Cuando la lucha se contradice: violencia y coherencia en los espacios de militancia

Arantxa Cantarero

Entre las (muchas) contradicciones que enfrentan quienes militan en los movimientos sociales, atraviesan en especial —cada vez más en los últimos tiempos— aquellas relacionadas con los casos de violencia sexual que se producen en los espacios de participación, protagonizados por personas que son compañeras y, con frecuencia, también amigas. La existencia de vínculos afectivos con quienes cometen y sufren estos hechos provoca que aquello que, visto desde fuera, se interpreta con claridad meridiana e impulsa a salir a la calle al grito de “Yo sí te creo”, en la cercanía se vuelva difuso: los contornos se desdibujan y las creencias sobre lo que se considera o no violencia se llenan de matices que dificultan su reconocimiento y, por tanto, la reacción ante lo que se tiene delante.

Que se trata de un asunto a flor de piel y que preocupa queda patente en la frecuencia con que aparece en conversaciones, asambleas y espacios de debate. Cuando comentaba con compañeras y compañeros de militancia el tema que había escogido para la investigación de mi TFM —las violencias sexuales en los movimientos sociales de Madrid—, con frecuencia me encontraba con la frase: “Pues yo conozco una historia…”. En el caso de las mujeres, además, suele añadirse la coletilla “Siempre estamos igual”, que revela el cansancio que estos episodios dejan a su paso.

Lo que ha cambiado en la última década no es, ni mucho menos, la existencia de la violencia sexual (que se cuela en cualquier espacio humano, en cualquier época y en cualquier lugar), sino su identificación, su visibilidad y las exigencias hacia el propio colectivo cuando las víctimas o sus redes deciden romper el silencio. Los movimientos sociales se presentan como espacios de emancipación, pero también son microcosmos donde se reproducen las mismas jerarquías, lealtades y silencios del sistema que, desde dentro, son criticados. Cuando el agresor es un compañero de lucha, se activan lógicas que actúan como barreras poderosas para la visibilización y la denuncia (Asensio, 2019).

En Madrid, al igual que en el conjunto del estado español, se han sucedido episodios que están empujando a muchos espacios de militancia a una autorrevisión profunda. No me refiero a los escándalos mediáticos que han salpicado a figuras concretas, sino a casos de violencia sexual de los que se sabe por el “boca a boca”, algunos ya lejanos en el tiempo y otros más recientes, que salen a la luz en una asamblea o en espacios reducidos como el que ofrece un grupo de amigas. Sucesos que se sostienen en una cultura organizativa que durante años normalizó comportamientos y relegó la protección de las víctimas a un segundo plano. Las denuncias públicas y las investigaciones, como la llevada a cabo por Tania Martínez Portugal y Marta Luxán Serrano (2022) han revelado que, en no pocas ocasiones, los colectivos optaron por la discreción o la contención para preservar la imagen pública o la cohesión interna del grupo, decisiones que terminaron alimentando la desconfianza de quienes buscaban protección dentro de esos espacios. Se han documentado casos en los que el silencio fue la primera respuesta, seguido de la minimización del relato o de la falta de crédito a la víctima, y esa constatación ha provocado un debate necesario sobre protocolos, rendición de cuentas y ética militante.

Cuando la persona afectada reclama apoyo y se encuentra con incredulidad, minimización o exigencias de prueba, la repercusión psicológica y social es enorme. A través de relatos compartidos conocemos cómo estas compañeras perdieron redes de apoyo, su lugar en el espacio de militancia y, en algunos casos, su voluntad de seguir participando en cualquier movimiento social. La revictimización —esa doble violencia que atraviesa el relato judicial y, en estos casos, sobre todo el social— actúa como un castigo añadido. Y en los espacios que dicen defender la justicia y los valores feministas, esa contradicción se siente aún más dolorosa.

Un elemento que aparece una y otra vez en las conversaciones es la desigualdad simbólica entre quien tiene capital militante y quien no. Hay personas, a quienes Biglia y San Martín bautizan como “maltratadores políticamente correctos” cuyo prestigio, redes y visibilidad funcionan como escudo. Eso no sólo facilita la repetición de conductas de violencia sexual, sino que distorsiona la percepción colectiva de los hechos: cuando el agresor es respetado, la tendencia a minimizar o explicar el comportamiento como “un error” o “un malentendido” aumenta. En cambio, cuando quien agrede es periférico o poco conocido, la condena es más rápida. Esa asimetría revela cómo los movimientos, aun abrazando discursos igualitarios, reproducen jerarquías que dañan a las personas más vulnerables.

