Historias de amor sin final feliz

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La antropología ante la memoria de la violencia de la posguerra española acogió una docena de expertos, investigadores y víctimas del relato estigmatizante de los vencidos en la Guerra Civil. Dos docenas de estudiantes seguían las conferencias desde las aulas del edificio “Gregorio Marañón” del Centro Asociado de Madrid, o en línea desde sus casas. Se hablaba de la antropología como herramienta para investigar la evolución de las víctimas en sociedades en conflicto y el implacable relato de los vencedores. En cada conferencia, el aire se cargaba de ecos de carreras profesionales truncadas; de historias de amor sin final feliz, de huérfanos de padres y madres sin tumba, de persecución, cautiverio y luto. Todo ello contrapuesto a dudosas denuncias de activos patriotas o sucesos de curas cuyas reliquias empiezan a hacer milagros estos días y se abren camino hacia la santidad.

Entre docentes y estudiantes se establece una conexión tanto emocional como intelectual, porque todos están entregados  a la tarea de curar las heridas de guerra, sin dejar que se cierren en falso. El equipo de investigadores de la UNED lleva años buceando en informes jurídicos y archivos locales, provinciales y estatales. Años revisando tapias de cementerio, cunetas y celdas en desuso. Sus resultados: la elaboración del Mapa de la Memoria, presentado hace unos meses en la Diputación de Ciudad Real. Su trabajo conmocionó a la sociedad manchega, ya que su investigación responde a la necesidad de restañar esas heridas, lo que exige conocer el daño, hurgar y extirpar el tejido infecto para evitar que el mal rebrote y el cuerpo se emponzoñe, generando más dolor o más muerte. Y después, presentarlo, con el respeto y precisión debidos, a la sociedad. Una labor que así se inserta en los fundamentos de la antropología.

La horda vencida y animalizada

Julián López García, antropólogo, catedrático de Antropología Social y Cultural de la UNED, director del curso e investigador principal del proyecto Mapas de Memoria centró su conferencia en la construcción del relato de los vencedores para justificar el ajusticiamiento de los vencidos. “Se construyen  categorías sociales para estigmatizarlos. Se les convierte en una horda, se les animaliza porque así es justo apartarlos de la sociedad, acabar con ellos. En los registros, no se habla de oficios o profesiones, casi todos son jornaleros; no se anota la edad, ni se especifica si están casados o solteros o si tienen hijos; ni siquiera se consigna correctamente su nombre. Como resistencia a este retrato robot deshumanizador, muchos familiares acudieron a los archivos para modificar y corregir esos errores”, explica.

“Se define el modo en que debían vivir los vencidos. Sus casas o cárceles debían ser espacios de fealdad, hediondez, asociabilidad. Debían llevar vidas de animales, como apestados, sólo preocupados de su sustento. Debían carecer de sentimientos, eliminar las emociones sublimes como la risa, la valentía, la compasión, la pena. El individualismo ha de reinar entre la horda: la restricción de comida y bienes materiales, el calor, la separación de su entorno social y la destrucción de lazos familiares debía llevar al sufrimiento, a la ruptura del compañerismo y a la aniquilación moral e ideológica”.

Pero la estrategia no triunfó. “”Frente a la institucionalidad del terror en el sistema carcelario, los presos buscaron mecanismos para alimentar su sociabilidad y conservar intactos sus principios políticos. Sus familias adoptaron pequeñas microestrategias para salvarlos: si el dolor del castigo persigue la apatía de los familiares, la respuesta son hábitos saludables, de higiene y todos los cuidados que podían”. Si se impone el luto y la tristeza, se le contrapone el humor, como esas versiones sarcásticas del  Cara al Sol  que se cantaban bajo los coros estridentes del himno; la habilidad de la papiroflexia bien ensayada que doblaba y retorcía un icono de la División Azul hasta convertirlo en un martillo y una hoz; o las imágenes de los gobernadores de las provincias de las que provenían los presos, que adornaban los mazos de naipes que circulaban por las prisiones y que, en realidad, eran La Pasionaria, Largo Caballero, Manuel Azaña y otros líderes republicanos, totalmente desconocidos para los carceleros.

