La botánica y la salud al gusto de un reino ilustrado

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“Tercera década del siglo XVIII. Carlos, un adolescente de 15 años, sale de Sevilla rumbo a Parma. De camino visita Montpelier, su universidad, la Facultad de Medicina, con su jardín botánico, con su aula de anatomía. Se queda impresionado. Casi 30 años después, un cuarentón con un cuarto de siglo de gobierno en Nápoles a sus espaldas entra en Madrid. Viene a ocupar el trono en el que reinará como Carlos III”. Josefina Martínez comienza su conferencia La botánica, la medicina y la salud al gusto del rey, incluida en el curso Carlos III, la consumación de las ideas ilustradas, que ella misma dirige.

“¿Qué ha dejado en Nápoles? Una ciudad saneada para sus 350.000 habitantes; con bellos y útiles edificios públicos, como el teatro de San Carlo, el Hospicio, la fábrica de cerámica del Real Sitio de Capodimonte, el palacio-parque de Caserta, a 30 kilómetros de la ciudad, que nada tiene que envidiar a Versalles; la excavaciones de Pompeya, Herculano y Optlontis, las fábricas de manufacturas, de tejidos, vidrios, jabón, destilerías…. “.

“¿Qué se encuentra al llegar?. La corte en un Madrid sucio y maloliente, que no le gusta nada a su esposa adorada, madre de sus 13 hijos, enferma de tuberculosis, que morirá al año siguiente. Una hacienda saneada, pero con una deuda contraída por su padre que conseguirá pagar. Y un grupo de intelectuales, economistas y políticos  dispuestos a emprender en la ciudad capital y en los Reales Sitios las mismas reformas y bajo las mismas ideas que ya triunfan en el resto de Europa”.

“El siglo de las Luces ha puesto las religiones, la supersticiones y el oscurantismo en entredicho. Todo se cuestiona y se analiza desde la perspectiva de la razón. Allá en ultramar existen otras ciudades, otras sociedades organizadas de forma diferente que también funcionan. El cambio, por tanto, es posible. Carlos III viene dispuesto a legislar, gobernar y reformar lo necesario para que el país se enriquezca, la riqueza se redistribuya y sus súbditos alcancen la tranquilidad y el progreso, es decir, la felicicidad”.

¡Salud!

“Von Humboldt dejó escrito en su Ensayo político sobre el Reino de Nueva España: ningún gobierno europeo ha invertido sumas más considerables que el español para fomentar el conocimiento de los vegetales. Las tres expediciones botánicas, a saber, las de Perú, Nueva Granada y Nueva España, han costado cerca de 400.000 pesos -unos dos millones de francos-. Todas estas expediciones han enriquecido el dominio de la ciencia con más de 4.000 especies de plantas y han contribuido para propagar el gusto por la Historia Natural entre los habitantes del país. ¿Cómo lo consiguió?”

“Hacia 1772 el Consejo de Castilla insta a la protección de los bosques e inicia una rudimentaria silvicultura. Con las expediciones al Nuevo Mundo pretende inventariar  y valorar la explotación de la flora nacional y ultramarina. En Madrid se ha concluido el Salón del Prado, un paseo ilustrado que dibuja el eje Norte-Sur de la ciudad. Allí se ha trasladado el Jardín Botánico, que languidecía en Puerta de Hierro y que se convierte en el centro estatal para la docencia farmacéutica. A su lado el Real Observatorio Astronómico, el Gabinete de Historia Natural (hoy Museo del Prado) y el laboratorio de Química, donde los boticarios aprenden su oficio. En ese espacio verde privilegiado comienza la experimentación con drogas exóticas llegadas del otro lado del Océano; se dictan las normas de transporte y  almacenamiento de las plantas de ultramar en los barcos; se convocan cursos para enseñar a preparar herbarios….”

La Botica de la Reina en La Granja, un jardín de plantas medicinales con los parterres perfectamente organizados

“Carlos III ya había comprobado en su propia familia la importancia de la salud: seis de sus trece hijos no llegaron a adultos y su esposa también había fallecido, convirtiéndole en viudo para siempre ya que jamás aceptó volver a casarse por mucho que insistieran sus consejeros.  Además, la enfermedad asoló su entorno y el encadenamiento de muertes en la línea sucesoria española le llevó, casi de carambola, a ocupar el trono”.

“Los planteamiento mercantilistas de la época otorgan a la salud un alto valor económico y el rey apuesta por establecer una política asistencial y preventiva. La botánica era entonces la única forma de obtener remedios para las enfermedades y el estudio de las propiedades de las plantas una de las bases de las grandes expediciones. El hospital de San Carlos, el más grande de los construidos en su época en toda Europa, disponía de su propio jardín botánico, su laboratorio y su farmacopea”.

En los barrios bajos de La Granja, urbanizados por Carlos III, se alineaban el Hospital Real, la Real Enfermería y la Iglesia, cuyo patio se utilizaba como cementerio

“En el siglo XVIII existían aún dos grandes plagas: la malaria y las viruelas. Para la malaria sólo se conocía un remedio, la quina, muy abundante en el virreinato de Nueva Granada –la actual Colombia- La quina era monopolio de España y estancada en la Real Botica. El rey disponía de ella y la distribuía entre quienes quería. El monopolio de la quina duró hasta entrado el siglo XIX”.

¡Acción!

