actúan como agencias de reflexividad social al introducir controversias públicas y persuadir a la ciudadanía sobre un determinado estado de cosas. En el marco de este sistema de valores los cambios, por un lado, presentan resistencias, dado que en tales conflictos emergen aspectos emocionales vinculados a las identidades de las personas. Por otro lado, las situaciones que dan lugar a una definición de la situación ampliamente compartida por una pluralidad de actores son escasas, ya que frecuentemente emergen intereses particulares y contrapuestos que se manifiestan en la difusión de discursos rivales en torno a las causas y las acciones a desarrollar para enfrentarlas. Un proceso análogo parece haber tenido lugar durante la pandemia.

Los resultados del estudio sugieren que durante la pandemia han coexistido dos comunidades cívicas, que ya venían jugando un papel protagonista en el desarrollo de la cultura cívica en España. La aplicación del análisis factorial a los datos de encuesta muestra la existencia de dos dimensiones de la cultura cívica: una de carácter normativo, orientada hacia el individuo y el pluralismo, otra de carácter comunitario, centrada en la participación y la solidaridad. Éstas entroncan con dos redes o nodos de la sociedad civil y movimientos sociales que han venido cohabitando y protagonizando importantes conflictos desde la transición. Sin embargo, sus fundamentos son complementarios, y esenciales en la defensa y mantenimiento del orden democrático, la incorporación civil y el cambio.

El primer factor destaca tres rasgos clave en la delimitación de un sistema de valores e institucional de carácter cívico: i) cumplimiento de leyes y normas, ii) respeto hacia las ideas de otras personas con ideas diferentes, y iii) responsabilidad como criterio o guía de acción del ciudadano. Estos rasgos informan de una dimensión que defino como cívico-normativa, que se orienta hacia una forma de conciencia cívica centrada en el individuo como sujeto de derechos y deberes, en la autonomía personal y el pluralismo garantizados por la existencia de marcos normativos estables. Adicionalmente, en consonancia con una perspectiva que pone el acento en los aspectos formales de la democracia, en esta dimensión adquiere presencia un cuarto rasgo, el ejercicio del voto.

El segundo factor, por otro lado, enfatiza tres rasgos esenciales de la cultura cívica, ―para la expresión de la solidaridad civil: i) una ciudadanía activa consciente de la importancia de participar en grupos de la sociedad civil, ii) la solidaridad para con aquellas personas en una peor situación, y iii) el voto como expresión de la voluntad ciudadana. Estos rasgos informan de una dimensión que defino como cívico-comunitaria, que se orienta hacia una forma de conciencia cívica centrada en la participación, y la incorporación civil de nuevos colectivos. En consonancia con una perspectiva que se orienta hacia la comunidad y la implicación de la ciudadanía en los asuntos que la atañen, en esta dimensión asoma un cuarto rasgo: la responsabilidad personal para con la conformación de la propia vida en comunidad.

En definitiva, tenemos, por un lado, una dimensión comunitarista, —o rousseauniana—, que informa de la democracia como principio de legitimidad, que apela a la expresión de la voluntad ciudadana, y sobre la que ha gravitado el segundo nodo de redes activistas, colectivos y organizaciones de los movimientos de carácter alternativo y por la justicia social. Por otro, la dimensión democrática, —de carácter montesquiano—, que apela al imperio de la ley, al estado de derecho como garantía de la igualdad y de las libertades, que cristaliza en las redes y entidades cívico-constitucionalistas.

En el contexto de las primeras semanas de confinamiento la ciudadanía y la sociedad civil exhibieron la complementariedad y equilibrio de ambas comunidades en su compromiso y sentido de pertenencia para con la comunidad política frente al virus. Lo hicieron a través de su actitud responsable en el seguimiento de normas e indicaciones de movilidad y salud pública, la organización de redes y acciones de solidaridad, y los multitudinarios aplausos que tuvieron lugar. Por ejemplo, las puntuaciones más altas de la dimensión cívico-comunitaria se vinculan a personas solidarias que participaron en el aplauso sanitario, sin menoscabo de que estas personas también presentaran puntuaciones positivas en la dimensión cívico-normativa, si las comparamos con aquellas que no participaron en los aplausos.

