Carlos V, el gobernador del primer imperio globalizado

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La clase está llena a rebosar. Ni un pupitre libre. Y en línea, no se sabe desde dónde, más estudiantes siguen el curso Carlos V, gobernar un imperio mundial. Entre conferencia y conferencia nadie de mueve de la silla. Las manos se alzan, se pregunta, se comenta, se debate. Quien crea que todo está dicho sobre Carlos I de España y V de Alemania se equivoca. Estamos en las Escuelas Pías del Centro Asociado de Madrid y el aforo y el interés se comprende en cuanto empieza la lección del director del curso, Carlos Martínez Shaw, catedrático de Historia Moderna de la UNED y académico de la Real Academia de la Historia.

Sus primeras palabras son de agradecimiento a su codirector, José Antonio Martínez Torres, que ha organizado el curso. Después nos presenta al emperador: “quienes lo conocieron lo describían como de estatura mediana, ni muy alto ni muy bajo, de piel clara, pelo rojo y liso, ojos azules y nariz ligeramente aguileña, de cuerpo proporcionado y aquejado prognatismo, herencia común en los Habsburgo que dispara hacia adelante la mandíbula inferior impidiendo que se encuentren nunca los dientes superiores e inferiores. Un problema que dificulta tanto comer como hablar y que aporta a la expresión de quien lo padece un aspecto un poco tonto. Quizá para disimularlo se dejó la barba, bien cuidada y apuntada”.

“De carácter serio y poco dado a los halagos o las juergas, pese a haber nacido en una de las cortes más brillantes de la época, o quizá por haberse criado lejos de padres, Felipe, el Hermoso y Juana, la mal llamada La Loca, al amparo de su tía, Margarita de Austria. Un carácter que empeoró con los años porque lo que sí era, y mucho, era aficionado a la buena mesa y al buen vino. Su sistema digestivo se resintió y vivió atormentado por las hemorroides y por la gota”.

“Hablaba francés, castellano y puede que flamenco, pero su lengua materna, en la que se sentía cómodo, era el borgoñón, un dialecto cerrado del francés”. Al llegar a España se enamoró perdidamente de la viuda de su abuelo, el Católico rey Fernando, Germana de Foix. La conoció con 17 años, recién llegado a la corte castellana, donde recibió el encargo del abuelo de ocuparse de su viuda, una hermosa dama de entonces 29 años. Ella hablaba francés, él también; ella estaba sola en tierra extraña, él también. Él vivía en un palacio, ella en el de al lado. Y el rey mandó construir un voladizo entre ambos para poder visitarse sin exhibirse. Tuvieron una hija, Isabel de Castilla, de la que casi nada quedó en las crónicas. Ella permaneció en la corte, aún casada en segundas nupcias, hasta que en 1526 él la nombró virreina de Valencia.

“Solo se casó una vez, en 1526, con Isabel de Portugal, con la que tuvo cinco hijos. Sólo tres, Felipe, María y Juana, llegaron a adultos. Además había tenido otra hija anterior, Margarita de Parma y un hijo estando ya viudo, Juan de Austria”.

 

Heredarás la tierra

Los abuelos del joven Carlos le legaron gran parte del mundo conocido. De Maximiliano I recibió la el patrimonio de la Casa de Habsburgo y el título de emperador del Imperio Germánico, los territorios del Tirol, las regiones de Kitzbühel, Kufstein, Rathenberg y el condado de Gorizia; de María de Borgoña, Borgoña, que incluía los Países Bajos, el Franco Condado, el Artois y los condados de Nevers y Rethel; de Fernando el Católico – que había accedido a reconocerlo como heredero a cambio, entre otras prebendas- de una considerable faprotación económica comprometida por los negociadores de la corte de Bruselas- los territorios de la Corona de Aragón en Italia -Milán, La Toscana y los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña-; de Isabel la Católica, recibió los territorios castellanos, norteafricanos y americanos. Un imperio global que comprendía a algunos de los principales territorios de la Europa del momento y los recién descubiertos en América y el sudeste de Asia.

Su llega a España resultó un tanto accidentada. Se le esperaba en el puerto de Laredo (Cantabria), pero una tormenta le arribó en el pequeño puerto de Tazones (Asturias) donde los lugareños, confundiendo la flota con piratas, les recibió con palos y piedras hasta que reconocieron los pabellones reales. Además, en España ya tenía ocupada la corona: Juana era la reina legítima, aunque estaba recluida en una torre del castillo de Tordesillas desde 1507 por orden de su padre Fernando el Católico bajo la acusación de estar loca. Carlos I de España acudió a visitar a su madre, se pasó una semana con ella y salió con su principal objetivo cumplido, “había acordado con la reina prisionera una fórmula de firma que legitimaría a ambos: doña Juana e don Carlos, su hijo, por la gracia de Dios reyes de Castilla, de León, de Aragón… Un acto que muchos señores castellanos y el pueblo llano consideraron un auténtico golpe de Estado”.