“Los ideólogos del mundo de la horda construyen para sí mismos una nueva realizad que incluye la limpieza territorial y la ordenación del tiempo: nuevos nombres de calles, edificios, cuestaciones obligatorias y nuevos calendarios. Pero los vencidos contraponen nuevas estrategias que abren grietas en el monolito vencedor: son mundos paralelos en los que evitan transitar por determinadas calles y encuentran tiempo para dedicarlo a actividades clandestinas”.

“La ausencia de belleza se contrapone con los cuentos e historias que los presos envían a sus hijos desde las cárceles de Franco y al pretendido aislamiento se contrapone la emoción y la ternura de esas cartas del último día, esas despedidas que los condenados a muerte enviaban a sus madres, esposas e hijos el día antes de su ejecución. Son un modelo de bondad, armonía, negación de la venganza y reivindicación de su memora. A la vez, transmiten la pertenencia a un linaje y casi siempre se revelan como hombres buenos que mueren por sus ideas”.

Monja, maestra, miliciana, aniquilada

Las mujeres, según los vencedores, se dividían en dos tipos, “unas apasionadas, entregadas a las bajas pasiones y otras frías”, más  proclives a la santidad. Desde sus primeros días de investigación, López se encontró con una mujer Josefa La Calle, cuyo expediente no aparecía por ningún sitio. Años después, investigando la documentación sobre otra persona, aparecieron sus datos. Se trataba de León de Huelves, un joven abogado, líder republicano presidente de los Tribunales Populares de Ciudad Real y ejecutado en 1944. Era su marido. Y su matrimonio, una sorprendente historia de amor sin final feliz.

Josefa La Calle se quedó huérfana de niña y fue recogida, junto a su hermana mayor, por unas monjas. Con ellas se formó, hizo la primera comunión, estudió bachillerato y se convirtió en maestra. Daba clases a otras huérfanas en colegios religiosos y era profesora particular de los hijos de ilustres familias católicas y derechas, puntales del régimen. León de Huelves creció en una familia anarquista y se formó como abogado. Desde joven viajaba por pueblos y villas de Ciudad Real dando apasionados mítines y escribía artículos incendiarios -alguno de los cuales le costó la cárcel y complicados procesos judiciales- como aquel en que, en plena República, afirmaba: “Sólo cuando la última piedra del último convento caiga, España será libre”.

A principios de los años 30 del pasado siglo Josefa La Calle, cuya hermana se había tomado los hábitos años atrás, se convierte en religiosa seglar. Por entonces, en la sociedad manchega se entreveraban las catarsis místicas por apariciones de vírgenes y santos en pueblos y aldeas, con los discursos inflamados de los líderes socialistas, comunistas y anarquistas. En el 34, en Puertollano, se desató una revolución minera similar a la de Asturias. Allí está Josefa como maestra del colegio de huérfanos. Allí está Hildegarda, impartiendo los primeros discursos feministas de la época. Y allí está León, asistiendo a la oleada de mutilaciones de imágenes sagradas –que enconó aún más los ánimos entre los partidos políticos- y escribiendo artículos satíricos sobre los parroquidermos y los claripopótamos, los curas gordos e intrigantes de la época.

“Algo debió pasar entre ellos y, desde luego, pasaron muchas cosas en aquella España desde ese momento hasta el 36. Nada sabemos, porque no consta en los informes”, señala el profesor Julián López, “el caso es que Josefa y León se casaron el año en que empezó la Guerra Civil. Y que al año siguiente, en el 37, nació su hija, a la que bautizaría un cura que tenían refugiado en su casa”. Esos dos años, León había sido presidente del Tribunal Popular de Ciudad Real, un cargo que abandonaría por blando, porque nunca emitió una condena superior a los 12 años, aunque algunos de los que juzgó fueron luego fusilados.

Poco después del nacimiento de su hija, detienen a Josefa. Se inicia un proceso donde se leen denuncias de muchos hombres que aseguran haberse acostado con ella, que afirman que se ofrecía a todos indiscriminadamente, que la acusan de ser amante de todos los líderes rojos, de inculcar peligrosas ideas marxistas en la mente de sus alumnas, de incitarlas a la práctica del amor libre y de practicarlo ella misma, y de ser, en resumen, una ramera, un ejemplo de mala mujer y un peligro para la moral de hombres, mujeres y niñas. Pese a que se leen 180 informes en contra de estos testimonios, de médicos, antiguas compañeras, religiosas y vecinos, Josefa es encarcelada.

