Montserrat Cañedo: “Las tradiciones se van reinventando”

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Profesora del Departamento de Antropología Social y Cultural de la UNED, dirige el curso de verano “La sidra en Asturias: cultura, ciencia y patrimonio”.

Licenciada en Sociología y Ciencias Políticas, y doctora en Antropología Social, Montserrat Cañedo Rodríguez ha centrado su trayectoria de investigación en la antropología política y los estudios urbanos, abordando temas como, por ejemplo, los procesos de construcción de la localidad en arenas políticas urbanas, la antropología histórica del Madrid moderno, o los flujos alimentarios y las redes urbanas. Desde 2009 es profesora del Departamento de Antropología Social y Cultural de la UNED.

Al dirigir esta semana el curso de verano “La sidra en Asturias: cultura, ciencia y patrimonio» en el Centro Asociado de la UNED en nuestra comunidad autónoma, Montserrat Cañedo regresa, una vez más, a casa, ya que nació en Gijón, donde vivió hasta los 18 años, cuando se trasladó al País Vasco para cursar sus estudios universitarios, que completaría en Madrid.

¿Por qué es importante abordar la cultura de la sidra desde un punto de vista antropológico?

El punto de vista antropológico resulta especialmente interesante para ofrecer una perspectiva global. Los antropólogos trabajamos con el concepto de cultura, que es central en antropología y que es muy útil para aproximarse al mundo de la sidra, ligado en Asturias a la vida cotidiana, a los modos en que la gente socializa y se divierte, al funcionamiento de la economía… Así, a partir de la idea general de cultura nos acercamos a las diferentes dimensiones del fenómeno, que de algún modo están conectadas entre sí.

¿Y qué considera que es lo más significativo de la sidra para la antropología? ¿Qué la hace distinta de otras bebidas tradicionales?

Quizá la sidra, a diferencia de bebidas que se consumen de manera más global, como la cerveza o el vino, va ligada a territorios delimitados como Asturias, aunque también se consuma en otras zonas. El hecho de que en España se identifique con Asturias y con algunas zonas del País Vasco le da una dimensión distinta, y hace que se pueda ver incluso como un emblema o como algo icónico, que caracteriza las formas de vida en esos territorios.

En su ponencia ha abordado «Historias globales de las manzanas», aunando naturaleza, ciencia y cultura.

He tratado de plantear cómo la naturaleza y la cultura no se oponen. A veces pensamos: «esto es natural», «esto es cultural», o «esto es tecnológico», como si lo tecnológico no fuera natural… Estas oposiciones, que en ocasiones manejamos de manera muy diferenciada, en el fondo se mezclan. Por eso he tratado de mostrar, desde una historia de las manzanas, cómo la globalización ha estado presente en el mundo de la producción y distribución de manzana desde los orígenes históricos, aunque con distintos sentidos, y cómo lo natural y lo cultural convergen, por el hecho de que las manzanas son un producto determinado por procesos biológicos, pero que también están intervenidos por la acción humana cultural… En ellas se produce una disolución de fronteras entre lo natural y lo cultural. Asimismo, en la ponencia hemos visto también otra disolución de fronteras entre lo local y lo global, porque todo lo que se sabe sobre manzana circula por canales globales, por ejemplo los centros de investigación científica que trabajan en el sector, etcétera. Local y global, naturaleza y cultura, en realidad no se oponen, se entremezclan, y esto se ve muy bien a partir de los avatares, por así decirlo, de la sidra.

¿La reinvención de la tradición está presente también en la cultura de la sidra?

Es probable. Obviamente, en algún momento histórico empezó el escanciado, por ejemplo. Antes no lo había y después lo ha habido. ¿Eso lo hace menos auténtico? La autenticidad es una cuestión de grado, de lo que en cada momento histórico se valora como tal. Las tradiciones no son cosas que vengan de la noche de los tiempos, iguales a sí mismas, sino que se van amoldando al transcurso histórico, se van reinventando. Y esto no quiere decir que sean falsas, o que no sean auténticas, sino que la tradición funciona así realmente, como una adaptación partiendo de algo antiguo. También en este caso ocurre que no hay tanta oposición entre lo antiguo y lo nuevo, sino que se mezclan, se constituyen mutuamente.

¿La candidatura de la sidra como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad puede tener opciones? ¿Qué beneficios traería consigo?

De esto tendrían que hablar las personas del sector, las personas más involucradas con la producción, la organización… Supongo que puede tener intereses económicos, comerciales, quizá a nivel turístico, de reivindicación patrimonial… Una serie de intereses múltiples. Los actores que están involucrados en que la candidatura salga adelante muestran que es un tema que puede tener importancia social.

Como investigadora de la antropología de los estudios urbanos, cuando vuelve a Asturias y a Gijón, ¿qué le llama la atención sobre la evolución que están teniendo?

A veces cuando vengo me da la impresión de que la sociedad se ha asturianizado mucho. En mi infancia y en mi primera juventud no recuerdo que le diésemos tanta visibilidad, por ejemplo, a temas lingüísticos o a cuestiones señaladas como cultura asturiana. En Asturias la sociedad ha potenciado el mostrar los emblemas o los iconos de asturianidad. No solo en Asturias, también ha pasado en otros lugares, y es algo que tiene que ver con el desarrollo de la conciencia patrimonial, de la importancia de las tradiciones, de la cultura, el desarrollo del turismo, y el desarrollo de la ciudad ligado a la reivindicación de la identidad. Me llama la atención que hay muchos eventos culturales y mucha reivindicación de lo asturiano. Antes no lo notaba tanto, pero a lo mejor es un efecto de estar fuera, porque a veces, al volver, te das cuenta de cosas que viviendo aquí quizá no percibes tan claramente.

Uno de sus proyectos de investigación ha tenido que ver con las prácticas culturales emergentes en el nuevo Madrid. ¿Cuáles son las más relevantes?

Fue un proyecto en el que participamos varios investigadores para ver qué caracterizaba a una gran cosmópolis, y ver si Madrid era una gran cosmópolis o no, porque en el mapa de las ciudades globales Madrid no aparecía. Se hablaba de Tokio, Nueva York, Londres… Y queríamos analizar desde el punto de vista cultural qué procesos podían hablar de Madrid como una gran cosmópolisis. Entonces distintos investigadores trabajamos en ello. En mi caso me centré en cuestiones de alimentación y logística, el funcionamiento del mercado de abastecimiento de Madrid, el mercado mayorista por el que pasan los alimentos frescos que consumimos. Quería ver cómo ese mercado nos hablaba de las tendencias globales en el consumo de alimentos: si Madrid era una ciudad globalizada o no lo era en relación con esto. Eran varios ejes, pero la idea principal consistía en concluir si había o no elementos que permitieran pensar en Madrid como cosmópolis.

¿Y los había?

Madrid es una gran ciudad, y en ese sentido se diferencia de ciudades más pequeñas en algunas dinámicas culturales. Y sí, había dinámicas que estaban en convergencia con otras grandes ciudades del mundo, relacionadas con los hábitats de consumo, las formas de organización del trabajo, las prácticas migratorias, entre otros temas que analizamos en esa investigación.

Pablo Nuñez

Centro Asociado de la UNED en Asturias

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