A menudo, la duda ante los hechos narrados o la falta de herramientas de actuación inmovilizan al grupo, que asiste como espectador ante hechos que solo tiempo después, y gracias a la conversación y el debate, terminan siendo reconocidos como violencia sexual. La pregunta es ¿cómo conciliar la confianza mutua necesaria para construir espacios de militancia cohesionados y eficaces con la necesidad de prevenir violencias? No hay una receta sencilla, pero sí algunos principios que, en los espacios donde ya se debate este tema, se plantean como innegociables: la conversación abierta, sosegada y formativa en torno al consentimiento y los límites; la existencia de canales confidenciales de escucha y acompañamiento; y la garantía de procesos de reparación justos que aseguren la seguridad de las víctimas.

Nos enfrentamos a resistencias comprensibles: el miedo a que un caso mal gestionado fracture la imagen pública de un colectivo o su cohesión interna, o a que la especulación mediática convierta una acusación en linchamiento público. También el temor a no actuar de manera justa con alguna de las partes implicadas. Esas preocupaciones son legítimas, pero la respuesta no debería ser la represión del testimonio ni la preferencia por el silencio, ni tampoco el linchamiento y la condena inmediata. Este miedo refleja, no obstante, la tensión constante de los movimientos sociales entre la voluntad de alejarse de prácticas punitivistas propias del sistema penal tradicional, tratando así de alinearse con opciones dentro de la justicia restaurativa, y la precaución de no convertir todo en violencia ni dejar que el señalamiento público libre la batalla.

A esto se suma la dificultad de los procesos internos de investigación: ¿quién investiga?, ¿cómo se garantiza la independencia del procedimiento?, ¿qué sucede cuando las partes no confían en el mecanismo interno y optan por la vía pública o judicial? Las respuestas varían, pero parece crecer el consenso sobre la necesidad de instrumentos que garanticen imparcialidad y protección. Algunos colectivos han experimentado con comisiones mixtas, asesorías externas o mediación. Estos intentos, aún lejos de alcanzar una plena eficacia, contribuyen a señalar un camino: combinar la responsabilidad política con el respeto a los procesos personales.

Es fácil señalar culpables; más difícil es construir alternativas. Por eso muchos colectivos y espacios de militancia buscan medidas concretas y alcanzables, a la vez que asumen el ejercicio quizá más complejo: reconocer sus propias contradicciones y la falibilidad de los sistemas que han construido durante años. Esto requiere un ejercicio de valentía colectiva, que permita admitir los errores del pasado, asumir la tarea de reparar y aceptar que la coherencia exige poner en riesgo la comodidad. Significa que los espacios de la izquierda política y los movimientos que han acogido a los feminismos en sus idearios deben aceptar que sus fantasmas internos serán visibles, y que la exigencia de justicia no es una espada que se dirige solo hacia fuera, sino también hacia dentro. Para que la lucha por la justicia social sea sólida, los movimientos deben ser capaces de recoger e incorporar sus incoherencias y trabajar sobre ellas. La transparencia y la voluntad de reparación deberían situarse en el centro de la práctica militante.

Tras reflexionar sobre las conversaciones mantenidas, pienso en las muchas charlas que aún quedan por mantener: en las asambleas donde habrá que acordar cómo intervenir, en los espacios informales donde se tejerán redes de apoyo y en los grupos de trabajo donde se redactarán protocolos. Partimos de la convicción de que hablar y escribir sobre la violencia sexual en el propio entorno con rigor, empatía y responsabilidad forma parte del proceso de transformación que se pretende impulsar.

Si algo se ha aprendido durante estos años en los movimientos sociales en el estado español es que la justicia se construye paso a paso: a través de normas, sí, pero también (y sobre todo) mediante prácticas cotidianas que respeten la dignidad de las personas. Se trabaja con la intención de no permitir que los espacios de lucha se conviertan en refugio para quien ejerce violencia, y desde la firme creencia de que la militancia puede y debe ser un lugar más seguro, porque solo así las demandas de justicia social serán creíbles y sostenibles.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Asensio Lozano, M. (2019). Cuando el agresor es compañero de militancia. El Salto Diario, 2 de mayo.

Biglia, B., y San Martín, C. (2007). Estado de Wonderbra: Entretejiendo narraciones feministas sobre las violencias de género. VIRUS Editorial.

Martínez Portugal, T., y Luxán Serrano, M. (2022). Movimientos sociales y violencia contra las mujeres. Resistencias, obstáculos y propuestas emancipatorias. Política y Sociedad, 59(1), 1-12.

Call for Abstracts- Jornadas Internacionales sobre Contentious Politics en España

El Grupo de Estudios de Política y Sociedad de la UNED y el Comité de Movimientos Sociales, Acción Colectiva y Cambio Social de la Federación Española de Sociología (FES), en colaboración con MOVICON-UCM (Grupo de Investigación sobre Movilización, Contienda Política y Cambio Social), convocan las primeras Jornadas Internacionales sobre Contentious Politics en España, que se celebrarán en Madrid el 20-21 de noviembre de 2025.