 

El mundo en sus manos

“Tenía en sus manos un mosaico de estados. Estuvo poco tiempo en España y fue el último emperador del Sacro Imperio Romano, el resto de monarcas serían reyes de España, pero en su tiempo se consolidó. Nunca visitó las Indias, como ninguno de los reyes que le siguieron, hasta Juan Carlos I, pero estableció los mecanismos económicos que le permitirían recabar lo que necesitaba. Y necesitaba mucho para su política internacional, barcos, ejércitos, consejeros, intereses en Castilla, Aragón, Flandes… Conseguía dinero  de impuestos, unas cosas las paga Castilla, otras Aragón, otras Flandes… Tenía varias haciendas locales que juntas componían la Hacienda Imperial”.

“Sus banqueros de Milán o los Fugger –Fúcares, con su nombre castellanizado- alemanes le exigían garantías para financiar sus exploraciones, sus cruzadas, sus cortes. Y la garantía eran el oro y la plata que llegaban de América. El rey disponía de un 30 por ciento de todo el oro y la plata que entraba en Castilla, y eso agilizaba bastante las negociaciones”.

“Su política internacional tenía muchos frentes. Se enfrentó al imperio otomano bajo el lema Pax cristianis, infideles bellum (paz para los cristianos, guerra para los infieles), pero también contra la católica Francia, y hasta contra el Papado, entrando a sangre y fuego, saqueando Roma, con su Sacro Imperio Romano y la Liga de Cognac, venciendo a la alianza del Papado con Francia, Milán Venecia y Florencia”.

“Pero su política interna tampoco le dejaba descansar: la rebelión de Gante en los Países Bajos, las revueltas de Comuneros y Germanías en España, los reformismos. En Europa paso rápido a su hermano Felipe el gobierno de los ducados y archiducados austriacos, y los dos reinos de Bohemia y Hungría Real. Se desentiende de estos gobiernos, aunque siempre está pendiente y ayuda”.

“Él es, ante todo, emperador. En América hay que legitimar la conquista de México o Nueva España, del Perú, o de las conflictivas Molucas en Asia. En el viejo imperio su política imperial se basa en la lucha contra  franceses, turcos –sean otomanos, corsos, berberiscos de Túnez o Árgel-  y los protestantes. Su imperio es transcontinental y se extiende por las cuatro partes del mundo. Bajo su imperio se produjo la primera globalización de la historia”.

 

Las Indias crecen

Marina Alfonso Mola, profesora de Historia Moderna de la UNED relató el proceso de organización de las nuevas tierras que se sumaban con rapidez a su patrimonio. “Debía apoyar la exploración y conquista de los nuevos territorios; definir sus derechos como soberano;  organizar la explotación comercial de sus riquezas y administrar las nuevas provincias ultramarinas. De hecho, la época de Carlos V es el momento de la definitiva creación de una América española. Antes de su retiro al monasterio de Yuste la mayor parte de América quedaría incorporada de manera definitiva al mundo hispánico. Había comprendido la importancia del Nuevo Mundo como sostén financiero de su política europea y como pieza capital de su prestigio como soberano universal”.

“La exploración y la conquista del territorio americano se basaba en la superioridad militar (cañones y caballos) de los españoles, que actuaban sobre los habitantes de las áreas más ricas, más pobladas y más evolucionas políticamente.  El proceso se iniciaba con una especie de contrato entre el emperador y empresarios militares, las huestes indianas, en que ambas partes sacaban beneficio: el rey incorporaba el nuevo territorio a la corona y los capitanes recibían el botín capturado, cuantioso en casos como el mexicano y el peruano, una serie de cargos públicos que les otorgaban poder e influencia y tierras que podían acabar siendo haciendas, si se dedicaban al cultivo, o estancias, si se dedicaban a la ganadería. Siempre con mano de obra indígena y con derecho a cobrar tributo. Así, cada acción de conquista era obra de un particular, pero el conjunto era controlada por la Corona”.

“Carlos V completó la conquista de México y Perú, pero fracasó al permitir que los banqueros Welser – una de las familias de banqueros más activos en el apoyo a su investidura como emperador- se asentasen en Venezuela. La expansión que se emprendió desde Panamá permitió la incorporación de zonas de Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, El Salvador y Honduras y una región al norte que llamarían Nueva Galicia. Todo entre 1524 y 1539”.

“A la vez, varios capitanes se lanzaron hacia el norte de Nueva España, en los actuales Estados Unidos: Hernando de Soto sale hacia Florida y recorre los actuales estados de Georgia, Alabama, Tennessee, Mississippi, Arkansas y Luisiana. Y hacia California sale la expedición de  Francisco Vázquez Coronado, que recorre los hoy estados de Colorado, Arizona, Nuevo México, Texas Oklahoma y Kansas”.

