Cuando los Borbones inventaron el veraneo y La Granja hizo Historia

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Palacio de La GranjaCreado para la felicidad, pero incapaz de ofrecerla a Felipe V, quien lo soñó, el Palacio y los Jardines de La Granja del Real Sitio de San Ildefonso supuso, sin embargo, la instauración de una costumbre de reyes y cortesanos de la que el pueblo, cuando puede, se adueña. Allí la entonces recién instaurada monarquía de los Borbones inventó el veraneo. Y allí se gestaron algunos de los episodios más trascendentes de la Historia de España.

 

 

DSC_1872Florentina Vidal, impulsora de los Cursos de Verano de la UNED en La Granja y primera ponente del curso “Jardines y parque históricos”, cuya tercera edición dirige Josefina Martínez, convierte a los estudiantes en piedras de palacio y secuoyas de jardín, testigos del paso del tiempo en aquel espacio, paraíso y prisión a la vez, de príncipes y princesas, guerreros y favoritas, políticos y millonarios, que lo habitaron a través de la Historia.

 

DSC_1800En el salón de actos del Ayuntamiento del Real Sitio de San Ildefonso descubrimos que Felipe V, el primero de la dinastía de los Borbones, ideó el palacio y los jardines de La Granja como su casa de placer y de retiro, como un sitio para ser feliz. Eduardo Juárez, en su conferencia “El jardín del Rey Loco: Felipe V y el uso terapéutico del jardín barroco” lo pone en duda: ni fue palacio de retiro, ya que tras abdicar en su hijo y el fallecimiento de éste tuvo que asumir nuevamente la corona y a La Granja llegaban los problemas del Estado y de la corte; ni tampoco fue lugar de placer, pese a los cantos de Il Castrato, a los juegos cortesanos, a la DSC_1879caza y al amor de su esposa Isabel de Farnesio. El rey padecía una enfermedad mental, que hoy llamaríamos bipolaridad, que le sometía a vaivén desde la máxima actividad a deshora a la más profunda depresión, pasando por el delirio. Un mal que le impedía disfrutar de la vida y ser feliz en La Granja, o en cualquier otro sitio.

 

El rey loco, el rey ausente y el mejor rey de España

 

DSC_2140La profesora Vidal inicia nuestro peculiar paseo por la Historia antes de que el palacio se haya materializado. Felipe V “quería un lugar que le recordara a los palacio franceses campestres donde habían trascurrido su niñez””. Su proyecto de retirarse a La Granja se vio frustrado por la muerte de su hijo Luis I, en quien había abdicado, y se resignó a pasar allí únicamente algunos meses “Desde sus orígenes este Real Sitio ha sido testigo de acontecimientos importane para la historia de España y también de los buenos momentos pasados durante los veraneos de la familia real y la corte”.

 

Al morir Felipe V, su heredero Fernando VI, envió a su madrastra, Isabel de Farnesio y a sus dos hermanastros pequeños a La Granja para mantenerla alejada de la corte. “Los recuerdos del nuevo rey de San Ildefonso no eran buenos, posiblemente por su mala relación con Isabel”, quizá por eso decidió veranear con su mujer, Bárbara de Braganza, en el Real Sitio de Aranjuez.

 

 

DSC_1990La Granja de San Ildefonso recobró su esplendor como lugar de veraneo al llegar al trono Carlos III, primer hijo de Isabel de Farnesio. El nuevo monarca se había pasado 25 años entrenándose para el cargo como rey de Nápoles. Este “monarca absoluto, que no tenía grandes inquietudes intelectuales, sobrio y poco cultivado, supo rodearse de ministros de gran valía. Gracias a ellos conoció las ideas ilustradas que le permitieron reformas importantes en la vida del país. En la Historia ha quedado como uno de los más grandes reyes de España”.

 

A Carlos III, viudo de María Amalia de Sajonia que le dio trece hijos, y que nunca se volvió a casar, no le gustaba leer, ni la música, ni el teatro, ni el arte, ni las fiestas, aguantaba a duras penas los besamanos en la corte y únicamente disfrutaba con la caza. Y ¿qué mejor lugar para cazar que el bosque y el parque de La Granja? “Cuando estaba en San Ildefonso cazaba dos veces al día, salvo en Semana Santa”, porque era muy religioso. Consideraba su afición cinegética “una terapia para luchar contra la melancolía, que había aquejado a sus antecesores de forma muy grave”.