Estas Jornadas se conciben como el primer foro académico internacional dedicado exclusivamente al análisis de las dinámicas de movilización social en el contexto español, en el que se reunirán investigadoras e investigadores de Europa, América Latina y otras regiones. El programa será bilingüe (español e inglés) y contará con la participación de ponentes internacionales y especialistas reconocidos que actuarán como discussants, fomentando debates rigurosos, complejos y diversos.

El objetivo principal de este encuentro es establecer una red internacional de estudios sobre movimientos sociales en España, creando vínculos estables entre jóvenes investigadores/as en fases iniciales y de consolidación, y grupos de investigación con temática afín. La participación será abierta y gratuita, previa inscripción, y se regirá mediante este Call for Abstracts.

Se invita especialmente a investigadores predoctorales, doctorandos/as y early career scholars a presentar propuestas de trabajos en curso o finalizados, desde diversas disciplinas (sociología, ciencias políticas, antropología, historia del presente, estudios de juventud, estudios feministas, etc.). Se dará prioridad a este perfil en el proceso de selección.

Las propuestas deberán centrarse en el caso español o incluirlo en análisis comparados. El tema general de las Jornadas es el estudio de los movimientos sociales y la política contenciosa en la historia reciente de España (últimos 25 años). Se priorizarán propuestas que se alineen con alguna de las siguientes líneas temáticas preferentes:

  • Movilizaciones feministas, LGTBQ+ y luchas por la justicia de género
  • Dinámicas de movilización de la extrema derecha y sus retos
  • Conflictos ecológicos y nuevas formas de activismo climático
  • Innovaciones teóricas y metodológicas en el estudio de los movimientos sociales
  • Protestas urbanas frente a la ciudad neoliberal y la turistificación
  • Transformaciones del movimiento obrero y el sindicalismo en la actualidad
  • Activismos juveniles en un contexto de policrisis
  • Memorias colectivas y transmisión de experiencias de lucha
  • Ciclos de movilización y análisis longitudinal de la protesta
  • Desigualdades sociales, nuevas formas de precariedad y luchas por los derechos
  • El caso español en perspectiva comparada (Europa del Sur y más allá)

Envío de propuestas:

Las personas interesadas deberán enviar un abstract de un máximo de 300 palabras, en español o inglés, a través del formulario habilitado. La fecha límite para el envío de propuestas es el 30 de septiembre de 2025. Los resultados del proceso de selección se comunicarán a principios de octubre. Se deben registrar todos los datos en el siguiente Google Forms: https://docs.google.com/forms/d/1vQtKyBrKwUX-bkPmqqIerTc6DpeRViF3K_A1F1hK32g/viewform?edit_requested=true

A los/las participantes seleccionados/as se les solicitará la entrega de un working paper de entre 5.000 y 7.000 palabras (versión preliminar del trabajo o texto en desarrollo) antes del congreso, con fecha tope de envío el 11 de noviembre de 2025, con el fin de facilitar que las y los discussantstengan tiempo suficiente para leer los textos y ofrecer sugerencias y comentarios a cada paper.

La inscripción será gratuita. Se dispondrá de un número limitado de ayudas de viaje para personas que no cuenten con financiación institucional ni recursos suficientes para asistir. Finalmente, se valorará la posibilidad de organizar una publicación colectiva con una selección de trabajos presentados en las Jornadas. Estas jornadas cuentan con el apoyo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED y del Vicerrectorado de Investigación, Transferencia y Divulgación Científica de la UNED.

Comité organizador de las Jornadas

Federico Rossi, UNED

Patricia García, UGR

Jorge Benedicto, UNED

Alba Arenales, Scuola Normale Superiore

Gomer Betancor, UNED

María Martínez, UNED

Rubén Ruíz, UNED

Marta Romero-Delgado, UCM

Call for Abstracts – International Workshop on Contentious Politics in Spain

The UNED Policy and Society Study Group and the Spanish Federation of Sociology (FES) Committee on Social Movements, Collective Action and Social Change, in collaboration with MOVICON-UCM (Research Group on Mobilisation, Political Conflict and Social Change), are organising the first International Workshop on Contentious Politics in Spain, to be held in Madrid on 20-21 November 2025.

This workshop is conceived as the first international academic forum dedicated exclusively to the analysis of the dynamics of social mobilisation in the Spanish context, bringing together researchers from Europe, Latin America and other regions. The workshop will be bilingual (Spanish and English) and will feature international speakers and renowned specialists who will act as discussants, fostering rigorous, complex and diverse debates.

