Autor: Adolfo Vázquez Quesada.
Entre legajos – hace ya un tiempo – o entre archivos digitales – hoy en día – el corrector de exámenes actúa como un auténtico arqueólogo que trata de reconstruir una historia. A diferencia de los arqueólogos habituales, estas historias son recientes, de apenas unos días antes. Y son cortas, de unas dos horas. Aunque el evento es cercano, a veces es muy difícil el trabajo de estos pseudoarqueólogos, siendo en ocasiones imposible la reconstrucción completa de lo que pasó en ese momento en el aula de exámenes. Además, estos jeroglíficos modernos deben ser descifrados en un tiempo relativamente corto, no por la competencia con correctores rivales, como les sucede a los arqueólogos, sino por aquello de corregir los exámenes en un tiempo razonable. Veamos un ejemplo del trabajo de uno de estos eruditos de las artes místicas enfrentándose a un examen de una asignatura de física:
Una gota de sudor comienza a resbalar junto a su ceja. Se enfrenta al enésimo examen tras unas horas corrigiendo. Hasta ahora ha encontrado algunas dificultades y ha podido solventarlas, pero se da cuenta de que este examen promete ser diferente al tratar de leer las primeras palabras. Las líneas retorcidas cual serpientes en la cabeza de Medusa parecen indescifrables a primera vista. Concentra su atención en una de las palabras y…, sí, a segunda vista también son indescifrables. Acerca su cara a la pantalla, por si un cambio en la escala de las garabatos o en la perspectiva pudiera ayudarle, y consigue distinguir una «o».
—Buf, esto va a ser duro —piensa para sí —pero poniendo en contexto las ecuaciones que ha escrito junto con el texto, seguro que consigo encontrar el significado.
Decide dejar para luego el problema de las palabras y posa su mirada sobre una ecuación que… no conoce. Rápidamente, su mirada busca un razonamiento sobre cómo el alumno ha llegado a esa ecuación, pero el razonamiento no está, o está en el texto manuscrito, que es un jeroglífico en sí mismo. Tras un rápido análisis, corrobora que la igualdad es dimensionalmente correcta, lo que le lleva a hacer un cálculo de la variable que dicha fórmula define. Le sale el mismo resultado pero con un factor 2 de diferencia.
—¿Será el mismo cálculo, o es que lo hemos hecho bajo supuestos diferentes? Tengo que intentar entender estas palabras —se dice a sí mismo, mientras algunas perlas de sudor más aparecen en su frente.
El corrector acerca y aleja varias veces el zoom centrándose en las palabras que cree que son clave para saber qué ha hecho el alumno, cuando algo pequeño y emborronado junto a la ecuación llama su atención. Al principio pensaba que era un tachón, pero ahora, entrecerrando un poco los ojos y manteniendo la concentración, empieza a verlo de otro manera
—¿Eso es… un… asterisco?
Raudo, comienza a buscar, a lo largo de todas las páginas del documento, otro asterisco que enlace con el primero. Son diez páginas, todas escritas de manera relativamente densa. En una primera pasada no lo encuentra, pero en una segunda se da cuenta de que en la página seis, rodeada de partes escritas tachadas con líneas formando grandes equis, hay una pequeña región, libre de rayas, con un asterisco, apenas perceptible, que dice «Buena la protesta I».
—¿Pero qué…? —murmura para sí.
De nuevo, tras hacer varios zooms acercándose y alejándose, como si el movimiento de dichas operaciones le ayudara a ver mejor esos jeroglíficos, llega a la conclusión de que pone «Viene del problema 1».
—Ya está, esto debe ser —se dice a sí mismo.
Junto al asterisco, hay dos ecuaciones que sí reconoce, pero que son insuficientes para justificar la que vio al principio. Entonces repara en que, desde la última ecuación, parte una flecha que va hasta el final de la página, como indicando que el razonamiento continua en la siguiente. Va allí y no hay continuación. Tras unos segundos se da cuenta de que en el lateral hay otra flecha que atraviesa toda la página de arriba abajo, como si siguiera desde la anterior, que le lleva a la siguiente página. Allí, una tercera flecha, que sigue una sinuosa trayectoria esquivando ecuaciones y garabatos, le lleva a la continuación del argumento que había en la página seis.
—Esto va para largo…— piensa con resignación.
De acuerdo, este ejemplo ha sido un poco exagerado, no porque no veamos exámenes así, sino porque no son la mayoría. Pero mejor mostrar un examen que sea verdaderamente un reto para ilustrar más claramente nuestro argumento y también porque, no nos engañemos, es más divertido.
Una ventaja fundamental que tienen los correctores de exámenes sobre los arqueólogos es que, para los casos en que no se ha podido descifrar correctamente el examen, existen las revisiones. Esto es algo que no tienen en la arqueología, aunque podríamos imaginar cómo sería si las tuvieran:
Suena el teléfono
– ¿Diga?
– [Voz de ultratumba] ¿Puedo hablar con el señor Carter?
– Sí soy yo. ¿Qué desea?
– Soy Tutankamón.
– ¿El faraón?
– Sí, llamo para hacer una reclamación.
– De acuerdo, veamos qué podemos hacer. Deme un momento para que saque la documentación.
Tras unos segundos
– Dígame.
– Verá, la reclamación es porque al publicar usted sus descubrimientos sobre mí, ha dicho que de pequeño me llamaban Tutankatón, pero no es verdad.