 

De pobre aldea a centro cosmopolita

 

DSC_2163Cuando empezó la construcción del palacio, en 1721, San Ildefonso era poco más que una aldea que se llenó de chozas y barracones para albergar a los obreros que llegaban de fuera. Mientras duró el reinado de Felipe V sólo se utilizaba durante las vacaciones, pero “no había espacio suficiente para instalar en él a todos los políticos, nobles, militares y religiosos que se trasladaban con el monarca”. Se inició entonces la construcción, “siguiendo criterios urbanísticos franceses que estaban en auge en el barroco” de numerosos edificios de uso oficial: “la casa de oficios, la casa de canónigos, las caballerizas de la reina…”

 

Fue Carlos III quien terminaría el proyecto y quien además, como el suelo seguía siendo de propiedad real, daría las licencias oportunas para edificar edificios sólidos y urbanizar el entorno. “Se uniría la plaza de Palacio en el barrio alto con el barrio bajo, suavizando la pendiente la calle de Infantes”. Ésta ejercería de eje de las futuras actuaciones urbanísticas que supondrían el derribo de numerosas barracas, incluso las que estaban adosadas a la antigua muralla de la ciudad. Las residencias de embajadores, alto clero, banqueros y militares sustituirían al casi chabolismo que imperaba en la zona.

 

A raíz de la epidemia de peste declarada en 1735, el rey obligó a enterrar a los muertos fuera de las iglesias y establecer los cementerios fuera de las ciudades. Fundó un hospital y un teatro y se crearon también cofradías, hermandades de socorro y asociaciones benéfico-religiosas que agrupaban a trabajadores de un mismo oficio o personas unidas por intereses comunes. “Algunas de aquellas cofradías aún existen y continúan desempeñado una destacada labor social, como la llamada de San Ildefonso, fundada por los jardineros de palacio”.

 

Carlos III compró los montes comunes de Valsaín y Riofrío a Segovia e incorporó una parte a los jardines del palacio y acondicionó las riberas del Eresma con saltos de agua y puentes en un recorrido que hoy conocemos como las Pesquerías Reales.

 

DSC_2109La primera actividad industrial registrada aparece con dos vidrieros que pidieron permiso real para abrir una fábrica que atendiera los pedidos de palacio. Años después, un incendio acabaría con ella. Reabierta y nuevamente arrasada por el fuego, en 1772 abre por tercera y definitiva vez. “Es el edificio que actualmente alberga el Museo y escuela de formación de vidrio, fuera de la cerca, para evitar los desastres colaterales de un posible incendio. La Real Fábrica de Vidrio de La Granja es uno de los mejores ejemplos de la arquitectura industrial europea del siglo XVIII”.

 

En definitiva, asegura Florentina Vidal, “hasta 1760 San Ildefonso fue un palacio rodeado de un extenso coto de caza, pero a partir de entonces se convirtió en una bonita localidad”. El escenario perfecto para escaparse del calor, los ruidos y la incomodidad del verano en la corte madrileña.

 

Bodas, acuerdos y amores prohibidos

 

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La familia de Carlos IV, Francisco de Goya (Museo Nacional del Prado)

El Palacio de La Granja de San Ildefonso fue escenario de la boda de Carlos IV con su prima hermana, María Luisa de Parma. El padre del esposo era el rey Carlos III y los dos contrayentes compartían abuela: Isabel de Farnesio, encantada al comprobar que su nieta italiana sería un día reina de España. El carácter del rey suegro contrastaba con el de la sobrina nuera: él taciturno y sobrio; ella alegre, habladora, ocurrente y frívola. Pronto saltaron chispas entre ambos y viendo el viejo rey que la recién casada coqueteaba con uno de los guardias, rápidamente destinó al mozo lejos de San Ildefonso.

 

Cuando Carlos IV fue coronado rey, aquel guardia de corps, llamado Godoy, fue reclamado a la corte y elevado al más alto rango por su querida reina María Luisa. El rey la adoraba a ella; ella a su ministro y el pueblo de Madrid, al tanto de todo, asumía el trío de Palacio al que se referían como La Trinidad. El rey era un hombre tímido, inculto y muy aburrido, que disfrutaba arreglando relojes, fabricando zapatos o luchando con sus criados. Le gustaba Godoy, un ministro trabajador, ambicioso y buen negociador, que le ahorraba el arduo proceso de tomar decisiones. La reina tenía sus razones para favorecer al ministro y éste demostró quererla a ella y, a su manera, respetar al regio marido. “Su relación continuó de por vida; aún en el exilio de Roma, Godoy vivió con los reyes, ya ancianos y empobrecidos, y cuidó de la reina hasta el día de su muerte”.