The main objective of this meeting is to establish an international network for the study of social movements in Spain, creating stable links between young researchers in the early stages of their careers and established researchers, and research groups working on related topics. Participation will be open and free of charge, subject to registration, and will be governed by this Call for Abstracts.

PhD. Students, postdoctoral researchers and early career scholars are especially invited to submit proposals for work in progress or completed work from various disciplines (sociology, political science, anthropology, contemporary history, youth studies, feminist studies, etc.). Priority will be given to this profile in the selection process.

Proposals should focus on the Spanish case or include it in comparative analyses. The general topic of the workshop is the study of social movements and contentious politics in the recent history of Spain (the last 25 years). Priority will be given to proposals that align with one of the following preferred thematic lines:

● Feminist mobilisations, LGTBQ+ and struggles for gender justice

● Dynamics of far-right mobilisation and its challenges

● Ecological conflicts and new forms of climate activism

● Theoretical and methodological innovations in the study of social movements

● Urban protests against the neoliberal city and touristification

● Transformations of the labour movement and trade unionism today

● Youth activism in a context of polycrisis

● Collective memory and the transmission of experiences of struggle

● Mobilisation cycles and longitudinal analysis of protest

● Social inequalities, new forms of precariousness and struggles for rights

● The Spanish case in comparative perspective (Southern Europe and beyond)

Submission of proposals:

Those interested should send an abstract of no more than 300 words, in Spanish or English, using the form provided. The deadline for submission of proposals is 30 September 2025. The results of the selection process will be announced in early October. All details must be entered in the following Google Forms: https://docs.google.com/forms/d/1vQtKyBrKwUX-bkPmqqIerTc6DpeRViF3K_A1F1hK32g/viewform?edit_requested=true

Selected participants will be asked to submit a working paper of between 5,000 and 7,000 words (preliminary version of the paper or text in progress) before the workshop, with a deadline of 11 November 2025, to allow the discussants sufficient time to read the texts and offer suggestions and comments on each paper.

Registration will be free of charge. A limited number of travel grants will be available for people who do not have institutional funding or sufficient resources to attend. Finally, the possibility of organising a collective publication with a selection of papers presented at the workshop will be considered. This workshop is supported by the Faculty of Political Science and Sociology of the UNED and the Vice-Rectorate for Research, Transfer and Scientific Dissemination of the UNED.

Workshop Organising Committee

Federico Rossi, UNED

Patricia García, UGR

Jorge Benedicto, UNED

Alba Arenales, Scuola Normale Superiore

Gomer Betancor, UNED

María Martínez, UNED

Rubén Ruíz, UNED Marta Romero-Delgado, UCM

Kirguistán, la revolución sin cambios como rutina

16/04/2025 – Rubén Ruiz (UNED)

“Leopardos irrumpen en el templo y beben de los cálices sagrados hasta vaciarlos del todo. Este hecho se repite una y otra vez. Finalmente se hace previsible y se convierte en parte de la ceremonia.”

Franz Kafka

Madrugada del 5 al 6 de octubre de 2020, Sadyr Japarov y Almazbek Atambayev son liberados de sus celdas por sendas multitudes de acólitos confrontando escasa resistencia. El primero es un populista, nacionalista y conservador condenado, entre otros cargos, por intentar derrocar al segundo cuando aquel era presidente. El segundo es el predecesor en la jefatura de Estado, y el liderazgo del partido socialdemócrata de Kirguistán (SDPK), del responsable de su encarcelamiento, el presidente Sooronbay Jeenbekov. Solo hacia unas horas del inicio de la protesta contra el fraude en las elecciones parlamentarias. La protesta en la plaza central de Ala-Too en la capital Bishkek es seguida por la toma de la Casa Blanca, sede de la presidencia, esa misma noche. Diez días después, Jeenbekov renuncia al cargo y Japarov es jurado presidente interino, cargo refrendado en las urnas en enero de 2021. Se reproducía así el repertorio revolucionario kirguís de acción colectiva: protesta en Ala-Too, asalto a la Casa Blanca, excarcelamiento de opositores, saqueos de comercios y propiedades en Bishkek. No era la primera vez, pero sí la más rápida, en la que menos mecanismos para activar y mantener la movilización social fueron requeridos y, finalmente, en la que actores, internos e internacionales, mostraron de forma más nítida la asimilación de normas y hábitos vigentes en un episodio revolucionario en Kirguistán.

