Carlos III, ¿el mejor alcalde de Madrid?

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El curso Jardines y parques históricos nunca decepciona. Este año dedica su V edición a la ciudad ilustrada y al rey  que plasmó en ella su pensamiento racional, Carlos III. Quizá no consiguió hacer de La Granja de San Ildefonso un sueño como el San Petersburgo que el zar Pedro el Grande quiso regalar a su amada; ni cuente con suntuosos mausoleos como el Taj Majal que el Shah Jahan erigió en Agra (India) en memoria de su esposa favorita, muerta durante su decimocuarto parto. Pero en el Siglo de Las Luces las calles de La Granja se limpiaron; las viviendas de nobles, embajadores y del pueblo llano se alinearon con precisión matemática; los hospitales y cementerios, por insalubres, se alejaron del centro de la ciudad; y florecieron las industrias que darían prestigio internacional a La Granja.

La directora del curso, Josefina Martínez y el codirector, Eduardo Juárez, programaron como es habitual jornadas de trabajo de campo y  recorrieron con las tres decenas de alumnas y alumnos los lugares  emblemáticos, jardines, cultivos, fábricas y hasta el pozo de la nieve, horadado junto a palacio,  lamentablemente vacío en una tarde con alerta por altas temperaturas que se vivía esos días en La Granja.

Las conferencias del curso Carlos III: la consumación de la ideas ilustradas transportaron a los estudiantes desde el salón de plenos del Ayuntamiento del Real Sitio de San Ildefonso a los tiempos de La Ilustración: al Madrid de entonces, con su arquitectura innovadora destinada a sanear las pútridas calles, de la mano de Beatriz Blasco; a las haciendas donde se cultivaban y los barcos que transportaban las nuevos productos de las Américas que curarían, alimentarían y conquistarían España y Europa, con Josefina Martínez; a las tristes ceremonias de muerte y a las disputadas herencias de reyes y reinas, con Nieves Concostrina; a los tesoros del patrimonio que se fraguaron entonces y que hoy cuida con esmero  José Luis Sancho; a  la música, que embelesaba a los asiduos de los salones y a la gente de la calle, de Madrid a San Petesburgo; la ópera buffa contada por Gabriel Menéndez. Y como no, al recorrido por calles, plazas, jardines, fábricas, y rincones expuestos u ocultos, de la mano de Eduardo Juárez, profesor universitario, codirector del curso y cronista del Real Sitio.

 

Madrid, Madrid, Madrid

En diciembre de 1759 llegaba a Madrid un Carlos III de 43 años, que se había ido a Italia a los 15 y había gobernado Nápoles durante un cuarto de siglo. Era un hombre tranquilo, reflexivo y muy religioso. Poco dado a las fiestas, ni siquiera le gustaba la ópera, mantenía una vida rutinaria y una alimentación frugal que le permitió vivir sin enfermedades casi hasta su muerte. Poco viajero, en España se movía únicamente por los Reales Sitios, aunque supo cumplir con sus tareas políticas. Fue un gran amante de la caza, del chocolate, y de su mujer, María Amalia, con la que tenía 13 hijos. Poco agraciado, los cronistas coetáneos le retratan como bajito, enjuto, muy moreno de piel a causa de las cacerías y, como rasgo definitorio, con una imponente nariz. “Se dice que fue el mejor alcalde de Madrid, comprobémoslo”, reta a los presentes Beatriz Blasco, catedrática de Historia del Arte de la UCM.

“Para recibir a Carlos III se adornó Madrid con arquitecturas efímeras y colgaduras que cubrieron la el recorrido entre el Palacio del Buen Retiro y la Puerta del Sol por la calles de Alcalá, Mayor, Atocha, Carretas… Sin llegar hacia el nuevo Palacio Real, que aún estaba en obras”.  Era el primer contacto del nuevo rey con su pueblo y querían deslumbrarlo. “La Villa o Ayuntamiento de Madrid solicitó a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando que organizara y dirigiera las obras. Se había creado en 1552 para normalizar y homologar en España la instrucción  teórica, la emisión de  titulaciones y el ejercicio profesional de la pintura, la escultura y la arquitectura. Pero también para evitar los caprichos y desordenes artísticos del barroco local –Churriguera se había convertido en arquitecto maldito del momento- e imponer el buen gusto. Y de paso,  neutralizando el poder de los viejos gremios”.

“Un vez instalado en Madrid, Carlos III asumió el gobierno oficial de la academia debilitando el poder de los artistas y reforzando el carácter de la institución como órgano estatal de control de las bellas artes. A partir de 1777 fue obligatorio someter a su dictamen todas las reformas y proyectos de edificios públicos, recomendando a la iglesia que se sujetase también a este criterio, supuestamente más acorde con los criterios ilustrados del triunfo de la razón y del conocimiento científico.”