León, por su parte, cae preso  bajo dos acusaciones: una, haber ordenado la muerte de varias personas mientras presidió el Tribunal Popular, cosa que rebate en un diario que llevaba con, entre otras anotaciones, el nombre de los muchos vecinos que salvó;  otra, la de blasfemo e instigador de la quema de santos. Según el relato de un compañero que lo acompañó en aquel suceso, él mismo y León, avisados por un vecino, acudieron a una era donde habían sido trasladadas varias imágenes religiosas en un carro. La intención de León era evitar la quema, no por ser objetos sagrados, sino por ser obras de arte, y en este sentido arengó a los allí reunidos. No le hicieron caso y trataron de prender las imágenes. Pero la madera añosa, casi petrificada, no ardía, así que alguien empezó a susurrar “milagro, milagro”. Y para evitar que las leyes de la física y la química de materiales se convirtiesen en milagro, León roció los santos con gasolina y prendió fuego a la pira.

En el año 43, la hermana de Josefa La Calle escribía una carta al director d ela prisión donde la había visitado. En ella solicitaba clemencia y caridad para su hermana y su cuñado, ambos presos y muy enfermos: ella prácticamente ciega a causa de un tumor cerebral; él quebrado por la tuberculosis. Ella muere meses después. A él lo condenan a garrote vil, un sistema de ejecución que añade el escarnio a la pena de muerte, aunque finalmente es fusilado en el 44.

“Dejaron una niña de 5 años. Supe que ella había muerto hace 7 u 8, y que a su vez, había tenido dos hijos. Cuando contacté con ellos nada sabían de la abuela, sólo que murió en la guerra. Algo más sabían del abuelo, pero también poco. Los dos son abogados y sé que han rescatado el expediente de ambos, porque está disponible para cualquiera que quiera estudiarlo. Reto a las alumnas y alumnos a retomar la historia donde la hemos dejado. Está en vuestras manos restaurar su memoria, y al de tantos otros”, concluye Julián López.

Amoroso trabajo sobre el desamor

Los ponentes del curso se muestran enamorados de la antropología y de la investigación que llevan a cabo en la última década, aunque su esencia trate del desamor y la violencia entre los dos bandos o, más precisamente, del bando de los ganadores sobre los perdedores. El catedrático emérito de Antropología de América de la UCM, Manuel Gutiérrez Estévez y el profesor de la UCLM, Juan Antonio Flores Martos, en sus ponencias  Violencias de aquí y de allá I y II  ofrecieron una imagen combinada del conflicto, no tan distinto en esencia, entre las comunidades indígenas de Latinoamérica y los pueblos manchegos republicanos durante la Guerra Civil y la posguerra.

Los profesores de la UNED que integran el equipo de investigación de la Memoria, liderado por el catedrático Julián López García, María del Carmen García Alonso, Jorge Moreno Andrés y Alfonso Manuel Villalta Luna, mostraron los poderosos instrumentos de la antropología para recuperar la realidad de los vencidos, enterrado bajo el relato de los vencedores. Las presentaron en sus respectivas conferencias:  Relatos desde los huesos: caminos a la santidad; Fotografía y duelo: las formas del recuerdo en contextos traumáticos; Los archivos del terror: manual de instrucciones.

Las Imágenes para un museo de la memoria, ofrecidas por Francisco Alía Miranda, de la UCLM y Luis Francisco Pizarro Ruiz, colaborador del Proyecto Mapas de Memoria de Ciudad Real, dieron paso a una mesa redonda  que recogía Testimonios de violencia de familiares de víctimas de la represión franquista y estuvo moderada por Carolina Espinoza Cartes del Proyecto Mapas de Memoria y Jorge Moreno Andrés. Las fuentes orales directas, con su carga de emoción, acreditaron, una vez más, el poder de la antropología como herramienta para comprender, curar y reconstruir la propia sociedad objeto de estudio.

Aida Fernández Vázquez

Comunicación UNED

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