El perfil de los primeros visitantes de los museos modernos

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El Museo Lázaro Galdiano de Madrid ha sido el escenario privilegiado del curso La obra de Arte: estudio y valoración

Juan Antonio Yeves, Amaya Alzaga y Elena Hernando

El Museo Lázaro Galdiano es una de esas joyas museísticas que esconde la ciudad de Madrid. Único en su especie, acoge completas muestras de colecciones variadas, lo que lo convierte en punto de encuentro indispensable para quienes deseen adentrarse en el conocimiento detallados de determinadas áreas, como los tejidos medievales, los marcos de las obras de arte, fotografías… Tal y como explica su directora Elena Hernando Gonzalo “el museo Lázaro Galdiano es el único lugar en el que se pueden encontrar determinadas piezas, pues la especialización de sus colecciones es muy alta”. Precisamente ese aspecto lo convierte en el espacio idóneo para la investigación, nexo de unión con la UNED. Amaya Alzaga Ruiz, profesora del Departamento de Historia del Arte de la Facultad de Geografía e Historia de la UNED y directora del curso, añade que “nuestra relación con el museo es muy estrecha, pues una gran parte de las investigaciones que realizamos y que desarrollan nuestros estudiantes con sus tesis doctorales nos conduce a él”. De esta colaboración ha surgido el Curso de Verano La obra de Arte: estudio y valoración, codirigido por Juan Antonio Yeves Andrés, jefe de la Biblioteca Lázaro Galdiano, que conjuga los aspectos que hacen singulares a ambas instituciones y el resultado del trabajo conjunto.

El encargado de abrir la ronda de ponencias fue el profesor de la UNED Álvaro Molina Martín, quien se encargó de mostrar a los asistentes los frutos de una investigación muy trabajada en el tiempo y centrada en un aspecto que para la mayoría podría pasar desapercibido. Bajo el título de Un saber de bolsillo: catálogos y espectadores en los orígenes del museo moderno, el experto, doctor con mención europea y premio especial de Doctorado en la Universidad Europea de Madrid y gestor cultural durante casi diez años, ilustró al auditorio con un recorrido sobre lo que para él sigue siendo una asignatura pendiente de los museos a día de hoy y que siempre lo fue históricamente: “el conocimiento de sus visitantes”.

Centrándose en los ejemplos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y del Museo del Prado, Molina Martín trazó el perfil la figura dieciochesca  de los curiosos, “que era como se denominaba a los primeros visitantes de la Academia de San Fernando, la sala central de la galería del Prado o el Gabinete de Historia Natural y que también se acercaban al teatro, a las demostraciones científicas, a las actividades de las diversas sociedades, etc. y que tenían interés compartido por las Ciencias y las Artes”. Esta figura quedó registrada en diferentes documentos que el ponente fue presentando, como la Guía del forastero en la Corte (1815), en la que se daban “recomendaciones para los que llegaban a Madrid, señalaban establecimientos que podrían despertar la curiosidad de los visitantes, daba información actualizada sobre los edificios que albergaban la oferta cultural y suponía una puesta al día sobre los espacios que albergaban las primeras colecciones artísticas de la ciudad”.

Gracias al trabajo investigador realizado sobre este y otros documentos, podemos saber que en 1794 se tuvo que proponer la apertura durante 15 días de la sala principal de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. “Se publica la noticia de la apertura de la sala principal de 10:00 a 12:00 y de 16:00 a 19:00h. con gran éxito de convocatoria, aunque el número de visitantes es difícil de estimar por falta de documentación y estaba muy lejos todavía del Louvre, pues a diferencia de Francia y otros países europeos, España se caracterizaba por un escaso interés por las Bellas Artes”. A pesar de ello, en 1845 hubo que instaurar nuevas normas en la misma sala para controlar la gran afluencia de público: “se prohibió la entrada a mujeres con niños de pecho, menores de ocho años, personas mal vestidas y con bastones u otros objetos voluminosos, y se abrió también la sala en septiembre”.

En cuanto al Museo del Prado, Álvaro Molina explicó que estuvo “más dedicado a la pintura desde su fundación y que contaba con recibir a expertos, aficionados y extranjeros”. Estos últimos eran precisamente los que gozaban de mayores privilegios, pues “la formación de los artistas prevalecía frente a los aficionados, que solo podían ir los miércoles por la mañana o los sábados por la mañana, y las limitaciones de estos últimos contrastaban con la plena flexibilidad de los extranjeros, que solo tenían que presentar su documentación que les acreditaba como tal para acceder a la sala”. En cuanto a los criterios de admisión, el ponente añadió que “los primeros que encontramos hablan de que podían entrar todas las clases pero que estaba prohibido el acceso mal vestidos o descalzos. No se podía acceder con bastón o palo, que deberían dejarlo en la entrada a no ser que por condición necesitaran llevarla, lo que constituía la primera consigna”. De esta forma, “hacia los años 30 del siglo XIX el público ya era una masa anónima y variada formada por diferentes clases sociales, incluida el vulgo. Aun así, había pocas visitas, tal y como reflejan las salas vacías que recogen las escasas representaciones gráficas de las mimas”.

Itziar Romera

Fotografías: José Rodriguez

Comunicación UNED

 

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