Diferencias en las dimensiones cívico-normativa y cívico-comunitaria

Fuente: Encuesta piloto CiudCovid2020. Elaborado por Andreina Pérez Alfaro

Asimismo, ambas dimensiones presentan puntuaciones más altas, y equivalentes, entre aquellas personas que afirmaron seguir las normas, respecto a las que indicaron no hacerlo, con puntuaciones significativamente negativas. El desarrollo de los acontecimientos evidenció, no obstante, el conflicto hacia el que derivaría la situación en un contexto ya de por sí polarizado. Esto se visibilizó a primeros de mayo cuando en el madrileño barrio de Núñez de Balboa los vecinos comenzaron a celebrar caceroladas y protestas que rápidamente se extendieron a otros barrios y ciudades. Las personas que participaron en ellas muestran puntuaciones muy altas en la dimensión cívico-normativa, tornándose negativas en la cívico-comunitaria.

Esta brecha guarda relación con dos interpretaciones enfrentadas sobre el origen de las caceroladas. Por un lado, la que subrayaban sus promotores, y motivó las protestas, que atribuían la responsabilidad al gobierno central en la gestión de la pandemia y sus graves consecuencias, por ejemplo, en lo relativo a su falta de previsión y tardía reacción, las estrictas medidas de confinamiento y el estado de alarma, que supuso de facto una supresión de derechos individuales, y el procedimiento para sancionarlo legalmente. Por otro, la que describía a sus promotores como desleales con el gobierno y/o personas individualistas e insolidarias centradas únicamente en sus intereses económicos y políticos, atribuyéndoles la responsabilidad en un posible incremento en los contagios.  Sucesivamente, transcurrido el verano, colectivos y asociaciones vecinales convocaban protestas en contra de las restricciones a la movilidad establecidas por el gobierno de la Comunidad de Madrid en zonas de salud con altos índices de contagio. Estos colectivos vecinales, que calificaban como irresponsables e insolidarios a los promotores de las caceroladas en mayo, se movilizaban en septiembre contra las medidas del gobierno regional por considerarlas arbitrarias y segregacionistas, ya que éstas se concentraban en barrios populares.

¿Desigualdades en el siglo XXI? “The Times They Are Changing”

31/01/2022 – Marisa Revilla (UCM)

Este siglo XXI que es aún muy joven tiene ya varias características que le otorgan personalidad: ha sido definido como el siglo de las mujeres, se plantea probablemente como el siglo de China, claramente tendremos que “hacer algo” con el cambio climático y, desde hace dos años, la década de los veinte nos viene enseñando que nada es más cierto en esta sociedad global que la incertidumbre, que toda planificación salta en pedazos ante los efectos de lo inesperado, como esta pandemia que, según dicen, puede ser la primera de las que vendrán. En estos días, pareciera que volvemos a las décadas de los 50, 60, 70 del siglo XX, reviviendo la confrontación de bloques y la escalada de un conflicto iniciado por Rusia en Ucrania. Salvo que ahora no se trata de bloques, por más que se intente evocar la Guerra Fría, ahora se trata más bien del progreso del autoritarismo en el mundo.

El siglo XX fue un siglo de grandes temas para el desarrollo de la sociología política: fue el siglo en el que el Estado nación se convirtió en la forma de organización política universal, en el que se terminó de forjar una organización mundial de Estados soberanos. Se desarrolló la globalización del capitalismo. La democratización pasó por olas y por transiciones a la democracia que actuaban de modo interrelacionado en contextos regionales: el sur de Europa, América Latina, Europa del Este… Todo ello, con el impulso de la movilización de distintos grupos sociales, contribuyó a la ampliación y redefinición de la ciudadanía, a nuevos procesos de inclusión social alimentados por la lucha contra la desigualdad. Todo ello nos permitía distinguir las fracturas sociales que, de modo intersectorial e integrado, establecen distintos destinos sociales para las personas y establecer políticas que supusieran avances en la igualdad. Este sigue siendo hoy el discurso, este sigue siendo aparentemente el objetivo, pero ¿es realista pensar en el siglo XXI como el siglo en que seguiremos avanzando en la lucha contra todas las desigualdades? ¿sigue siendo un objetivo social en el tiempo del individualismo exacerbado y de una supuesta ausencia de fronteras y límites por el espacio virtual? ¿no será que estamos pensando este tiempo con claves de un tiempo pasado?