UNA TRANSICIÓN, TRES REVOLUCIONES

Las revoluciones son fenómenos de ocurrencia extraña, no pocos países nunca han experimentado una. La exrepública soviética de Kirguistán contabiliza tres de un total de cinco transferencias del poder tras su independencia en 1992. En 2005, el presidente desde la desintegración de la URSS, Askar Akayev, fue derrocado durante la ola de Revoluciones de colores . Akayev, publicitado en sus inicios en Occidente como líder de una Isla de la Democracia rodeada por un océano de autoritarismo, sucumbió ante una movilización cuyo marco principal era la democratización. Para entonces, Thomas Carothers ya había clamado por el fin del paradigma de la transición; mientras la diseminación de regímenes a medio camino entre la democracia liberal y el autoritarismo generaba una battle royale conceptual a la que solo sobrevivirían los regímenes iliberales y los autoritarismos competitivos. Era el tiempo en que la Secretaría de Estado de los EE.UU. y USAID sacaban pecho por ser condición necesaria en la reconducción de transiciones descarriadas. La Revolución de los Tulipanes permitiría una regeneración tras la deriva corrupta, patrimonial y autoritaria de Akayev. Cinco años después, su sucesor, Kurmanbek Bakiyev, era expulsado violentamente del poder tras alcanzar cotas desconocidas de corrupción y violación de derechos humanos. Finalizada la presidencia interina de Roza Otunbayeva, llegarían los dos únicos traspasos de poder por vía electoral: Almazbek Atambayev en 2011 y Sooronbay Jeenbekov en 2017. Un periodo de mayores libertades, pero en el que no se frenó la inestabilidad, la corrupción o las desigualdades. Todo ello favoreció la conquista del poder a un nacional-populista como Japarov, abandonando la democratización como prioridad. Kirguistán consolidaba así, tras tres revoluciones, su única transición: del autoritarismo soviético de único partido al autoritarismo competitivo.

REVOLUCIONES POCO REVOLUCIONARIAS

Estas transferencias del poder por vía no institucional no condujeron a grandes transformaciones en las estructuras socioeconómicas o políticas. Es legítimo cuestionar si deben ser consideradas revoluciones, si bien las Ciencias Sociales carecen de consenso respecto a la naturaleza ontológica del concepto. Sin restar relevancia a otros estudios, el posicionamiento ante los enfoques de Theda Skocpol y Charles Tilly[i] es un anclaje teórico necesario al afrontar el estudio de las revoluciones. Desde el estructuralismo de Skocpol, centrado en la organización y autonomía del Estado, no hay revolución sin transformación de las estructuras sociales —las grandes revoluciones sociales—, o al menos políticas. Tilly, sin omitir los cambios estructurales, otorga protagonismo a la acción humana, al conflicto político y la lucha por el poder estatal. La revolución es un tipo de transferencia del poder — no institucional, mediando la fuerza y con apoyo importante de la población—. Mientras la influencia de Skocpol es más clara en el estudio histórico de las grandes revoluciones consumadas, el marco de Tilly permite comprender en una mayor pluralidad de escenarios por qué algunas situaciones revolucionarias — contendientes con aspiraciones incompatibles al control del Estado, apoyo de la población a ambas coaliciones, e incapacidad del Estado para neutralizar el desafío— concluyen en una transferencia del poder y otras no. Tilly nunca estuvo interesado en proporcionar una conceptuación precisa de revolución, sino en su utilidad para explicar los procesos y mecanismos clave en la comparación de fenómenos que conectan la movilización social y la toma del poder.

Las tres revueltas antigubernamentales en Kirguistán en 2005, 2010 y 2020 cumplen con los criterios de la definición de Tilly: transferencia del poder por vía no institucional, repertorio de acción colectiva violenta, y apoyo popular en forma de movilización social que determina la dinámica de la contienda. No produciendo transformación social o política significativas fueron, en efecto, revoluciones a la Tilly, poco revolucionarias a la Skocpol.

LA SIMPLIFICACIÓN DE LA REVOLUCIÓN COMO PROCESO POLÍTICO

El enfoque relacional de estudio de las revoluciones de Tilly permea manuales holísticos de la movilización social como Poder en Movimiento de Sidney Tarrow y Dinámica de la Contienda Política de Doug McAdam, Tarrow y Tilly. El mismo comprende los movimientos sociales como procesos políticos más simples o complejos según el número de mecanismos interrelacionados necesarios para activarse y tener éxito. Las revoluciones se presentan como paradigma de proceso político complejo que requiere de una concatenación diversa de mecanismos.  Cada mecanismo, piezas de teoría que alteran las relaciones entre elementos de forma idéntica en distintos contextos, proviene de las cuatro grandes teorías, o poderes en movimiento: repertorios de acción colectiva y estructuras de movilización; marcos y discurso en la construcción de significados; contextos, oportunidad política y capacidad del Estado; y las dinámicas de interacción.

