Los peces

En el edificio románico de los Reverendos Padres, ubicado en las inmediaciones de la Plaza del Filántropo, del Barrio Atávico, se hallaban las aulas en las que cursé los primeros años de estudiante. Durante los inicios de mi enfrentamiento con el férreo aprendizaje de la tabla de multiplicar y el listado de los reyes godos, sucedió un hecho que me mantuvo aterrorizado durante bastantes años de mi vida.

Tras una trastada general en el aula, fuimos castigados a permanecer toda la mañana de un sábado en el colegio; todos los alumnos, culpables e inocentes. Ignoro la causa por la que nos trasladaron a una habitación en la tercera planta -quizá ese sábado se hacía la inspección exhaustiva de las aulas- , que durante el resto del año estaba vedada a los alumnos, pues en ella se hallaban los aposentos de los frailes; allí residían. El habitáculo era en realidad la biblioteca privada de la orden. De sus cuatro paredes, tres estaban totalmente cubiertas por vitrinas contiguas, cuyas puertas de cristal, perfectamente aseguradas y herméticamente cerradas, custodiaban innumerables volúmenes; la mayoría encuadernados en piel y de aspecto realmente antiguo (se contaba que más de uno era un incunable). En el centro de la pared libre de estantes se hallaba la puerta; a la derecha unos colgadores y a la izquierda una magnífica pecera en la que nadaban varios peces de diversos colores y tamaños; había retratos rústicamente enmarcados de clérigos adornando los espacios libres del tabique, y en el ambiente central cuatro enormes mesas de madera, con sillas a su alrededor; allí nos fuimos sentando uno a uno, mientras el Padre Prefecto -el Perfeto-, que era el encargado de nuestra custodia durante el encierro, pasaba lista. Una vez acomodados abrimos los libros de texto y nos pusimos a la faena bajo la escrutadora mirada de nuestro carcelero.

Teníamos el ánimo por los suelos ante la realidad de afrontar aquel infierno -cuatro horas de aquella guisa semejaba el sufrimiento eterno-. El principio no fue tan duro como esperábamos, porque El Prefeto descuidaba en demasía su función in vigilando, abandonando a menudo la sala para permanecer ausente durante muchos minutos, momentos que aprovechábamos para hablar de nuestras inquietudes y conspirar contra la, a todas luces, injusticia de aquel castigo. En una de esas ausencias, Pedrito Sánchez alardeó de valeroso y decidido, y comentó que lo que teníamos que hacer era orinarnos en la pecera, en justa venganza contra esos frailes tiranos que tan cruelmente nos torturaban. A todos nos pareció una idea absolutamente genial aunque ninguno se atrevía a secundarla. Pero el poder de persuasión de Pedrito se impuso entre los más decididos y un nutrido grupo de compañeros nos levantamos con él. Acercamos las sillas a la pecera, nos subimos a ellas y nos dedicamos a la tarea con ahínco.

Aún no habíamos terminado cuando los peces, que minutos antes nadaban plácidamente, comenzaron a emerger para posarse inertes sobre el agua. Subían lentamente desde el fondo, se escuchaba un levísimo chapoteo y se quedaban flotando. El terror fue colectivo, el pánico nos dominó; más de uno comenzó a llorar -no por lástima, sino por miedo-. Pero en ese pavoroso caos se alzo nuevamente la persuasiva voz de Pedrito:

-¡La hemos cagao! -sentenció.
– No -dijo alguien-, la hemos meao.

Esta última frase nos despertó; el espanto se convirtió en hilaridad. Momento que aprovechó Pedrito para imponerse, acercar a su bando a los fuertes y con sus ojos inyectados en sangre y de la forma más amenazadora posible decir:

-Ahora que se levanten los que no han orinado y que lo hagan.
Y fue realmente amenazador, porque hasta Luis de Souzas, Juanito Urquijo y Miguelón Quijano lo hicieron.

El resto de la mañana se hizo eterno. Volvimos a nuestros asientos y todos los dioses habidos y por haber, nombrables e innombrables, se apiadaron ese día de nosotros. Y aunque en este punto mi memoria falla, sé que a los poco minutos volvió El Perfeto y desde el umbral de la puerta nos dio la tajante orden de que recogiéramos nuestros bártulos y nos volviéramos a casa. Fuimos saliendo agitadamente, ante la insistencia del Perfeto en que nos diéramos prisa; su voz áspera e inquieta nos apremiaba y se imponía al tenue ronroneo del arrastras de pies y el tintineo de las carpetas, lapiceros, libretas y mochilas que, como único sonido, emitíamos, como un armonioso solo vocal imponiéndose al sonido de la percusión, Y, cuando el último de nosotros abandonó la estancia, el Prefeto la cerró con llave.

