Todo lo que hay que saber sobre Inteligencia Emocional aplicada al coaching

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La historia de dos alumnos que, sin saberlo, dieron ejemplo a un curso de verano que comenzó el lunes en el Centro Asociado de Madrid-Escuelas Pías y en el que se conocerán distintos enfoques actuales sobre la influencia del componente afectivo en el desarrollo personal y profesional

Una imagen de Juan Carlos Pérez González en la que se ve a nuestros protagonistas

Estaban sentados delante de mí y el curso Del coaching al autocoaching con inteligencia emocional comenzaba con un poquito de retraso. Se presentaron, como debe ser, y yo, que soy periodista -que no es cotilla- no tuve más remedio que atender a su conversación. Sus nombres comenzaban los dos por “Ar” y el de ella, además, era precioso, que lo dijo él. Estaban en el curso por motivos distintos, aunque al final no tanto: él, profesor que de vez en cuando quiere ser alumno; ella, jubilada de forma anticipada por una enfermedad de la que está segura de que se va a curar… tan segura que ha querido ir adelantándose a su próximo “reenganche” a la UNED después de haberse matriculado “hace mucho” de una asignatura de Psicología. Él también está seguro de que ella se va a curar “porque todo está aquí y aquí”, le dice señalándose su cabeza y su corazón. Y lo dice con conocimiento de causa porque, según sus propias palabras, tiene el récord de la Comunidad de Madrid en salir del hospital después de un trasplante de hígado. “Diez días, cuando lo normal son de tres a cinco meses de ingreso”, le explica. Y todo porque TODO está en la cabeza y en el corazón. Él tiene una voz fuerte y bonita que alza para decirles a los demás cómo se llama ella en el momento de las presentaciones. “Yo no había oído nunca un nombre tan bonito”, dice. Ella es más tímida, pero tiene al hablar la fuerza que seguramente le han dado unas circunstancias adversas a las que ha plantado cara.

Yo escucho, miro sus sonrisas y pienso: “pues ya me puedo ir… ¡ ya sé todo lo que tengo que saber sobre Inteligencia Emocional aplicada al coaching!”, pero me quedo, que el curso ha comenzado y su director, Juan Carlos Pérez González, profesor del Departamento de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación II, director del Máster en Inteligencia Emocional de la UNED y director del Laboratorio de Educación Emocional de la universidad, ha empezado a hablar y en apenas un minuto ya ha conseguido captar la atención de los estudiantes que casi llenan el aula, de los que lo siguen desde casa… Y la mía.

Lo que más me sorprende es la juventud de esta ciencia. “De Inteligencia Emocional apenas llevamos 25 años hablando”, explica el profesor, “y hace unos 15 años que convivimos con términos como coach y coaching, que ahora convergen con la Inteligencia Emocional”, continúa. “Sin embargo, la Inteligencia Emocional como ciencia ha generado tanto interés que en un cuarto de siglo se ha avanzado tanto en ella como en otras en siglos”. Así, la ciencia ya ha avanzado bastante en la respuesta a una cuestión frecuente: ¿Qué importancia tiene la Inteligencia Emocional en la vida de las personas? “Tiene un gran impacto”, responde Pérez González, “en el desarrollo personal del individuo, tanto en su desarrollo profesional como en la elección de su carrera personal”.

El director del curso aseguró que “sabemos que las personas con mayor Inteligencia Emocional tienen más capacidad para avanzar en estar áreas y se implican más en sus trabajos, sobre todo cuando dichos puestos requieren trabajo en equipo o una alta exigencia emocional, como todos aquellos relacionados con cuidados a otras personas tales como enfermeros, trabajadores sociales, médicos de familia, educadores…”. “También sabemos”, añade, “que en el ámbito académico la Inteligencia Emocional influye, pero no tanto como se piensa, y que ayuda sobre todo en los casos en los que el Cociente Intelectual (CI) está por debajo de la media; es decir, que cuando existe el conocimiento, la Inteligencia Emocional no es determinante, pero cuando la capacidad es menor, la Inteligencia Emocional puede compensar esa carencia”.

Juan Carlos Pérez hizo hincapié en que estos conocimientos ya están demostrados científicamente, aludiendo a un estudio elaborado en Bélgica por una compañía de seguros de salud que midió el nivel de Inteligencia Emocional de sus clientes y lo comparó con su gasto médico, historial de salud y hábitos médicos. La conclusión mostró que “a mayor Inteligencia Emocional, menor gasto médico”.

Al hilo de estas conclusiones, que generaron un interesante debate, se planteó la siguiente cuestión: ¿Se puede mejorar la Inteligencia Emocional?. “Sí”, respondió el ponente sin titubeos, “pero no es tan fácil como se decía a principios de los 90 y requiere un gran trabajo que no tiene un excesivo impacto”. Es decir, hay herramientas para trabajar la Inteligencia Emocional que funcionan, pero hay que esforzarse mucho y los resultados no son excesivamente positivos.

El director contó a los asistentes  que esta aseveración es reciente, pues el estudio que la fundamenta se dio a conocer hace dos semanas y su publicación todavía está pendiente, y explicó en qué consiste un metaanálisis: “son investigaciones en las que se analizan los resultados de muchas investigaciones que tratan de responder a la misma pregunta y con las que se obtiene un promedio estadístico con el que medir la fiabilidad de los resultados”. La investigación que nos ocupa se ha dedicado precisamente a esto: a comparar los resultados de más de 20 estudios centrados en medir la eficacia de las herramientas para incrementar la Inteligencia Emocional y la conclusión es la adelantada por el experto. En resumen: “No se pasa de tonto emocional a Einstein emocional”, afirmó Pérez Gónzalez, pero se puede lograr.

¿Cómo? Pues, por ejemplo, asistiendo a cualquiera de los cursos sobre Inteligencia Emocional que propone la UNED. Quizá nuestros amigos se encuentren allí de nuevo…

Itziar Romera

Comunicación UNED

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