En un proceso revolucionario algunos mecanismos tienen lugar antes de la apertura de una situación revolucionaria —ej.: los relacionados con la maduración del movimiento como la formación de coaliciones, creación de marcos innovadores o cambios de contexto o comportamiento del Estado—, otros desencadenan aquella —ej.: imposición de agravios sociales—, y unos cuantos solo se dan en el desenlace —ej.: la deserción de élites y cuerpos de seguridad—. La revolución en 2005 en Kirguistán respondió al canon de proceso complejo con la activación, hasta un año antes de las primeras protestas, de mecanismos como la formación de coaliciones, marcos, difusión de un repertorio, atribución de oportunidad, descertificación internacional, etc.

En 2005, las protestas duraron un mes y la variedad de mecanismos cubrió la totalidad de grupos teóricos, lo cual no fue necesario en la revolución de abril de 2010, si bien el episodio de contienda se prolongó dos meses. En 2010 no fueron necesarios mecanismos de maduración del movimiento ni de creación de marcos. La subida de los precios de la energía, a modo de imposición de agravios sociales, activó una protesta popular que, junto a mecanismos ligados al comportamiento del Estado, la descertificación de Rusia —en 2005 había sido de los EE.UU. — y la emulación del repertorio revolucionario en las regiones y Bishkek, bastaron para derrocar a Bakiyev. En 2020, el ciclo duró diez días y solo estuvieron implicados mecanismos de conducta del Estado, agravios sociales como la gestión del COVID-19 y el fraude electoral, así como la emulación del repertorio en la capital.

UN REPERTORIO REVOLUCIONARIO DE ACCIÓN COLECTIVA MODULAR Y FUERTE, ¿NUEVA RUTINA?

La disección de la naturaleza y evolución de los repertorios de acción colectiva suponen una aportación fundamental de Tilly al estudio de los movimientos sociales. Estos son el conjunto de acciones y tácticas para visibilizar demandas, variando según el contexto histórico, los actores, y las coyunturas. Los desarrollos tecnológicos favorecieron la modularidad de los repertorios: nuevas formas de protesta y acción colectiva eran reproducidas total o parcialmente lejos de donde surgían (ej.: las revoluciones de 1848). Los repertorios permanecen, mutan o desaparecen según su adaptabilidad a nuevos contextos. Un repertorio que se estabiliza pudiendo ser empleado por distintos actores sin perder su significado original y empuje en una comunidad política es un “repertorio fuerte” (ej.: las Marchas a Washington). En Kirguistán se ha consolidado un repertorio revolucionario modular y fuerte. En 2005 y 2010 requirió de dos fases. La primera en las regiones de donde procedían los líderes opositores e incluía manifestaciones, violencia, toma de edificios públicos, expulsión o secuestro de gobernadores, así como “consejos populares” reclamando la soberanía sobre el territorio y el aparato estatal. Exhibida la incapacidad del Estado para ejercer autoridad sobre las regiones, en una segunda fase, se activaba el repertorio en Bishkek: protesta en Ala-Too, asalto violento a la Casa Blanca, excarcelamiento de opositores y saqueos. En 2020 la activación directa del repertorio modular en la capital bastó para que Jeenbekov abriese la posibilidad de transferir el poder a los “líderes fuertes” de la rebelión.

En movimientos sociales centrados en provocar o frenar cambios, la alteración del orden favorece la innovación en los repertorios y el éxito de estos. Pero un repertorio estático no altera el orden en una misma comunidad política eternamente, bien torna en violento, bien tiende hacia una cierta institucionalización y rutina. Los movimientos orientados a la toma del poder por definición buscan alterar el orden y, salvo ejemplos de acción no violenta, lo hacen con violencia o la amenaza de su uso. La cuestión es, ¿puede el repertorio revolucionario de acción colectiva no solo ser un “repertorio fuerte” sino tender hacia la rutina como medio de transferencia del poder? La conducta de los actores internos e internacionales en la revolución de 2020 en Kirguistán muestra signos en esa dirección. Durante el episodio de contienda, la asimilación del contexto y el reposicionamiento de la élite kirguís, oficialista o en la oposición, hizo que la dinámica de la contienda fuera más propia de una renegociación del reparto del poder que la lógica revolucionaria a vida o muerte de the winners take it all.  El rol de las potencias internacionales se limitó a certificar esos acuerdos, no a unos actores frente a otros. La más implicada, Rusia, medió para sellar un gobierno de cohabitación con Jeenbekov de presidente y Japarov de primer ministro; pero cuando éste implosionó a los días, alcanzando el segundo la presidencia interina, Rusia no tomó represalia alguna. Tras la revolución también han acontecido hechos hacia la institucionalización informal, por el hábito, no por la ley, de este tipo de transferencia del poder. Por un lado, al contrario de Akayev y Bakiyev, forzados a vivir en el exilio, Jeenbekov reside en Kirguistán, beneficiándose del status de expresidente y sus prestaciones. Por otro lado, la expectativa de nuevas emulaciones del repertorio esta en la mente de Japarov y su gobierno. Oficialmente se han neutralizado cuatro intentos de lo que ahora definen como “golpes de estado”, justificándose en ellos para prohibir manifestaciones en Ala-Too. Pero, ¿qué importancia tendrá esta prohibición si los leopardos regresan a ella?