Durante el resto de días que duró ese curso, mi vida fue un calvario. Apenas pude conciliar el sueño, en mis pesadillas diarias aparecían multitud de peces muertos que me miraban fijamente con sus inmóviles ojos sin párpados. Levantarme para ir a la escuela era pura mortificación. Tenía el pleno convencimiento de que se enterarían y que como mínimo me esperaba el anatema, la condenación eterna, el suplicio… Sólo pensarlo me resultaba absolutamente pavoroso. El curso transcurrió sin más incidentes dignos de mención y jamás comentamos el hecho entre nosotros.

Todavía ignoro por qué no se enteraron los frailes. Supongo que no pudieron imaginar que unos chavales de once años fueran capaces de tal acción, pues de haberlo considerado, tengo la certeza de que nos habrían descubierto. Quizá se enteraron más tarde y no relacionaron el hecho con nosotros. En cualquier supuesto, sé que la providencia nos amparó. Hoy, desde la distancia, tengo el pleno convencimiento de que los peces no llegaron a morir, al menos así quiero creerlo. Durante muchos años la hazaña pesó como una lápida sobre mi conciencia; un arcano secreto agazapado en lo más recóndito de mi subconsciente, que mantuve oculto hasta bien entrada la madurez.

Veinte años después me reencontré con El Pitigrillo -Pepe Segura Luján- a las puertas del supermercado. Había acudido a comprar unas botellas de vino y recoger en la carnicería cuatro filetes de lomo alto -el despiece de ternera de Edelmiro Tifón es de lo merjorcito que puede encontrarse en el mercado- para prepararlos en la parrilla al día siguiente; Fernando y Pilar cenarían con nosotros y mi deber era agasajarlos adecuadamente. Mientras hacía cola ante los cajeros, entre la multitud, se erigió una voz poderosa que resonaba con un eco y que gritaba mi nombre.

– ¡Coño, Marcos!

Me volví hacía donde salía la voz y, tras una sonrisa de satisfacción y unos ojos iluminados que me miraban directamente, reconocí el rostro -ya curtido- de Pitigrillo, que se acercaba hacia mí con los brazos abiertos. Venía enfundado con el uniforme verde de la Guardia Civil.

– ¡Piti… Cuánto tiempo! -dije con alegría mientras nos abrazábamos-. ¡Si te has hecho de la ley y el orden!
Y como respuesta, con su poderosa voz, cuyo eco resonó en todo el establecimiento, gritó.

– ¿Te acuerdas cuando nos meamos en la pecera?

El mundo se detuvo en un instante, incluso el latido de mi corazón. Un estremecimiento de pavor absoluto me recorrió de pies a cabeza. Y un sentimiento inenarrable, mezcla de terror, vergüenza y congoja, sacudió mis cimientos; y los recuerdos surgieron nítidos de mi interior. La sensación de espanto duró unos angustiosos segundos… e inmediatamente se convirtió en una sonora carcajada. La liberación había llegado de casualidad; con la repentina aparición de Pitigrillo se desvaneció mi complejo de culpa.

Pasé veinte años guardando en mi interior un secreto, intentando borrar de mi memoria tan pesado baldón. Quise convencerme a mí mismo de mi inocencia, diciéndome que la idea no fue mía, que había sido inducido a cometer un acto vil; pero lo cierto es que accedí a ello con entusiasmo y no hizo falta insistirme mucho. Todas las excusas que busqué fueron vanas. Y aunque mi intención no era asesinar a esos pobres pececillos que hermoseaban el hermetismo de aquella tétrica biblioteca, lo cierto es que participé jubiloso en la masacre. Nunca me sentiré orgulloso de ello, pero ya no reniego de mis actos. Y ese arcano secreto se desvanecía en un instante, públicamente y por un supuesto defensor de la Ley. En ese momento comprendí que el hecho en sí no tenía importancia, ni siquiera las consecuencias del mismo, y que la causa de mi perturbación no eran los remordimientos; era el miedo, un miedo al castigo físico en los días posteriores al suceso, que se transformó en el miedo culposo del malhechor. Y también supe que un acto irreflexivo, aunque condicione los hechos posteriores, debe ser asumido en el momento, guardárselo para sí sólo produce desesperación; las losas pesan cuando están encima. Tras la sonrisa de Piti lo descubrí. En mis pesadillas ya no aparecen los peces muertos, ni sus ojos inquisidores.