“De hecho, la razón y la ciencia se conjugaban en uno de los arcos triunfales preparados para su entrada en Madrid, que reproducía tres caballos como el del Buen Retiro, una de las obras más relevantes de la monarquía  hispana, que representaba al soberano sobre un caballo erguido en corveta –con las dos patas delanteras levantadas y en equilibrio sobre las traseras- un diseño prodigioso en cuyos cálculos habían participado el pintor Velazquez, el escultor y broncista Pietro Tacca y el científico Galileo. En la misma fachada se exaltaba su labor en las excavaciones arqueológicas de Pompeya y Herculano, cuyo descubrimiento había causado una profunda conmoción en toda Europa”.

Durante varios días con sus noches se sucedieron las fiestas, representaciones de teatro y corridas de toros –que gustaron tan poco al rey, que las prohibiría después durante 14 años- en la Plaza Mayor, el corazón social de Madrid. El espacio se iluminaba con hachones de noche  y se cerraba con estructuras de madera a modo de gradas colocadas en las bocacalles para aislar el recinto y aumentar su aforo. Además del adorno y la construcción de las estructuras de madera, había que seguir un protocolo de adjudicación de asientos con una peculiaridad: aunque las viviendas de la plaza eran privadas, los balcones de las fachadas eran de propiedad de la Villa, que podía adjudicarlos, según rango, a modo de palcos cuando se celebraban espectáculos públicos.

En todos aquellos actos estaba presente un joven arquitecto, ayudante del Maestro Mayor de Obras de la Villa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, Verntura Rodríguez. Él sería luego uno de los pilares de las reformas urbanísticas,  junto con el ingeniero ordinario contratado y traído desde Italia por el rey para, entre otras cosas, diseñar los jardines aledaños al nuevo Palacio Real, Francisco Sabatini.

 

¡Agua va!

“Las arquitecturas efímeras  y los adornos para la entrada triunfal de Carlos III en Madrid no lograron ocultar las miserias de la villa de Madrid, una ciudad populosa con un trazado urbano en forma de tela de araña, con edificios desiguales en altura y fachadas, sin apenas calles rectas y anchas o plazas regulares. Una ciudad constreñida por una cerca de ladrillo con utilidad fiscal y policial, con varias puertas que embocaban en las principales vías urbanas”, continúa la profesora Blasco.

“Así la retrataba un viajero milanés de mediados del s. XVIII que se llevó una desagradable sorpresa al entrar en Madrid: todo es sucio, nauseabundo, todo apesta. En cualquier lugar que uno se encuentra, sea en casa o en la plaza, sea a la sombra o al sol, vaya uno en carroza o a pie…. Y quien camina por la ciudad con este ardiente calor, hallándose continuamente entre remolinos de polvo, se ve obligado muy a su pesar a tragárselo, a  hacer su alimento diurno de aquello que  fue el sobrante nocturno… Pero aquí viven tranquilos, convencidos de que el aire está purificado por el hedor de los excrementos, por lo que juzgan el clima de Madrid como el mejor de toda España”.

“Efectivamente, se había desarrollado en Madrid una teoría seudocientífica según la cual convenía ensuciar relativamente el aire para contrarrestar los riesgos derivados de su excesiva pureza. Con eso evitaban los gastos necesarios para instalar en las casas servicios higiénicos para evacuar sin daño los residuos corporales y domésticos. Al grito de iagua va! arrojaban sus basuras a la calle indiscriminadamente”.

“Carlos III renovó la ciudad mediante un programa urbanístico fundamentado en tres principios: ennoblecer las entradas de la ciudad con caminos, plazas, puertas, paseos y alamedas; perfeccionar la sanidad urbana con una infraestructura de servicios higiénicos y un sistema de iluminación y empedrado de calles; y fomentar la construcción de grandes edificios administrativos  que siguieran la modernidad ilustrada en su ornato, utilidad y comodidad. Tras varios proyectos fallidos y muchos viajes por Europa para ver cómo se hacía allí, Sabatini consiguió instalar un sistema de evacuación de inmundicias basado en la construcción de pozos negros de limpieza periódica en el subsuelo de Madrid. Constituyó el primer gran éxito del rey y la consagración definitiva del arquitecto”.

 

Por la calle de Alcalá…

“Otro de los objetivos de la política ilustrada de embellecimiento urbano fue la creación de paisajes higienistas, compuestos por espacios de paseo, alamedas, parques, plazas, jardines botánicos, huertas o campos de experimentación agrícola.  “Respondían totalmente al pensamiento ilustrado, puesto que aportaban múltiples beneficios a la salud pública y la higiene”. En Madrid los arquitectos Ventura Rodríguez y José de Hermosilla, pese a sus diferencias, trabajaron juntos en el diseño y ejecución del Paseo del Prado y el Jardín Botánico, obras a las que siguieron otras muchas como el paseo de las Delicias, o el que unía la puerta de Atocha con el río Manzanares. Además se instó a plantar árboles en todo el país, no sólo por motivos ornamentales, sinó por cuestiones económicas, para aprovechar la madera como combustible y como material de construcción. Sin olvidar que la vegetación contribuía a purificar el aire y preservar la salud de los ciudadanos”.