[i] Para un acercamiento global a la obra de Tilly consultar el homenaje en forma de obra colectiva editado por María Jesús Funes, miembro y anterior directora del GESP, ya la versión en castellano o actualizada y en inglés.

El ‘jardín’ y la ‘jungla’: La UE, Trump y el silencio cómplice en Palestina

17/02/2025 – Juan Roch (GESP UNED) y Alvaro Oleart (Université Libre de Bruxelles)

La reciente reelección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha introducido cambios significativos en la dinámica del conflicto israelí-palestino. Trump ha propuesto que Estados Unidos tome el control de la Franja de Gaza, con la intención de transformar el área en un resort internacional, lo que implicaría el desplazamiento forzoso de casi dos millones de palestinos a países como Jordania y Egipto. Esta iniciativa ha sido ampliamente condenada por la comunidad internacional, incluyendo a la ONU, que la ha calificado de «limpieza étnica». Mientras tanto, en Cisjordania, la violencia por parte de colonos judíos contra comunidades palestinas ha escalado, exacerbando aún más las tensiones en la región. En este contexto, surge la pregunta sobre el papel de la Unión Europea (UE) y sus principales Estados miembros ante esta agresión continuada contra territorio palestino. Lo cierto es que el rol de la UE ha sido marginal en este último episodio, y su posición en el desarrollo de la guerra ha estado marcada por vaivenes y contradicciones internas. Para comprender plenamente el posicionamiento y el rol de la UE en este conflicto, y frente a la masacre perpetrada por Israel, es esencial mirar más allá de las noticias de última hora y analizar su precaria situación en los nuevos reequilibrios globales.

Ursula von der Leyen prometió en 2019 una Comisión Europea “geopolítica”. No decepcionó. Más allá del impacto de la pandemia del Covid-19, la última legislatura europea ha estado —y sigue estando— marcada en el ámbito de la política internacional por dos crisis agudas: la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 y la ofensiva militar de Israel a gran escala sobre Palestina tras los atentados perpetrados por Hamás el 7 de octubre de 2023. Aunque no se trata de conflictos totalmente simétricos y tienen sus propias particularidades políticas e históricas, existen fuertes similitudes entre ellos: un país militarmente poderoso (Rusia e Israel) ataca a una nación vecina (Ucrania y Palestina) con la que mantiene relaciones históricamente desiguales (que incluso pueden llegar a concebirse como coloniales). Sin embargo, a pesar de esas similitudes, la respuesta en términos de política exterior de la UE ha sido muy diferente. Mientras que la respuesta de la UE a la agresión rusa estuvo motivada en gran medida por la defensa de los derechos humanos, la democracia y el antiautoritarismo, la agresión israelí contra Palestina ha sido justificada —y continúa siéndolo— bajo el pretexto del “derecho de Israel a defenderse”, como hemos desarrollado en detalle en un estudio académico publicado recientemente.

La respuesta asimétrica a ambos conflictos pone de manifiesto las contradicciones de una UE cuya política exterior sigue marcada por la lógica del ‘jardín y la jungla’, una metáfora racista utilizada por Josep Borrell, alto representante para Política Exterior de la Unión Europea entre 2019 y 2024. Ucrania forma parte del ‘jardín’: una comunidad mayoritariamente blanca y cristiana con un Estado cercano a la OTAN y la UE; pertenece a la “familia europea”, según las propias palabras de von der Leyen. Apoyada en esta idea, la UE brindó apoyo político, asistencia financiera e incluso ayudó a desarrollar las capacidades de defensa de Ucrania. El presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskyy, fue invitado varias veces al Parlamento Europeo y los líderes de la UE (incluidos von der Leyen y Borrell), así como muchos líderes políticos de los Estados miembros, visitaron Ucrania varias veces como gesto de apoyo a la lucha del país contra el gobierno ruso. Además, la UE no sólo apoyó la acogida de millones de refugiados ucranianos, sino que impuso duras sanciones contra el gobierno ruso, así como contra empresas rusas e individuos relacionados con el presidente Vladimir Putin. Este último ha sido señalado como responsable de «crímenes de guerra», debido a ataques contra hospitales y otras infraestructuras civiles. De hecho, en marzo de 2023, el Tribunal Penal Internacional (TPI) emitió una orden de arresto contra el presidente ruso por crímenes de guerra.