En el edificio románico de los Reverendos Padres, ubicado en las inmediaciones de la Plaza del Filántropo, del Barrio Atávico, se hallaban las aulas en las que cursé los primeros años de estudiante. Durante los inicios de mi enfrentamiento con el férreo aprendizaje de la tabla de multiplicar y el listado de los reyes godos, sucedió un hecho que me mantuvo aterrorizado durante bastantes años de mi vida.

Tras una trastada general en el aula, fuimos castigados a permanecer toda la mañana de un sábado en el colegio; todos los alumnos, culpables e inocentes. Ignoro la causa por la que nos trasladaron a una habitación en la tercera planta -quizá ese sábado se hacía la inspección exhaustiva de las aulas- , que durante el resto del año estaba vedada a los alumnos, pues en ella se hallaban los aposentos de los frailes; allí residían. El habitáculo era en realidad la biblioteca privada de la orden. De sus cuatro paredes, tres estaban totalmente cubiertas por vitrinas contiguas, cuyas puertas de cristal, perfectamente aseguradas y herméticamente cerradas, custodiaban innumerables volúmenes; la mayoría encuadernados en piel y de aspecto realmente antiguo (se contaba que más de uno era un incunable). En el centro de la pared libre de estantes se hallaba la puerta; a la derecha unos colgadores y a la izquierda una magnífica pecera en la que nadaban varios peces de diversos colores y tamaños; había retratos rústicamente enmarcados de clérigos adornando los espacios libres del tabique, y en el ambiente central cuatro enormes mesas de madera, con sillas a su alrededor; allí nos fuimos sentando uno a uno, mientras el Padre Prefecto -el Perfeto-, que era el encargado de nuestra custodia durante el encierro, pasaba lista. Una vez acomodados abrimos los libros de texto y nos pusimos a la faena bajo la escrutadora mirada de nuestro carcelero.
Teníamos el ánimo por los suelos ante la realidad de afrontar aquel infierno -cuatro horas de aquella guisa semejaba el sufrimiento eterno-. El principio no fue tan duro como esperábamos, porque El Prefeto descuidaba en demasía su función in vigilando, abandonando a menudo la sala para permanecer ausente durante muchos minutos, momentos que aprovechábamos para hablar de nuestras inquietudes y conspirar contra la, a todas luces, injusticia de aquel castigo. En una de esas ausencias, Pedrito Sánchez alardeó de valeroso y decidido, y comentó que lo que teníamos que hacer era orinarnos en la pecera, en justa venganza contra esos frailes tiranos que tan cruelmente nos torturaban. A todos nos pareció una idea absolutamente genial aunque ninguno se atrevía a secundarla. Pero el poder de persuasión de Pedrito se impuso entre los más decididos y un nutrido grupo de compañeros nos levantamos con él. Acercamos las sillas a la pecera, nos subimos a ellas y nos dedicamos a la tarea con ahínco.
Aún no habíamos terminado cuando los peces, que minutos antes nadaban plácidamente, comenzaron a emerger para posarse inertes sobre el agua. Subían lentamente desde el fondo, se escuchaba un levísimo chapoteo y se quedaban flotando. El terror fue colectivo, el pánico nos dominó; más de uno comenzó a llorar -no por lástima, sino por miedo-. Pero en ese pavoroso caos se alzo nuevamente la persuasiva voz de Pedrito:
-¡La hemos cagao! -sentenció.
– No -dijo alguien-, la hemos meao.

Esta última frase nos despertó; el espanto se convirtió en hilaridad. Momento que aprovechó Pedrito para imponerse, acercar a su bando a los fuertes y con sus ojos inyectados en sangre y de la forma más amenazadora posible decir:
-Ahora que se levanten los que no han orinado y que lo hagan.
Y fue realmente amenazador, porque hasta Luis de Souzas, Juanito Urquijo y Miguelón Quijano lo hicieron.

