Construyendo una nueva Guerra Civil

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La arqueología de los campos de batalla permite acercarnos a la contienda española desde una nueva dimensión

 

Fotografía: José Rodríguez

Fotografía: José Rodríguez

Recordar batallas olvidadas y devolver a los libros de Historia las experiencias allí vividas por sus protagonistas son los objetivos de la arqueología de los campos de batalla, una ciencia de la que habló Alfredo González-Ruibal, científico titular del Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) a los alumnos del curso Campos de batalla, trincheras, búnkeres y centros de represión. Arqueología de los conflictos bélicos del siglo XX, celebrado en el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso. “No se trata de descubrir cosas nuevas”, explicó el ponente a los asistentes, “sino de contarlas de una forma distinta, darles una nueva dimensión y construir y relatar una nueva Guerra Civil”.

 

En el campo que nos ocupa, los descubrimientos no lo son tanto por el hallazgo en sí, en ocasiones de escaso valor, sino por lo que nos cuentan de lo que sucedía en las trincheras, en los refugios y en los distintos escenarios en los que se sucedían las contiendas. Una medalla de la Virgen del Pilar hallada en un puesto republicano durante la Batalla de Madrid nos cuenta que “no todos los reclutas del Frente Popular eran ateos y comunistas, a pesar de los esfuerzos de los Nacionales de ofrecer una imagen del republicano igualado a un rojo sediento de sangre”, relató González-Ruibal.

La Batalla de Madrid es uno de los episodios estudiado por este grupo de arqueólogos, pero no el único. “La batalla de Belchite es una de las más conocidas porque Franco mandó conservar las ruinas de la ciudad como muestra del horror de la barbarie roja. Nosotros estudiamos la zona de alrededor porque queríamos desmitificar Belchite y devolverlo a su lugar en la Historia”. El ponente ejemplificó sus palabras con el acontecimiento acaecido en el Fortín del Saso, del que siempre se ha dicho que cayó enseguida por el asesinato a traición de un cabo a su oficial. “Sin embargo”, contó el ponente, “los hallazgos arqueológicos rebelan que el combate allí fue muy duro, lo cual no concuerda con la idea de que el fortín cayó rápido. Esto puede deberse a que el fortín lo construyó un afamado arquitecto, el capitán Adrada, como ejemplo de fortificación… y la idea de la traición se pudo construir posteriormente para no perder su prestigio”.

 

Fortín de El Saso

Fortín de El Saso

La arqueología de batalla también permite conocer más de cerca al soldado de ambos bandos. Los numerosos “kits” de higiene personal hallados en la zona estudiada de Belchite, y que incluían pasta y cepillo de dientes y peine con lendrera, son “tan importantes como las balas encontradas”, explica el científico. “¿Por qué? Porque lo que menos se hacía en una trinchera era disparar. Lavarse y cuidarse era una acción diaria que no sólo era importante por salud, sino también psicológicamente: estar presentable, poder mirarte en un trozo de espejo y reconocerte… y también es importante para definir nuestra historia cultural. Antes de la Guerra Civil casi nadie se lavaba los dientes, sólo las clases medias, pero al Ejército le interesaba que sus soldados estuvieran sanos, pues las enfermedades podían provocar más bajas que la propia contienda, y se encargó de normalizar la higiene diaria”.

 

Gracias a los trabajos de prospección podemos saber que los republicanos eran más efectivos con los golpes de mano que los franquistas. “Esto se explica porque ocupaban mejores posiciones en altura y porque los republicanos construían sus refugios en las laderas más protegidas. Los franquistas los construían en zonas visibles porque en África se habían acostumbrado a hacerlo así, algo que en Marruecos tenía lógica porque los rifeños no tenían ni ametralladoras ni aviones, pero que en la Guerra Civil suponía una muy mala idea”.

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Cualquier objeto puede ayudar a reconstruir y recontar la guerra. Gracias a unas monedas sabemos que los soldados que lucharon en Belchite eran en su mayoría catalanes; cada lata vacía supone un grupo de cinco soldados, pues los documentos reflejan que así se repartían las viandas; las botellas de vino, coñac, licor… nos demuestran que el alcohol es imprescindible para sobrevivir a una guerra; un pequeño frasco de perfume nos hace pensar en la esposa o la novia de ese soldado y en las veces que él lo olería para recordarla; las cajas de medicinas nos cuentan que los reclutas sufrían de reúma, enfermedades broncopulmonares y alergias…

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Y una pequeña chapa identificativa, con un número de batallón y unas iniciales, permiten establecer grandes diferencias entre nuestro país y el resto de Europa. “En la Primera Guerra Mundial todos los soldados llevaban una chapa con su nombre completo. Existía una gran preocupación por el destino del propio cuerpo una vez muerto, de ahí que los soldados se colgaran chapas en diversas partes del mismo, por si quedaba fragmentado”, explica el experto. “Esta tendencia a la individualidad no existía en España. La sociedad era aún labriega, campesina, una sociedad en la que pesa más lo colectivo, de ahí que en las chapas lo importante sea la identificación del grupo –el batallón, el regimiento- y no de la persona, que se limita a unas iniciales o un número de afiliación”.

 

Para muestra, un botón

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Escuchar las interesantes ponencias de los expertos de los Cursos de Verano es, en sí misma, toda una experiencia, pero si a ello se puede sumar el placer de completar el conocimiento adquirido con una vivencia in situ, todo se revaloriza. De la mano de Eduardo Juárez, codirector del curso, los alumnos pudieron recrear en primera persona el escenario de la Batalla de la Granja, que tuvo lugar entre mayo y junio de 1937.

 

Trincheras
Comunicación UNED: Ver galería de imágenes.

 

Itziar Romera
Edición web: Elena Lobato

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