Los paisajes de Asturias

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Mi nombre es Joaquín Castro. Resido en una pequeña localidad del suroeste de la Comunidad de Madrid y desarrollo mi trabajo en su instituto. Esta es sólo la segunda ocasión en la que participo y muy a pesar mío por no haber podido hacerlo en más ocasiones.

 

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Sería muy extenso ponderar en detalle los valores que para mí tiene este curso, tanto desde el punto de vista formativo o académico como de la vivencia personal.

 

Visito esta tierra con la frecuencia que me es posible desde comienzos de los años ochenta… del pasado siglo.

 

En principio fue mi afición por la montaña y, obviamente, por los picos de Europa. En aquella época creo recordar que ni siquiera se discutía cómo mejorar los accesos a Bulnes, los souvenirs turísticos que se podían comprar en Arenas de Cabrales apenas eran queso o aquellos calcetines de lana gruesos que picaban como demonios y pesaban un kilo si se mojaban, no existía carretera a Villar de Vildas y tuve noticia de la existencia de unos lagos que había en Saliencia por un conocido apasionado por la pesca.

 

Ahí comenzó a fraguarse un fuerte vínculo afectivo con Asturias y donde surgieron multitud de preguntas del occidente al oriente, como se manifiesta en el acertado formato de este año. Los fósiles que se podían observar en las marchas montañeras por las calizas de picos, la cultura castreña abundante en el occidente, el arte rupestre paleolítico, unas enormes huellas de dinosaurios que había visto en fotos en blanco y negro de mi libro de geología de antiguo COU, carbón y mineros, paneras, brañas, recogida de hierba en prados de pendiente inverosímil, son algunos de los múltiples elementos motivadores para conocer y entender mejor este territorio y los variados modos de vida con los que la gente se ha adaptado a él. El interés por ese “paisaje y paisanaje” era como el hilo de una madeja que ir desentrañando año tras año.

 

Estaría fuera de lugar y sería pretencioso intentar comentar, aunque fuera brevemente, la evolución que ha experimentado Asturias en esos 35 años a la vista de un foráneo como es mi caso en lo que debería ser simplemente una reseña acerca de mis impresiones sobre estas jornadas de formación. Sin embargo, es en el sentido de entender, de desentrañar esa madeja, de encontrar las respuestas que el curso proporciona la oportunidad de dar satisfacción a ese deseo de conocimiento de manera organizada y guiada. A modo de ejemplo: es un galimatías interpretar este barullo de montañas a “pie de obra” si no te explican la evolución sufrida por el relieve pasito a pasito.

 

Llegados a este punto, es inevitable referirse al placer que supone haber disfrutado de ponentes “de lujo”, por su profundo conocimiento de la materia que se traen entre manos, por sus habilidades divulgadoras y su motivación por contar sin tregua todo lo que pudiese caber en sus sesiones. Ese fuerte componente emocional que estimula el aprendizaje ha sido una constante que creo que hemos compartido todos los participantes.

 

El buen ambiente del grupo favorece esa modalidad de aprendizaje “horizontal” en el que cada cual aporta su experiencia personal o sus conocimientos específicos para resolver alguna pequeña duda puntual, curiosidades o anécdotas. Para mí, tiene una gran riqueza la interacción de los alumnos, el intercambio de experiencias y conocimiento entre personas con diferente procedencia formativa y profesional.

 

Por otra parte, hay un aspecto que apenas mencionamos de manera explícita y que considero importante poner en valor. Se trata de todo el trabajo en la “trastienda” para que un curso de estas características salga adelante. No es comparable el esfuerzo que requiere un curso que conlleva realización de itinerarios, trabajo de campo y ponencias con el que se desarrolla en una sede y cuyo mayor contratiempo suele ser que no aparece el mando del cañón o que no tiene pilas.

 

Desde mi modesta experiencia, adquirida participando en intercambios y proyectos con alumnos e institutos de otros países, sé bien el trabajo de gestión que supone y la de incidencias que hay resolver para que todo se desarrolle con razonable normalidad y los participantes no se vean afectados por esos avatares.

 

Por ello quiero mostrar mi reconocimiento al magnífico trabajo realizado por Antonio Fernández, Gonzalo González y el resto de personas que colaboran con ellos, así como a su perseverancia para mantener sucesivas ediciones de este curso a pesar de los difíciles tiempos que corren en el ámbito de la enseñanza.

 

Creo que hay un sentimiento común en todos los que participamos y que, finalmente, califica al curso: cuando acaba, no queremos marchar. El consuelo lo encontramos pensando en regresar para la siguiente edición.

 

Gracias por vuestro trabajo y que los obstáculos para mantener este proyecto os sean leves.

 

 
 

Joaquín Castro
Edición web: Elena Lobato

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