El resto de la mañana se hizo eterno. Volvimos a nuestros asientos y todos los dioses habidos y por haber, nombrables e innombrables, se apiadaron ese día de nosotros. Y aunque en este punto mi memoria falla, sé que a los poco minutos volvió El Perfeto y desde el umbral de la puerta nos dio la tajante orden de que recogiéramos nuestros bártulos y nos volviéramos a casa. Fuimos saliendo agitadamente, ante la insistencia del Perfeto en que nos diéramos prisa; su voz áspera e inquieta nos apremiaba y se imponía al tenue ronroneo del arrastras de pies y el tintineo de las carpetas, lapiceros, libretas y mochilas que, como único sonido, emitíamos, como un armonioso solo vocal imponiéndose al sonido de la percusión, Y, cuando el último de nosotros abandonó la estancia, el Prefeto la cerró con llave.

Durante el resto de días que duró ese curso, mi vida fue un calvario. Apenas pude conciliar el sueño, en mis pesadillas diarias aparecían multitud de peces muertos que me miraban fijamente con sus inmóviles ojos sin párpados. Levantarme para ir a la escuela era pura mortificación. Tenía el pleno convencimiento de que se enterarían y que como mínimo me esperaba el anatema, la condenación eterna, el suplicio… Sólo pensarlo me resultaba absolutamente pavoroso. El curso transcurrió sin más incidentes dignos de mención y jamás comentamos el hecho entre nosotros.

Todavía ignoro por qué no se enteraron los frailes. Supongo que no pudieron imaginar que unos chavales de once años fueran capaces de tal acción, pues de haberlo considerado, tengo la certeza de que nos habrían descubierto. Quizá se enteraron más tarde y no relacionaron el hecho con nosotros. En cualquier supuesto, sé que la providencia nos amparó. Hoy, desde la distancia, tengo el pleno convencimiento de que los peces no llegaron a morir, al menos así quiero creerlo. Durante muchos años la hazaña pesó como una lápida sobre mi conciencia; un arcano secreto agazapado en lo más recóndito de mi subconsciente, que mantuve oculto hasta bien entrada la madurez.

Veinte años después me reencontré con El Pitigrillo -Pepe Segura Luján- a las puertas del supermercado. Había acudido a comprar unas botellas de vino y recoger en la carnicería cuatro filetes de lomo alto -el despiece de ternera de Edelmiro Tifón es de lo merjorcito que puede encontrarse en el mercado- para prepararlos en la parrilla al día siguiente; Fernando y Pilar cenarían con nosotros y mi deber era agasajarlos adecuadamente. Mientras hacía cola ante los cajeros, entre la multitud, se erigió una voz poderosa que resonaba con un eco y que gritaba mi nombre.

– ¡Coño, Marcos!

Me volví hacía donde salía la voz y, tras una sonrisa de satisfacción y unos ojos iluminados que me miraban directamente, reconocí el rostro -ya curtido- de Pitigrillo, que se acercaba hacia mí con los brazos abiertos. Venía enfundado con el uniforme verde de la Guardia Civil.

– ¡Piti… Cuánto tiempo! -dije con alegría mientras nos abrazábamos-. ¡Si te has hecho de la ley y el orden!
Y como respuesta, con su poderosa voz, cuyo eco resonó en todo el establecimiento, gritó.
– ¿Te acuerdas cuando nos meamos en la pecera?

El mundo se detuvo en un instante, incluso el latido de mi corazón. Un estremecimiento de pavor absoluto me recorrió de pies a cabeza. Y un sentimiento inenarrable, mezcla de terror, vergüenza y congoja, sacudió mis cimientos; y los recuerdos surgieron nítidos de mi interior. La sensación de espanto duró unos angustiosos segundos… e inmediatamente se convirtió en una sonora carcajada. La liberación había llegado de casualidad; con la repentina aparición de Pitigrillo se desvaneció mi complejo de culpa.