En este siglo ya hemos pasado por dos crisis: la financiera desde 2008 y la pandémica desde 2019. Aunque tienen causas, efectos y alcances distintos, han tenido un mismo resultado: el aumento de las desigualdades. El informe de 2022 del World Inequality Report revela algunos datos que debemos tener en cuenta:

  • En relación con la distribución del ingreso entre la población mundial: el 10% más rico recibe el 52% del ingreso mundial. El 50% más pobre recibe el 8,2%. El primer grupo tiene un ingreso medio de 87.200 € por año, mientras que, en el segundo, el ingreso medio es de 2.800€ en el mismo periodo.
  • El nivel de ingresos medios nacionales es un mal indicador de la desigualdad porque algunos países de ingresos altos son muy desiguales en su distribución interior, como Estados Unidos, y otros son más iguales, en este caso nombran a Suecia. De la misma forma ocurre con países de ingresos medios o bajos.
  • Respecto de la distribución de la riqueza, si el 10% más rico de la población mundial acumula el 76% de toda la riqueza, el 50% más pobre solo posee el 2%.
  • La tendencia analizada para las dos últimas décadas indica que, a la vez que están aumentando las desigualdades en el interior de los países, están disminuyendo las desigualdades globales entre países.
  • Regionalmente, MENA (Medio Oriente y Norte de África) es la más desigual del mundo, seguida muy de cerca por América Latina: en la primera, el 10% más rico capta el 58% del ingreso; en la segunda, el 55%. En el caso de Europa, la región menos desigual, capta el 38% del ingreso.
  • Señalan un elemento de comparación histórica muy relevante: “Las desigualdades globales contemporáneas se acercan a los niveles de principios del siglo XX, en la cúspide del imperialismo occidental”.
  • Las desigualdades en el reparto de la riqueza también han aumentado en la parte más alta de la distribución: desde 1995, la participación en la riqueza mundial del 0,01% más rico ha aumentado desde el 7% al 11%. La pandemia provocada por la COVID, especialmente en 2020, ha exacerbado la concentración de la riqueza de los multimillonarios.

Estos datos se corroboran en otros informes, tanto regionales como mundiales. El recientemente publicado informe de OXFAM, Las desigualdades matan, indica que mientras que los ingresos del 99% de la humanidad se habrían deteriorado a causa de la pandemia, los 10 hombres más ricos del mundo habrían duplicado su riqueza. Analizan como violencia económica el hecho de que estén aumentando las desigualdades económicas, raciales y de género porque “las decisiones políticas a nivel estructural están diseñadas para favorecer a los más ricos y poderosos”.

La siguiente cita textual del World Inequality Report 2022 nos puede ayudar a entender la definición que hace OXFAM de la situación:

Las naciones se han vuelto más ricas, mientras que los gobiernos se han vuelto más pobres. Durante los últimos 40 años, los países se han vuelto significativamente más ricos, pero sus gobiernos se han vuelto significativamente más pobres. La participación de la riqueza en manos de los actores públicos es cercana a cero o negativa en los países ricos, lo que significa que la totalidad de la riqueza está en manos privadas. Esta tendencia se ha visto magnificada por la crisis del COVID, durante la cual los gobiernos tomaron prestado el equivalente al 10-20% del PIB, esencialmente del sector privado. La escasa riqueza actual de los gobiernos tiene importantes implicaciones para las capacidades estatales de abordar la desigualdad en el futuro, así como los desafíos clave del siglo XXI como el cambio climático (resaltado añadido).

Ambos informes, como tantos otros, establecen las medidas, las políticas, las transformaciones que se requieren para revertir la situación y eso solo se puede entender porque seguimos considerando que la lucha contra la desigualdad es una prioridad, un objetivo común. Pero ¿es realmente así? ¿nos permiten estos análisis, la situación descrita de la evolución de la riqueza y el ingreso en el mundo, pensar que estamos en condiciones de disminuir la desigualdad socioeconómica, racial y de género? Me parece que indican que los tiempos han cambiado y no hemos quedado pensándolos con claves del siglo XX. Si realmente queremos hacer de la lucha contra las desigualdades una prioridad global, tenemos que revertir estas tendencias. Desde la sociología política, hoy en día, al menos en España, un tanto abandonada –el análisis de esta situación desde luego supera con mucho el espacio y el objetivo de este post, pero es necesario–, tenemos todas las herramientas teóricas y analíticas necesarias para aportar un mayor conocimiento de esta realidad. Desde estas líneas abogo por retomar, revisar, renovar y revitalizar los estudios sobre el Estado, la globalización, la ciudadanía, los sistemas políticos, la calidad de la democracia, etc. porque son temas que inciden directamente en las desigualdades de género, racial y socioeconómica.