 

Antes de que eso ocurriera, Godoy firmó en La Granja, en nombre de Carlos IV, una alianza militar entre España y Francia -hasta poco antes su enemiga- contra Inglaterra. Ese acuerdo permitió al ciudadano Napoleón, poco a poco, intervenir en los asuntos de gobierno del Borbón y finalmente iniciar la invasión francesa de la península.

 

Manos blancas no ofenden…” pero escriben la historia

 

Tras la Guerra de la Independencia, con Fernando VII como rey absoluto, casado ya tres veces y sin descendencia, y con su hermano Carlos María Isidro nombrado sucesor, los salones de La Granja se convirtieron en escenario de intrigas palaciegas y luchas de poder. Corría 1830 cuando la cuarta esposa del monarca, María Cristina de Nápoles, da a luz una niña, Isabel, a la que seguiría dos años después Luisa Fernanda. Desde San Ildefonso el rey pone en vigor la Pragmática Sanción, que abolía la Ley Sálica y, por tanto, convertía en heredera a la infanta Isabel en detrimento de Carlos María Isidro. Años después, con el rey muy enfermo en La Granja, el ministro Calomarde, carlista convencido, presiona a María Cristina y consigue que derogue la Pragmática Sanción.

 

DSC_1918Dos meses después, en el mismo palacio, con el rey agonizante, la infanta Luisa Carlota, hermana de la reina, enterada de los tejemanejes del ministro y frente a toda la corte, “echó en cara a Calomarde su comportamiento desleal, rompió el original y todas las copias del decreto y, al ver el gesto de cólera del ministro, le propinó una tremenda bofetada. Calomarde respondió con la famosa frase ““Manos blancas no ofenden, señora”.

 

Fernando VII anuló el decreto derogatorio y su hija Isabel, de 2 años, fue nombrada princesa de Asturias. Hasta su mayoría de edad su madre María Cristina sería la regente. Pero en los salones de La Granja se había gestado la tragedia. Al morir Fernando VII “el problema sucesorio dio lugar a las crueles guerras carlista entre los partidarios de Carlos María Isidro y los de la pequeña Isabel, que asolaron el país durante todo el siglo XIX de forma intermitente”.

 

Sangre, amor y política

 

La profesora Vidal rescata otra secuencia de los asuntos reales que giran en torno a La Granja y sus consecuencias para la política del país. “Según cuenta en sus memorias la infanta Eulalia de Borbón, hija de Isabel II, al quedar viuda María Cristina decidió descansar un tiempo en La Granja y en el viaje conocería al que sería su segundo esposo, el capitán Muñoz, oficial de la Guardia Real. Parece ser que la regente empezó a sangrar por la nariz y el capitán que la escoltaba le ofreció su pañuelo. Así se inició el romance que culminó a los tres meses de morir Fernando con el matrimonio secreto de Cristina y el apuesto capitán. Un matrimonio morganático difícil de ocultar, que terminó siendo un secreto a voces”.

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Pero pocos secretos se podían guardar en la corte, sobre todo si había hijos por el medio, y si la regente tenía que guardar el protocolo y asistir a los actos públicos. “Cinco horas después de dar a luz a su último hijo tuvo que leer el discurso de apertura de las Cortes. A consecuencia de esto tuvo un desmayo que desató las habladurías”. María Cristina estaba en manos de sus ministros, que le chantajeaban con desvelar su matrimonio secreto, “arruinó el prestigio de la monarquía y comprometió seriamente el porvenir de su hija Isabel”.

 

La regente, aun siendo de talante absolutista, había sido apoyada por los liberales, que la presionaban para iniciar reformas sociales. En 1835 los liberales llegaron al gobierno y frente a ellos se encontraba Mendizábal. Pronto inició sus amortizaciones, muy impopulares entre las clases altas y el clero, los principales afectados por la exención del suelo. “En aquellos momentos el ambiente político de España distaba mucho de ser tranquilo, en todo el país se sucedían los levantamiento populares urbanos en demanda de mayores libertades, incitados por los progresistas y apoyados en muchos casos por los militares. Siempre con el telón de fondo de las guerras carlistas”.

