‘Luces, cámara,… ¡acción!’

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Así es como nos lo han contado siempre en las películas. El director dice la mítica frase y todo el mundo se pone en marcha, toda la orquesta cinematográfica toca la misma melodía y se crea, casi de la nada, una obra maestra. En los Cursos de Verano de la UNED no pretendemos ser Welles, ni Ford; pero sí aspiramos a ser sus operadores de cámara y, por qué no, acercarnos un poquito más a aquella genialidad…
 
 
 
Piensen ustedes, damas y caballeros, que cada semana tenemos algún gran estreno, como nos comenta Isabel en su entrevista con Beatriz Rodríguez, Directora del Centro Asociado de la UNED en Pontevedra. Como estrenos sonados has sido todas las películas de la saga Star Wars, donde algunos de los personajes más inolvidables tenían circuitos en lugar de venas, emitían sonidos metálicos o ayudaban a traducir lenguas desconocidas, por no hablar de los sentimientos que algunos parecían poseer.
 
Pero si hay filmes que no se olvidan nunca son los clásicos. Quién no se acuerda, por ejemplo, de La Reina de África, ese viaje trascendental de dos personas de caracteres aparentemente opuestos, que están condenadas a entenderse si quieren llegar a su destino, atravesando situaciones sorprendentes de todo tipo.
O de ¡Vivir!, aquel film de Kurosawa que narra la historia de un hombre gris y monótono que, viendo el fin de cerca, decide buscarle un sentido a la vida, activando su día a día y huyendo de la rutina.
 
Y si pasamos de lo clásico a lo contemporáneo, la poesía del siglo XX es un referente. El cartero y Pablo Neruda, sin ir más lejos, nos acercaba un poco más a los versos del poeta. Tampoco nos podemos olvidar de la música, que hacía que aquellos Chicos del coro se transformaran, porque aquel Mathieu intentaba llegar a ellos de una forma poco ortodoxa para su época, pero siempre teniendo en cuenta que necesitaban la educación de la comunidad.
 
Porque la educación, no solo de los niños y adolescentes, es imprescindible para tener una visión crítica de la vida, una visión real de lo que sucede a nuestro alrededor. No caigamos en lo que le sucedía al protagonista de El show de Truman; o podríamos terminar como John Nash, cuya vida descubrimos en Una mente maravillosa, un genio de las matemáticas que consiguió controlar su enfermedad y convivir pacíficamente con sus amigos imaginarios…
 

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