– Déjeme revisar un momento, …, sí, claro. Es que está escrito en los registros egipcios de la época.
– Ya, pero es que eso era una broma con unos amigos. Que esté escrito no significa que sea verdad.
– Pues mire que lo siento. Yo solo puedo explicar mis descubrimientos en base a cosas que pueda demostrar. Eso que me cuenta de la broma, ¿está documentado en algún sitio?
– No.
– Entonces no puedo hacer nada.
– Entiendo. Bueno, gracias por hacer la revisión, y a ver si a la próxima los jeroglíficos muestran mejor las cosas. Tengo un palacio de vacaciones que cuando lo descubran seguro que todo quedará más claro. Le agradezco su tiempo. Hasta luego.
– Espere…, ¿dónde dice que está ese palacio?
Se corta la llamada.
– Vaya…
Como se puede ver, hay cosas que hacen más fácil el trabajo de un corrector que el de un arqueólogo, entre ellas, las revisiones, que permiten una comunicación directa con el estudiante en cuestión. No obstante, mientras que los egipcios no sabían que los arqueólogos modernos iban a intentar descifrar sus jeroglíficos, los estudiantes sí que saben que los correctores van a intentar descifrar sus exámenes, por lo que no conviene dejar un eslabón perdido entre, digamos, los apartados a y c del problema 3, por ejemplo. Con esto en mente, veamos algunos consejos sobre los exámenes de física que pueden ayudar a que los correctores hagan mejor su trabajo, y por lo tanto, evalúen el examen de forma más justa:
- Escribir cosas que no se entienden puede ser peor que no escribirlas. Lo mejor es escribirlas y que se entiendan, claro.
- Es bueno escribir el examen para ser leído de arriba abajo y de izquierda a derecha.
- Responder en las hojas de enunciados, salvo que se establezca explícitamente en las instrucciones del examen, es arriesgarse a que no se evalúe esa parte. Los correctores no esperan respuestas ahí, y se les pueden pasar, especialmente si se mezclan con resoluciones en las hojas de respuesta.
- Jugar demasiado con el orden de las respuestas es apostar por las habilidades descifradoras del corrector. No importa si se responde al problema 3 antes que al 1, pero sí importa si, por ejemplo, se responde al apartado (a) del problema 3, y luego al (b) del problema 1, para luego dar la solución del apartado (b) del problema 3, luego una de las cuestiones, tras esto el apartado (c) del problema 2, etc.
- ¿Por qué no dar explicaciones? ¿Es un reto que los alumnos ponen a los correctores,
o tal vez si escriben un «por lo tanto» o un «de esta ecuación se deduce que» nos están abriendo una puerta a su alma? No lo sé, pero tengo claro que dar explicaciones es algo que facilita la labor de los correctores y además puede ser favorable al alumno, especialmente si está respondiendo bien. Por ejemplo, un fallo en una ecuación podría ser considerado como algo menor si las explicaciones dan a entender que el alumno sabe lo que hace, pero podría ser evaluado de manera más negativa si no hay explicaciones. - Sustituir por números demasiado pronto es plantear un jeroglífico al corrector. Muchos alumnos, especialmente en el primer curso, planten una ecuación, sustituyen por los valores de las variables, y despejan la solución. Es mejor cambiar el orden en este proceso: plantear la ecuación, hallar la solución en función de las diferentes variables y sustituir al final. Es decir, en lenguaje llano, conviene operar con letras en lugar de hacerlo con números. Esto tiene varias ventajas:
1.- El resultado es más general. Si se encuentra una ecuación que dé la solución y en otro apartado cambian los valores de las variables, solo se tienen que sustituir las nuevas variables para encontrar la solución, en lugar de repetir todo el proceso.
2.- El procedimiento es más fácil de seguir, lo que permite encontrar errores más fácilmente. Esto vale tanto para el alumno como para el corrector. No se puede esperar, si se sustituye por números al principio, que el corrector intente ver dónde hay un error para ver si es grave o no. Seguramente asuma directamente que es grave, ante la imposibilidad de resolver el jeroglífico planteado. No tiene por qué ser así si se ha operado con letras.
3.- Los análisis dimensionales son más fáciles de hacer. Si se tiene una expresión con
letras, se puede hacer un análisis dimensional. Este tipo de análisis desvela, en muchas ocasiones, errores cometidos durante el desarrollo del problema.
4.- Se puede intentar interpretar la ecuación obtenida en función de las diferentes variables, lo que permite encontrar fallos. Por ejemplo, ¿aumenta o disminuye el resultado si aumento la velocidad? ¿Tiene eso sentido?
Tampoco hace falta ser un extremista en este punto: si las operaciones se complican demasiado quizás convenga obtener algún resultado parcial para hacer el cálculo más sencillo.
Como norma general, es importante que, cuando uno hace un examen, lo haga bajo la perspectiva de que se lo va a corregir otra persona y que, aunque ponga lo mejor de su parte, tiene un límite en lo que puede llegar a comprender. Estas son solo algunas reflexiones que me vienen a lo cabeza mientras corrijo los exámenes de febrero. Si tenéis más consejos que creáis que pueden ser buenos para hacer exámenes, no dudéis en ponerlos en los comentarios.
Autor: Adolfo Vázquez Quesada.
Adolfo Vázquez Quesada es profesor del Departamento de Física Fundamental de la UNED.