Feminismos en las nuevas derechas: activismo y subjetividades incómodas

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06/04/2026 – Antonio Álvarez-Benavides, Universidad Nacional de Educación a Distancia

El pasado 23 de marzo, Melina Vázquez y Carolina Spataro participaron en nuestro seminario de investigación para presentar su libro Sin padre, sin marido y sin Estado (Siglo Veintiuno) y el monográfico ¿Qué hacen las mujeres en las nuevas derechas? (revista Ensambles). A partir de estos trabajos discutimos sobre un tema tan incómodo como relevante: la emergencia de feminismos dentro del espacio ideológico de las nuevas derechas.

Hablar de feminismos en las derechas sigue siendo, en muchos sentidos, problemático. No solo porque suscita irremediablemente la aparente contradicción entre ambos términos, sino porque nos obliga a cuestionar algunos de los supuestos más asentados en el campo académico y político de los movimientos sociales: que el feminismo es necesariamente progresista, que se articula en torno a demandas colectivas y problemas estructurales y que se opone sistémicamente al neoliberalismo.

Sin embargo, en los últimos años se ha ido consolidando una línea de investigación que invita a tomarse en serio este fenómeno. El planteamiento no consiste tanto en discutir si estas posiciones son o no son feminismo —más allá de la innegable pertinencia del debate—, sino en analizar cómo se producen, cómo se viven y cómo se justifican estas prácticas activistas que las propias implicadas describen como feministas. Es decir, en comprenderlas como formas de subjetividad política y no como anomalías o simples contradicciones.

Desde esta perspectiva, una de las claves metodológicas fundamentales que plantean estos trabajos es evitar una lectura normativa o externa y tratar de entender estos posicionamientos en sus propios términos. Esto resulta especialmente relevante cuando el objeto de estudio genera incomodidad o rechazo. En el fondo, se trata de un problema clásico de la sociología política: cómo analizar sujetos y movimientos ideológicamente distantes sin reducirlos a error, ignorancia o falsa conciencia. En esta línea se inscriben trabajos como los de Arlie Hochschild sobre el Tea Party o Kathleen Blee sobre el Ku Klux Klan, que apuestan por comprender antes que juzgar. Esta incomodidad no es solo teórica o metodológica, sino también situada. El acceso al campo está atravesado por relaciones de género, de posición académica y de identificación política. Ser mujer y ser leída como “zurda” introduce una tensión específica en la investigación, que atraviesa también a las propias participantes. Al mismo tiempo, surgen reparos deontológicos, internos y externos, al tratarse de un objeto de estudio que muchas veces se niega o se desestima. De ahí que emerjan preguntas que las propias autoras se plantean: ¿existen realmente estas mujeres?, ¿tiene sentido estudiarlas?, ¿no es darles visibilidad?

Más allá de estas incomodidades, uno de los elementos más interesantes que muestran estos trabajos es que no estamos ante sujetos pasivos, sino ante formas activas de militancia. Estas mujeres organizan grupos de lectura, encuentros y redes, producen documentos y participan en espacios digitales. Hay, por tanto, una creatividad social y una producción activa de sentido que no puede reducirse a una simple adhesión ideológica. Esto se expresa con especial claridad en sus consignas, que condensan de forma muy eficaz su marco interpretativo: “La primera propiedad es el cuerpo”, “Al violador bala”. En ellas se articulan feminismo, liberalismo y punitivismo de manera directa. No se trata de discursos improvisados, sino de elaboraciones que combinan referencias al empoderamiento individual con una fuerte dimensión securitaria. En este sentido, el activismo no puede entenderse únicamente como expresión de ideas, sino como resultado de prácticas, intercambios, formas de sociabilidad y construcción de marcos de sentido compartidos.

Aquí emerge una de las paradojas más sugerentes. Estas mujeres rechazan, desde un individualismo de corte randiano, el colectivismo representado en el feminismo de las “zurdas”, pero al mismo tiempo se organizan, crean redes y generan espacios de encuentro. No hay, por tanto, una ausencia de lo colectivo, sino una redefinición, al tratarse de formas de comunidad menos vinculadas a identidades políticas estables y más articuladas en torno a afinidades, redes, experiencias y acciones compartidas. Algo que no es exclusivo de este espacio, sino que remite a transformaciones más amplias de la acción colectiva en contextos de individualización avanzada.

El núcleo ideológico más consistente de este espacio liberal-libertario es, sin duda, la meritocracia. En consonancia con el antifeminismo de otras derechas radicales, en sus discursos aparecen críticas recurrentes a las cuotas, el rechazo de la victimización y la valorización del esfuerzo y el sacrificio individual. Se admira a quienes “llegan por mérito propio” y se cuestiona a quienes acceden a posiciones de poder a través de vínculos, imagen o mecanismos de discriminación positiva. Se configura así una subjetividad claramente neoliberal, basada en la autonomía, la responsabilidad y la competencia. El mercado se concibe como un espacio privilegiado de emancipación, lo que se traduce en la defensa de la educación financiera como vía de igualdad.