“Estos espacios verdes, naturalezas cultas y domésticas, construidos en los límites de las ciudades, separaban físicamente lo urbano y suburbano facilitando la configuración de los arrabales, lugares periféricos y externos destinados a acoger los oficios considerados peligrosos, ruidosos o insalubres que hasta entonces se ubicaban dentro de los recintos urbanos. Alrededor de la ciudad habría un paseo con tres filas de árboles, una ancha en el centro para los carruajes y dos a los lados para los caminantes. En los arrabales se instarían los lavaderos, las casas de postas, de alquiler de coches de caminos, las tenerías, yeserías y mataderos…”.

“En 1767 comenzaron las obras del Salón del Prado, un espacio en forma de circo romano y rematado por dos exedras que se inspiraba en la Piazza Navona de Roma. Además de ensanchar el Prado de Atocha y cubrir varios estanques y correntías de agua, se integró el camino y la Puerta de Alcalá, arranque del Camino Real de Aragón. Para la reforma se habilitó un concurso al que se presentaron Ventura Rodríguez -con cinco propuestas- y José Hermosilla, aunque Carlos III eligió el de su arquitecto Francisco Sabatini. El paseo se completó con dos fuentes que conocemos hoy, dedicadas a Neptuno, dios de las aguas y símbolo de la Marina y a Cibeles, madre de los dioses olímpicos y símbolo de la tierra y la fecundidad. El proyecto definió el eje Norte-Sur de la ciudad que aún hoy permanece”.

“Junto al paseo del Prado se construirían el Jardín Botánico, abierto al Prado por la Puerta Real, el Observatorio Astronómico y el Gabinete de Historia Natural, hoy Museo del Prado, convirtiendo esta zona de la ciudad en un espacio de estudio científico, saludable y ameno. Igual que los que se construyeron a partir de entonces: La Cuesta de San Vicente, el Paseo de la Florida y  el de la Virgen del Puerto, que unía el Puente de Segovia con el Camino del Pardo”.

“El Salón del Prado fue un paradigma que luego se proyectaría en los jardines y zonas verdes de los Reales Sitios. Estos diseños, junto a la apertura al público de los jardines del Buen Retiro  en 1767acabarían con la idea de los espacios verdes concebidos únicamente para deleite privado de los reyes y sus cortes. Si sus proyectos de limpieza urbanas le habían valido las críticas de los madrileños, las reformas que llevó a cabo en el Prado y la Floridad le granjearon la admiración y la popularidad de todos.”

 

¡Señor!, iSeñor!, ¡Señor!

Carlos III murió en diciembre de 1788, tras una breve enfermedad. “Alrededor de su cama había más de 1.500 reliquias”, cuenta la periodista y escritora Nieves Concostrina. “Era muy devoto, de misa diaria, creía firmemente en el poder curativo de esas reliquias y acumulaba relicarios, trozos de manto y de hueso, un fémur, la cabeza de Santa María de la Cabeza, y restos varios. Se los hacía traer y se los pasaban por la pierna mala a ver si mejoraba. Pero de aquel invierno no pasó”.

“Acabada la agonía, el conde de Floridablanca se acerca a la cama de su rey y le grita iSeñor!,iSeñor!, iSeñor!, tres veces, por si aún estuviera en disposición de responder: Silencio. Se acerca más, hasta casi rozarle la nariz y vuelve a gritar iSeñor!, iSeñor!,iSeñor!, otras tres veces. Luego le acercó un espejo a la nariz y la boca para constatar que ningún aliento lo empañaba. Había nacido el protocolo funerario que, a partir de ese momento, sería aplicado para certificar el fallecimiento de todos los reyes que le siguieran”.

“Carlos III había pedido que no lo embalsamaran. Lo cambiaron a una cama de respeto, una la cama imperial, donde expusieron su cuerpo en un ataúd inclinado sobre almohadones. Dejaron a la gente que pasara a verlo. Pero faltaba una cosa para completar el protocolo: justo antes de enterrarlo, con el ataúd abierto, se gritó tres veces, por tercera vea, iSeñor!, iSeñor!, iSeñor!, para comprobar que definitivamente estaba muerto. Y ya sí. Lo dejaron descansar”.

Aida Fernández
Edición web: Óliver Yuste.
Comunicación UNED

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