El TPI también emitió una solicitud de orden de arresto por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad contra el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el 21 de noviembre de 2024. Sin embargo, en este caso, la UE se ha situado del lado de Israel. Solo los dirigentes israelíes han sido invitados a hablar en el Parlamento Europeo, y von der Leyen, junto con la presidenta del Parlamento, Roberta Metsola, incluso visitaron Israel y celebraron una conferencia de prensa conjunta con el presidente israelí, Isaac Herzog, el 13 de octubre de 2023. A pesar de las decenas de miles de palestinos muertos a causa de los ataques israelíes en Gaza (y también en Cisjordania y Líbano, donde los colonos siguen expandiéndose), apenas ha habido cambios en la política exterior europea hacia Israel. En marzo de 2024, casi 200 organizaciones de la sociedad civil pidieron la suspensión del Acuerdo de Asociación UE-Israel, ya que los derechos humanos y los principios democráticos son un componente esencial del acuerdo. A pesar de estas peticiones, la UE sigue manteniendo intacto este acuerdo. Además, si bien en el relato de Ucrania hay una perspectiva histórica amplia en torno al imperialismo soviético, en el caso de Palestina la cronología se inicia el 7 de octubre de 2023. Es como si nada hubiera ocurrido antes de los ataques de Hamás. De hecho, hay una negación constante de Palestina como comunidad política (a menudo se habla únicamente de ‘Gaza’, como si no formara parte de una nación más amplia). El análisis empírico sistemático que llevamos a cabo en nuestro artículo “The Colonial Imaginary of ‘Europe’ in the EU’s Asymmetrical Response to the Russian and Israeli Aggressions […]”, revela estos patrones en toda su crudeza. Términos como la “Nakba”, el “genocidio”, la “ocupación”, el “colonialismo” o el “apartheid” no figuran en el relato de la UE. En línea con esto, los muertos palestinos aparecen como la consecuencia de una “tragedia”, un desastre natural sin aparentes causas humanas.

Siendo este el relato general que domina en la UE, durante los últimos años ha habido ciertos contrapesos institucionales a nivel europeo. Josep Borrell – a pesar de la desafortunada metáfora señalada más arriba – ha rechazado la postura de von der Leyen, a quien criticó públicamente en EL PAÍS en febrero de 2024. Borrell argumentó que “el viaje de von der Leyen, con una posición tan completamente proisraelí, sin representar a nadie más que a ella misma en un asunto de política internacional, ha tenido un alto coste geopolítico para Europa”. El alto ejecutivo de la UE denuncia la doble moral de la política exterior europea, la cual se opone a la violación de derechos humanos en algunos lugares y los justifica en otros. La política exterior europea tiene que ser acordada por todos los Estados miembros – España, Bélgica e Irlanda son los que más se han posicionado del lado de Borrell -, pero la Comisión Europea juega un rol clave a la hora de coordinar y buscar consensos.

En diciembre de 2024, la estonia Kaja Kallas reemplazó a Borrell en la segunda Comisión von der Leyen, que viró claramente hacia la derecha. Kallas se ha perfilado como una fuerte defensora de Ucrania en su resistencia contra Rusia, pero no ha tenido la misma actitud hacia Palestina. Esta Comisión derechizada mira perpleja como Donald Trump amenaza con llevar la masacre perpetrada por el Estado de Israel sobre Palestina a un punto de no retorno. Víctima de sus contradicciones internas, y la subordinación ante lógicas globales que no puede o sabe leer—especialmente su relación de dependencia con Estados Unidos—, la UE aparece paralizada ante la opinión pública mundial. En este escenario de alto al fuego en constante peligro, la UE probablemente alegará que los derechos humanos y la democracia se abren paso frente a las bombas y los miles de civiles muertos. Lo cierto, más allá de estas proclamas, es que el argumento de los derechos humanos cada vez funciona peor de tanto usarlo con una discrecionalidad racista y maneras poco consecuentes. Esto deja campo abierto a aquellos que no creen realmente en los derechos humanos y la democracia, sino que hacen uso de estos términos para continuar la masacre ante el desconcierto general.   

Es ilustrativo que fue Sudáfrica, y no la UE ni ningún país “europeo”, la que llevó a Israel ante la Corte Internacional de Justicia con el argumento de estar cometiendo un genocidio contra Palestina. Una política exterior europea democrática debe hacer frente adecuadamente a su propio pasado y presente colonial, y dejar atrás la lógica del ‘jardín y la jungla’, la hipocresía y las dobles varas de medir. La defensa de los derechos humanos no se puede limitar a ciertas comunidades. De ser así, la UE continuará socavando la ya maltrecha ley internacional, y manteniendo la jerarquía existente entre el Norte y el Sur global.