Estas ideas están en consonancia con procesos más amplios de individualización, como los descritos por Beck o Giddens, donde los sujetos están obligados a construirse a sí mismos en contextos de riesgo e incertidumbre. En este marco, la precariedad deja de ser solo una condición material y pasa a funcionar como una forma de gobierno —en el sentido que propone Isabell Lorey— que produce sujetos obligados a autogestionar su propia vida. Así, la meritocracia no sería solo una ideología, sino una forma de subjetivación: una manera de interpretarse a sí mismas, de explicar sus trayectorias y de dar sentido a sus posiciones. En este sentido, el sujeto neoliberal se concibe como un “empresario de sí mismo”, algo que aparece con claridad en estos discursos.

Igualmente central es la dimensión afectiva. El neoliberalismo no solo produce sujetos racionales y autosuficientes, sino también emocionalmente autorregulados. Frustraciones, desigualdades o problemas estructurales tienden a reinterpretarse en clave individual, vinculados al esfuerzo, la actitud o la responsabilidad personal, como también han señalado autoras como Rosalind Gill o Eva Illouz.

Otro elemento clave a la hora de analizar sus discursos y su acción colectiva es la dimensión generacional. Muchas de estas mujeres no llegan a estos espacios desde fuera del feminismo. Al contrario, se han socializado en contextos profundamente atravesados por él, han recibido educación sexual integral, han participado en los debates sobre el aborto, se han sumado a movilizaciones en favor de este derecho y han portado símbolos como el pañuelo verde. No hay en las más jóvenes una ruptura con el feminismo, sino una relectura de sus logros en clave individual. Los derechos se dan por garantizados y dejan de percibirse como resultado de conflictos colectivos, lo que desplaza el foco desde la movilización hacia la gestión individual de esos mismos derechos en la vida cotidiana.

Otro eje analítico central es el securitismo. El empoderamiento se articula en torno a la autodefensa, coherente con una racionalidad neoliberal en la que el riesgo se gestiona de forma individual. El miedo, la inseguridad o la vulnerabilidad no se traducen en demandas colectivas, sino en estrategias individuales de autoprotección. La promoción de la defensa personal o de la libre portación de armas se justifica a partir del rechazo al Estado y la exaltación del individuo, a través de proclamas como: “Defendete hermana” o “Al violador bala”.

Estas posiciones ocupan un lugar ambivalente en el campo político. No encajan plenamente en la derecha clásica, puesto que rechazan el feminismo de las “zurdas”, pero también ciertos elementos del conservadurismo tradicional. Se sitúan en un espacio intermedio, lo que genera tensiones tanto con el feminismo hegemónico como con los sectores conservadores. Son profundamente antikirchneristas y antiperonistas, pero sobre todo antiestatistas. Hay también una relación ambivalente con Milei, al que critican pero finalmente votan, en un porcentaje más paritario que en otros contextos y con un apoyo significativo de mujeres jóvenes. Esto rompe la idea de que la ultraderecha es solo masculina, o que las mujeres que la apoyan son siempre mayores y ultraconservadoras, lo que obliga a complejizar el análisis.

Todo ello remite a un proceso más amplio de disputa por el significado, las luchas y los logros del feminismo. Conceptos como sororidad, feminicidio o colectivismo son resignificados y disputados. Hay, en definitiva, una batalla cultural en curso que en este caso pretende darse desde dentro del movimiento, intentando generar un espacio propio entre el feminismo “de las zurdas” y los sectores más conservadores del liberalismo. Esto genera una posición híbrida, con tensiones internas.

Por lo tanto, desde las ciencias sociales y, en especial, desde la sociología política, quizá la pregunta de si esto es o no feminismo no sea la más productiva, sino entender qué nos dice este fenómeno sobre las transformaciones contemporáneas del feminismo y de la política. Lejos de ser una anomalía, estas formas de feminismo en las nuevas derechas expresan una tensión central de nuestro tiempo en la que conviven en disputa lenguajes emancipadores y lógicas neoliberales, demandas de autonomía y procesos de individualización, politización y despolitización. Tomarlas en serio, como han hecho Melina Vázquez, Carolina Spataro y las autoras que participan del monográfico, no implica legitimarlas, sino reconocer que forman parte de las transformaciones actuales del campo político. Para entenderlas, no basta con analizarlas como reacción, sino como producto de procesos sociales más amplios que las hacen posibles. A partir de ahí, el análisis permite generar mejores herramientas, desde la academia y el activismo, para discutirlas, cuestionarlas y disputarlas.

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