Pasé veinte años guardando en mi interior un secreto, intentando borrar de mi memoria tan pesado baldón. Quise convencerme a mí mismo de mi inocencia, diciéndome que la idea no fue mía, que había sido inducido a cometer un acto vil; pero lo cierto es que accedí a ello con entusiasmo y no hizo falta insistirme mucho. Todas las excusas que busqué fueron vanas. Y aunque mi intención no era asesinar a esos pobres pececillos que hermoseaban el hermetismo de aquella tétrica biblioteca, lo cierto es que participé jubiloso en la masacre. Nunca me sentiré orgulloso de ello, pero ya no reniego de mis actos. Y ese arcano secreto se desvanecía en un instante, públicamente y por un supuesto defensor de la Ley. En ese momento comprendí que el hecho en sí no tenía importancia, ni siquiera las consecuencias del mismo, y que la causa de mi perturbación no eran los remordimientos; era el miedo, un miedo al castigo físico en los días posteriores al suceso, que se transformó en el miedo culposo del malhechor. Y también supe que un acto irreflexivo, aunque condicione los hechos posteriores, debe ser asumido en el momento, guardárselo para sí sólo produce desesperación; las losas pesan cuando están encima. Tras la sonrisa de Piti lo descubrí. En mis pesadillas ya no aparecen los peces muertos, ni sus ojos inquisidores.

En el edificio románico de los Reverendos Padres, ubicado en las inmediaciones de la Plaza del Filántropo, del Barrio Atávico, se hallaban las aulas en las que cursé los primeros años de estudiante. Durante los inicios de mi enfrentamiento con el férreo aprendizaje de la tabla de multiplicar y el listado de los reyes godos, sucedió un hecho que me mantuvo aterrorizado durante bastantes años de mi vida.

Tras una trastada general en el aula, fuimos castigados a permanecer toda la mañana de un sábado en el colegio; todos los alumnos, culpables e inocentes. Ignoro la causa por la que nos trasladaron a una habitación en la tercera planta -quizá ese sábado se hacía la inspección exhaustiva de las aulas- , que durante el resto del año estaba vedada a los alumnos, pues en ella se hallaban los aposentos de los frailes; allí residían. El habitáculo era en realidad la biblioteca privada de la orden. De sus cuatro paredes, tres estaban totalmente cubiertas por vitrinas contiguas, cuyas puertas de cristal, perfectamente aseguradas y herméticamente cerradas, custodiaban innumerables volúmenes; la mayoría encuadernados en piel y de aspecto realmente antiguo (se contaba que más de uno era un incunable). En el centro de la pared libre de estantes se hallaba la puerta; a la derecha unos colgadores y a la izquierda una magnífica pecera en la que nadaban varios peces de diversos colores y tamaños; había retratos rústicamente enmarcados de clérigos adornando los espacios libres del tabique, y en el ambiente central cuatro enormes mesas de madera, con sillas a su alrededor; allí nos fuimos sentando uno a uno, mientras el Padre Prefecto -el Perfeto-, que era el encargado de nuestra custodia durante el encierro, pasaba lista. Una vez acomodados abrimos los libros de texto y nos pusimos a la faena bajo la escrutadora mirada de nuestro carcelero.

Teníamos el ánimo por los suelos ante la realidad de afrontar aquel infierno -cuatro horas de aquella guisa semejaba el sufrimiento eterno-. El principio no fue tan duro como esperábamos, porque El Prefeto descuidaba en demasía su función in vigilando, abandonando a menudo la sala para permanecer ausente durante muchos minutos, momentos que aprovechábamos para hablar de nuestras inquietudes y conspirar contra la, a todas luces, injusticia de aquel castigo. En una de esas ausencias, Pedrito Sánchez alardeó de valeroso y decidido, y comentó que lo que teníamos que hacer era orinarnos en la pecera, en justa venganza contra esos frailes tiranos que tan cruelmente nos torturaban. A todos nos pareció una idea absolutamente genial aunque ninguno se atrevía a secundarla. Pero el poder de persuasión de Pedrito se impuso entre los más decididos y un nutrido grupo de compañeros nos levantamos con él. Acercamos las sillas a la pecera, nos subimos a ellas y nos dedicamos a la tarea con ahínco.

Aún no habíamos terminado cuando los peces, que minutos antes nadaban plácidamente, comenzaron a emerger para posarse inertes sobre el agua. Subían lentamente desde el fondo, se escuchaba un levísimo chapoteo y se quedaban flotando. El terror fue colectivo, el pánico nos dominó; más de uno comenzó a llorar -no por lástima, sino por miedo-. Pero en ese pavoroso caos se alzo nuevamente la persuasiva voz de Pedrito:

-¡La hemos cagao! -sentenció.
– No -dijo alguien-, la hemos meao.

Esta última frase nos despertó; el espanto se convirtió en hilaridad. Momento que aprovechó Pedrito para imponerse, acercar a su bando a los fuertes y con sus ojos inyectados en sangre y de la forma más amenazadora posible decir:
-Ahora que se levanten los que no han orinado y que lo hagan.

