Rosalinda

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Rosalinda

 

Lo vio en el suelo, justo en el bordillo de la acera y rápidamente lo cogió. Un décimo de lotería del sorteo celebrado el sábado anterior. Miró a su alrededor y todo estaba en orden, nadie buscaba nada. Recordó que cerca de la plaza había una administración, se encaminó hacia allá y entró a comprobar su suerte. La sonrisa amplia y sorpresiva de la lotera anticipó su desbordante alegría. Le había tocado el primer premio: sesenta mil euros, que con el descuento se quedarían en unos cincuenta mil.

                Salió a la calle después de dar las gracias como una autómata. Sabía en qué gastaría ese dinero, en su sueño de siempre: mejorar su imagen. Se sentía tan poco agraciada que incluso había cambiado su auténtico nombre Rosalinda, por Rosaura para evitar el chiste fácil que pudiera hacer la gente. Ahora cambiaría todo eso. Iría a la mejor clínica estética que hubiera en la ciudad y se sometería a un tratamiento global de belleza. 

                Y así fue. Al cabo de unos meses, Rosaura se sentía guapa, espléndida y segura de sí misma.  Se inscribió en una agencia de contactos y fue conociendo hombres con los que tuvo mucho éxito.

               El primero fue Álvaro, arquitecto cincuentón muy atractivo y que rápidamente le aseguró haberse enamorado y querer pasar el resto de su vida con ella. Rosaura le preguntó que cómo imaginaba la vida en común y él le respondió que viajando y desarrollando ideas innovadoras y vanguardistas que le hicieran famoso. Rosaura le respondió que eso la asustaba y que mejor buscara a otra. Después conoció a Miguel, dentista de renombre, ya jubilado. Igualmente le propuso vivir juntos. Rosaura volvió a formular la misma pregunta que hiciera a su anterior enamorado. Y ante la respuesta de vivir una vida en el campo, alejados del mundanal ruido, ella se sintió invadida por el temor al ostracismo y la soledad y le dijo que no. 

             Luego fue Pedro, un banquero octogenario, que solo deseaba seguir aumentando sus ingresos captando nuevos inversores para su banco. Constantemente organizaba lujosas fiestas en las que necesitaba estar acompañado por una mujer bella, sensual y atractiva. Cuando Rosaura le hizo su pregunta de rigor, Pedro no supo qué contestar. Él no concebía otra forma diferente de pasar la vida. Rosaura sintió el vértigo de la usura y el engaño y se despidió de él cambiando sus ahorros a otro banco por si acaso.

          Luis era todo lo contrario. Bohemio, soñador, hippy en sus años mozos, partidario del amor libre y de la vida comunitaria. Se conformaba con un plato de comida, cama, vivienda confortable y libertad para vivir otros amores al mismo tiempo. Su ocupación: activista en pro de causas perdidas. Tampoco convenció a Rosaura su nuevo enamorado y amablemente declinó su propuesta de vida compartida. 

    Y entonces llegó a su vida Alberto. Guapo, encantador, arrollador y fascinante que con palabras y poses seductoras logró camelarla. Fue tan desgraciada con él que a punto estuvo de perder la cordura. Afortunadamente logró escapar de sus falsos encantos aunque con un ojo morado y orden de alejamiento.

     Una tarde paseando por el parque se le acercó un hombre de aspecto bonachón y algo tímido. Con una sonrisa que delataba ingenuidad la saludó afectuosamente y la llamó por su nombre, Rosalinda. Era Juan, su compañero de pupitre en primaria. La había reconocido a pesar de tantos años sin verla y acabó el saludo diciendo “sigues tan guapa como te recuerdo”. Ella ubicó al amigo en su recuerdo y comenzaron a charlar como quienes continúan una conversación que dejaran a medio concluir unos días antes.  

         Continuaron viéndose y Juan le propuso vivir juntos. Cuando Rosalinda le preguntó cómo imaginaba su vida en común, él contestó que compartiendo momento a momento. Rosalinda sonrió y cogiéndolo de la mano dijo: bien, pues cuenta conmigo en cada uno de ellos.

Autora

Lola Rodrigo

Subido por

Rafael Sánchez Pérez