 

En la noche del 12 al 13 de agosto de 1836 un grupo de sargentos de la guarnición de San Ildefonso, con el apoyo de la Guardia Real de palacio, que llevaba varios meses sin cobrar su salario, entraron hasta el salón privado donde estaba la regente con sus hijas. “La obligaron a volver a poner en vigor la Constitución de 1812 y a que nombrara un gobernó liberal progresista”. Así, Isabel se convirtió, gracias a la noche de La Sargentada en La Granja, en la primera reina Constitucional de España.

 

Licencias de rey, escándalos de reina

 

Isabel II

Isabel II con la princesa de Asturias, de Franz Xavier Winterhalter (Palacio Real).

Florentina Vidal constata que la reina Isabel “ha dejado mal recuerdo tanto por el nefasto papel en la política del país como por los escándalos de su vida privada. Pero esos escándalos no se hubieran considerado tales si el protagonista hubiese sido un hombre. Y se puede recordar la vida privada de su padre Fernando VII, o la de Alfonso XII y Alfonso XIII”, todas pobladas de aventuras galantes, o proezas sexuales o rumores de hijos ilegítimos.

 

En descargo de la reina, Vidal recuerda que Isabel fue nombrada heredera al trono a los 3 años. A los 10 su madre, María Cristina, se marchó al exilio en Francia con su marido secreto y sus otros hijos. A los 13 fue declarada mayor de edad. “La futura reina vivió su niñez en manos de políticos interesados que manipularon su vida y decidieron su matrimonio con su primo, el infante Francisco de Asís en función de los interés del país. Todos sus biógrafos coinciden en la ausencia de una formación acorde con el papel que debía desempeñar como reina constitucional”.

 

DSC_2067Desde niña Isabel pasó todos los veranos en La Granja. Y aún hoy se cuentan, en voz baja, los secretos de la joven reina por los jardines de palacio. Como aquellos que recogen su disgusto y su rabieta cuando le comunicaron que debía casarse… y con quién. “¡Con la Paca, no! ¡Con la Paca no!, dicen que gritaba. Y que tras su noche de bodas con su primo Francisco, dicen que bromeaba sobre cómo el traje de dormir del novio tenía más puntillas que el suyo propio.

 

Florentina Vidal recuerda el auge que la iniciativa de la reina supuso para San Ildefonso: se crearon zonas de jardines románticos al estilo inglés; se plantaron árboles exóticos como secuoyas o cedros del Líbano; se construyó la carretera a Riofrío; se proyectó un ferrocarril que enlazaría La Granja, Segovia y Valladolid; se proyectó la construcción de chalets, casas, mercados, tiendas y un tranvía que llegara hasta los jardines… Y a iniciativa de su marido, Francisco de Asís, se construyó en el lago llamado Mar, la que sería la segunda piscifactoría de truchas de España.

 

Pero todo se vino abajo “porque lo que para algunos era deseable, no lo parecía para otros, que veían inconveniente que La Granja se llenara de gente dominguera y estropeara el ambiente selecto del veraneo creado por los aristócratas y personaje de la Corte, alrededor de los reyes”.

 

DSC_1994Los veranos de Isabel y su familia en San Ildefonso eran muy animados: cazaban en el parque de La Granja y en el de Riofrío; pescaban en los ríos, y en el lago; la reina guiaba su coche de caballos a toda velocidad por el pueblo con el consiguiente susto de los vecinos; hacían excursiones a pie o en carruaje; bailaban en el laberinto y por la noche alternaban los conciertos, cenas en palacio o en casa de amigos poderos; jugaban a las cartas o recibían a grupos de teatro ambulante que les representaban las obras de moda. “La Granja se puso de moda entre los nobles y la alta burguesía madrileña y en los veranos la localidad aumentaba su población hasta superar en 5.000 el número de habitantes habituales”.

 

La Granja pierde prestancia con la aparición de la moda de los baños de ola, que se tomaban en Santander o San Sebastián. Y en plena temporada de baños pilló a Isabel II la revolución llamada La Gloriosa, que a primeros de septiembre de 1868 obligó a la familia real a exiliarse en Francia.