“Pero no sólo la quina era importante para la metrópoli. En España cada vez eran más populares y solicitados el azúcar, el cacao, la patata, la pimienta, la vainilla…Vegetales que favorecen una mejor alimentación para una población cada vez más productiva. Sumando los motivos económicos a los científicos y ambos a los de expansión y conquista, se van a patrocinar las grandes expediciones que acabarán por circunnavegar la Tierra”.

 

“Hay que asegurar el comercio de la plata, que supone un 20 por ciento de los ingresos de la Hacienda real. Y para ello hay que definir los límites con Portugal. Además, Inglaterra, Francia, los Países Bajos, ahora independientes, y Rusia siguen la estela de los descubrimientos españoles, merodean por las fronteras de sus territorios y están dispuestos a arrancárselos a dentelladas. Hay que proteger las nuevas tierras y la fórmula es desarrollar instituciones que se ocupen de reunir y ampliar el saber. Carlos III patrocina los reales colegios de Medicina y  de Marina para formar profesionales cuyas aportaciones aumenten el conocimiento. La Corona los sufraga o los promueven las Sociedades Económicas de Amigos del País. Su actividad redunda en el enriquecimiento de la propia Corona”.

“Una vez asumida la importancia económica de las salud de los pueblos, se pasa a la acción: se empiezan a publicar los primeros libros sobre política asistencial y preventiva y el rey fomenta y financia  la construcción de grandes hospitales y hospicios, antes en manos privadas.  Hay que paliar las grandes plagas, como la diarrea infantil, afección de la que moría un tercio de los niños antes de los 6 años; o la viruela, contra la que se promociona la inoculación en los años 80 del siglo XVIII”.

En el subsuelo, además de los saneamientos, se instalaban otros servicios, como este pozo de nieve de La Granja

“En los viajes hay que prevenir el escorbuto y extremar la limpieza. En las grandes escuelas de Cirugía creadas en Cádiz, Madrid y Barcelona se forman buenos profesionales que luego embarcarán para cuidar de la marinería durante las expediciones. Se establecen cátedras muy novedosas, como las de obstetricia y pediatría. Se reconocen enfermedades laborales como las de la minería en Almadén, que  provoca exceso de salivación y tisis, o la del azogue, con envenenamiento por mercurio”.

“Empieza a cuestionarse si la incipiente industria es nociva por los vertidos contaminantes y los desechos de las fábricas, por lo que se decide alejarlas de los núcleos muy poblados. Comienza el periodo de higiene pública, con la construcción de fosas sépticas o pozos negros que vierten luego a las cloacas. Hay una gran preocupación para no contaminar los pozos de agua dulce, de los que sólo en Madridhay contabilizados 20.000”.

 

Todas estas medidas permiten que en 30 años la población española aumente en un millón de personas. Mientras, en el mismo periodo, Francia pasa de 24 a 29 millones, Alemania de 17 a 25, Italia de 15 a 18, y Gran Bretaña de 10 a 16. El crecimiento de la población es desigual en el centro y en la periferia, en las áreas rurales y las capitales. En los años 80 del siglo XVIII en España sólo Madrid, Barcelona y Valencia superan los 100.000 habitantes. Nápoles superaba los 300.000”.

Las expediciones

“La política científica de Carlos III fue resultado de la delimitación de fronteras; el control de la expansión de otras potencias; el aumento del comercio; la contención del contrabando y la explotación de nuevos recursos naturales, demográficos y cartográficos. En las expediciones auspiciadas desde España colaboran los científicos de ultramar a la hora de buscar la quina y la coca. Las hubo en todos los virreinatos. La primera estuvo mediatizada por los franceses, dirigida por La Condamine para aclarar la figura de la Tierra. Participaron Jorge Juan y Antonio  de Ulloa. Midió el meridiano terrestre y confirmó la teoría de Newton sobre el achatamiento terrestre. Encontró el caucho”.

“La segunda fue la del virreinato de Nueva Granada. Encabezada por José Celestino Mutis, cuyas obras y láminas se conservan en el Jardín Botánico de Madrid. Llevó a cabo una ingente labor: organizar el estanco de la quina; aclimatar canelos; buscar fuentes de azogue; adoptar medidas de prevención sanitaria…”

“La tercera fue al Perú y a Chile, dirigida por Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón, que incorporaron más de 500 nuevas especies”.

“La cuarta, a Nueva España, dirigida por el médico aragonés Martín de Sesse, para inventariar la flora y buscar las aplicaciones terapéuticas de las plantas locales, asi como reformar las profesiones sanitarias. También debían de fomentar la agricultura y la industria, construir caminos, hacer levantame¡ientos topográficos… y construir un Jardín Botánico en México”.

“Otras recorrieron Cuba y Guatemala y las Islas Filipinas, donde se hacen estudios sobre la morera y la canela”.

“La  última del reinado fue la expedición Malaspina. Presentada en septiembre de 1788, su fin era establecer los límites del imperio e investigar la felicidad de la humanidad. Se la dota con dos corbetas y regresa a España en 1795, cuando los intereses de Godoy distaban mucho de los de Carlos III. Malespina criticó la política adoptada con los indios y cayó en desgracia. Fue condenado a exilio. Su obra permaneció oculta en archivos desconocidos y no salió a la luz hasta los años 80 del siglo XX”.

Aida Férnandez y José Rodríguez

Comunicación UNED

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