“Desde Perú se avanza hacia ciudades como Quito, Nueva Granada, o países como Chile, que se conquista muy lentamente debido a la resistencia feroz de los indígenas. Hay fundaciones de ciudades como Río de la Plata, la primera de Buenos Aires o  Asunción en Paraguay. Y grandes descubrimientos, como Iguazú, por Alvar Núñez Cabeza de Vaca,  o la desembocadura del río Amazonas, por Francisco de Orellana. Y todo eso pertrechados con sus trajes de milicia, bajo los cueros y los cascos metálicos, con sus espadas y armas bajo el calor del trópico y sin saber qué les depararía el próximo paso”.

“Entre 1519 y 1522, el portugués Fernando de Magallanes inicia un viaje que terminará Juan Sebastián Elcano: la primera circunnavegación del mundo. Se trataba de incorporar las Islas Molucas, fértiles jardines de especias, que no conseguirían pero que llevó a quienes les siguieron a descubrir el Cabo de Hornos, las Islas Marshall, el archipiélago de Hawái,  las Islas del Almirantazgo y luego las Islas Filipinas, las Marianas y las Carolinas”.

 

“iCállense los frailes!”

“Pero todo aquel territorio había que legitimarlo,  organizarlo y gestionarlo. Y parecía que no todo se estaba haciendo bien. Comienzan las primeras voces de religiosos e intelectuales de ultramar que condenan el sometimiento a servidumbre de la población indígena, como  Antonio de Montesinos,  Francisco de Vitoria y Bartolomé de las Casas. Vitoria cuestiona el derecho de Europa a colonizar otros pueblos; aduce que el único derecho es predicar libremente la fe cristiana sin imponerla por la fuerza, también el derecho a viajar y comerciar  pero no a someter a unos pueblos que poseen una organización política previa. Las Casas no pone en cuestión los derechos, pero denuncia los excesos de la conquista. Frente a ellos, el sevillano Juan Ginés de Sepúlveda, que defiende la guerra contra los infieles, la predicación del evangelio, aun contra la voluntad de los paganos y el derecho de tutela sobre los pueblos bárbaros, especialmente si como los indios americanos se entregaban al canibalismo y los sacrificios humanos: estaba puesta la primera piedra del fundamentalismo colonialista moderno”.

“¡Cállense esos frailes!, dicen que gritó el emperador ante tales disquisiciones. Y decidió vincular los derechos de la Corona con la evangelización, apoyar las proclamas papales sobre la ilicitud de la esclavitud de los indios y sobre la igualdad de derechos de todos los bautizados”.

En esos momentos, mientras algunos hacendados esclavizaban a los indios, otros guerreros dejaban que sus perros se los comieran y algunos salvajes violaban a las mujeres, nacían “proyectos para construir sociedades indígenas ideales, inspiradas en Thomas More y otros pensadores. Se regían por el espíritu evangélico y humanista como el de las misiones aisladas en la región venezolana de Cumaná, de escaso éxito, o el más exitoso del obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga,  que proyectó en Santa Fe comunidades indígenas libres con una economía organizada y la jornada laboral regulada. O el franciscano Juan de Zumárraga, que se ocupó de la redacción y aplicación de las Leyes Nuevas de 1542, de la educación y la economía familiar de los indios  y fundó la primera imprenta de toda América, en 1539. O el propio Bartolomé de las Casas, que intentó la colonización pacífica en la comunidad de Vera Paz, en la selva de Guatemala”.

“Las Leyes Nuevas, publicadas en 1542, instaban a corregir los abusos de los conquistadores y dispensar auxilio a los indios. En su redacción destaca en primer lugar la incorporación a la Monarquía hispánica los territorios americanos en calidad de reinos de indias; en segundo lugar define a los indios como súbditos y los libera de toda servidumbre y esclavitud y en tercer lugar establece el dominio de la Corona de todas las tierras evitando que se creen sociedades de corte feudal, que ya ni siquiera perviven en Europa”.

“Paralelamente se establecieron las bases de explotación de los recursos y la administración de las riquezas. La economía se puso al servicio de la metrópoli y se primó la explotación minera de la plata y el mercurio mediante el trabajo forzado de los indígenas. También se repartieron lotes de tierra, que no todos respetaban y provocaron confiscaciones y usurpación de suelo indígena. Las rutas ultramarinas se abrieron a otros puertos, como las Canarias, Bilbao, Avilés, La Coruña, Cádiz o Cartagena”.

“La riqueza empezó a fluir: Si durante las tres primeras décadas del siglo el flujo metálico apenas suponía el millón de pesos quinquenal, el quinquenio de 1536/40 presenta un monto ya cercano a los cuatro millones de pesos y el quinquenio 1551/55 ya se acerca a los diez millones de pesos.  En las ciudades americanas convivían las repúblicas de los españoles, ciudades urbanizadas al modo europeo, y las repúblicas de los indios, que conservaron sus viejos pueblos bajo la autoridad directa de sus propios caciques. La colonización se puede considerar asentada con la aparición de las primeras universidades en ultramar: la de Santo Domingo en 1538 y las de México y Lima, ambas fundadas en 1554”.

Aida Fernández
Edición Web: Óliver Yuste.
Comunicación UNED

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