 

Del romance al ocaso

 

Tras la abdicación de Isabel II y la restauración de los Borbones, en el verano de 1877, el rey Alfonso XII invita a sus tíos, los poderosos Montpensier, a pasar el verano en La Granja. Su hija, María de las Mercedes, los acompaña. En los jardines de palacio se fragua el romance y el rey decide casarse con su prima. Ni Isabel II ni nadie en toda la corte apoya la boda. “Ni siquiera la clase política recibió la noticia con agrado y hubo arduos debates en el Parlamento cuando el solicitó, como exigía la Constitución, su aprobación para el matrimonio. Por fin se celebró el enlace, pero la reina Mercedes falleció el mismo año de su boda y Alfonso la sobrevivió sólo siete más. Murió de tuberculosis con 27 años”.

 

DSC_2000Su hijo y heredero, Alfonso XIII, pasó su luna de miel en San Ildefonso, que tanto le gustaba y donde nacieron tres de sus hijos: Jaime, Juan y Beatriz. Allí organizaba bailes en palacio que duraban toda la noche; asistía a las verbenas populares y a las corridas de toros. La nueva reina, Victoria Eugenia de Batenmberg, nieta de la reina Victoria, trajo sus costumbres inglesas a La Granja: el polo, el tenis, el golf y los paseos a caballo, en los blases, unos mulos de poca talla que usaban todos los veraneantes. “Para entonces habían cambiado nuevamente los gustos en el veraneo. Las doctrinas higienistas que recomendaban la prácticas de los deportes se incorporaron a las distracciones de reyes y nobles. Muchas de las instalaciones que se utilizaron hasta 1932 se construyeron por iniciativa de este soberano”.

 

Uno de los personajes más queridos de los que habitaron el palacio de San Ildefonso fue la hija de Isabel II, llamada Isabel La Chata, la única persona de la familia real a quien durante dos años se le permitió vivir en España, en plena crisis política ya que existían muchos recelos sobre las intenciones de su madre. Fue Cánovas quien le pidió que residiera en La Granja. “Viuda a los tres años de su boda, decidió no volver a casarse y acompañar en sus tareas a su hermano Alfonso XII y luego a su sobrino, Alfonso XIII. Desempeñó un papel importe en la corte apoyando al primero en sus obligaciones como rey y frenando sus entusiasmos juveniles y aventuras amorosas”.

DSC_1956A partir del incendio de 1918, que destruyó una parte del palacio, la familia real dejó de acudir a la Granja, pero La Chata seguía pasando allí una temporada cada verano. “A su alrededor se creó un círculo de nobles y familias de la alta burguesía de los negocios madrileña” A las tertulias que organizaba en sus jardines acudía Joaquín María de Castellanau, ingeniero de montes de la Real Casa, con quien, según algunos autores, podría tener una relación amorosa. También invitaba a familias nobles monárquicas, como los marqueses de Nájera y de Lozoya. O a la familia Bauer, banqueros de origen judío instalados en España a mediados del siglo XIX como agentes de la casa Rothchil en sus negocios de minería, ferrocarriles y refinerías de petróleo.

 

“La infanta salió de España al tiempo que toda la familia real, a pesar de que gobierno de la República le ofreció la posibilidad de que se quedará. Marchó al exilio en París, donde murió a los pocos días de llegar”.

 

El último episodio que vivieron los jardines y los muros del palacio de La Granja ocurrió en 1932. La profesora Vidal cuenta la anécdota con gracia. El presidente de la República, Manuel Azaña, pasó el verano en el palacio y San Ildefonso. Le acompañaba su secretario Sánchez Guerra con su familia. Un día la esposa del secretario decidió ir con sus niños abañarse al Salto del Olvido. Un guarda le salió al paso indicándole que no podía entrar ya que se trataba de un club privado.

 

DSC_1962“Sin hacer caso, la señora llegó a las instalaciones pero algunos bañistas le advirtieron que no podía estar allí porque era un espacio reservado a los socios. El enfado de la señora dio lugar a que su marido se acercara al lugar, indignado por lo que consideró mal trato a su familia. Las explicaciones del presidente y el secretario del club – el marqués de Valdeiglesias y el conde de Albiz- no resultaron satisfactorias. Dieron lugar a nuevos problemas entre los miembros del gobierno y los encargados del Salto del Olvido. Ese verano se cerraron definitivamente las instalaciones”.

 

DSC_1932La Guerra civil, que con tantas cosas terminó, acabó también con los veraneos de los Borbones y los hitos históricos en el palacio y los jardines de La Granja de San Ildefonso, el lugar ideado por un rey para ser feliz pero que nunca lo consiguió.

 

 

Aída Fernández
Fotografías: José Rodríguez
Edición web: Elena Lobato

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