Y fue realmente amenazador, porque hasta Luis de Souzas, Juanito Urquijo y Miguelón Quijano lo hicieron.

El resto de la mañana se hizo eterno. Volvimos a nuestros asientos y todos los dioses habidos y por haber, nombrables e innombrables, se apiadaron ese día de nosotros. Y aunque en este punto mi memoria falla, sé que a los poco minutos volvió El Perfeto y desde el umbral de la puerta nos dio la tajante orden de que recogiéramos nuestros bártulos y nos volviéramos a casa. Fuimos saliendo agitadamente, ante la insistencia del Perfeto en que nos diéramos prisa; su voz áspera e inquieta nos apremiaba y se imponía al tenue ronroneo del arrastras de pies y el tintineo de las carpetas, lapiceros, libretas y mochilas que, como único sonido, emitíamos, como un armonioso solo vocal imponiéndose al sonido de la percusión, Y, cuando el último de nosotros abandonó la estancia, el Prefeto la cerró con llave.

Durante el resto de días que duró ese curso, mi vida fue un calvario. Apenas pude conciliar el sueño, en mis pesadillas diarias aparecían multitud de peces muertos que me miraban fijamente con sus inmóviles ojos sin párpados. Levantarme para ir a la escuela era pura mortificación. Tenía el pleno convencimiento de que se enterarían y que como mínimo me esperaba el anatema, la condenación eterna, el suplicio… Sólo pensarlo me resultaba absolutamente pavoroso. El curso transcurrió sin más incidentes dignos de mención y jamás comentamos el hecho entre nosotros.

Todavía ignoro por qué no se enteraron los frailes. Supongo que no pudieron imaginar que unos chavales de once años fueran capaces de tal acción, pues de haberlo considerado, tengo la certeza de que nos habrían descubierto. Quizá se enteraron más tarde y no relacionaron el hecho con nosotros. En cualquier supuesto, sé que la providencia nos amparó. Hoy, desde la distancia, tengo el pleno convencimiento de que los peces no llegaron a morir, al menos así quiero creerlo. Durante muchos años la hazaña pesó como una lápida sobre mi conciencia; un arcano secreto agazapado en lo más recóndito de mi subconsciente, que mantuve oculto hasta bien entrada la madurez.

Veinte años después me reencontré con El Pitigrillo -Pepe Segura Luján- a las puertas del supermercado. Había acudido a comprar unas botellas de vino y recoger en la carnicería cuatro filetes de lomo alto -el despiece de ternera de Edelmiro Tifón es de lo merjorcito que puede encontrarse en el mercado- para prepararlos en la parrilla al día siguiente; Fernando y Pilar cenarían con nosotros y mi deber era agasajarlos adecuadamente. Mientras hacía cola ante los cajeros, entre la multitud, se erigió una voz poderosa que resonaba con un eco y que gritaba mi nombre.
– ¡Coño, Marcos!
Me volví hacía donde salía la voz y, tras una sonrisa de satisfacción y unos ojos iluminados que me miraban directamente, reconocí el rostro -ya curtido- de Pitigrillo, que se acercaba hacia mí con los brazos abiertos. Venía enfundado con el uniforme verde de la Guardia Civil.
– ¡Piti… Cuánto tiempo! -dije con alegría mientras nos abrazábamos-. ¡Si te has hecho de la ley y el orden!
Y como respuesta, con su poderosa voz, cuyo eco resonó en todo el establecimiento, gritó.
– ¿Te acuerdas cuando nos meamos en la pecera?

El mundo se detuvo en un instante, incluso el latido de mi corazón. Un estremecimiento de pavor absoluto me recorrió de pies a cabeza. Y un sentimiento inenarrable, mezcla de terror, vergüenza y congoja, sacudió mis cimientos; y los recuerdos surgieron nítidos de mi interior. La sensación de espanto duró unos angustiosos segundos… e inmediatamente se convirtió en una sonora carcajada. La liberación había llegado de casualidad; con la repentina aparición de Pitigrillo se desvaneció mi complejo de culpa.

Pasé veinte años guardando en mi interior un secreto, intentando borrar de mi memoria tan pesado baldón. Quise convencerme a mí mismo de mi inocencia, diciéndome que la idea no fue mía, que había sido inducido a cometer un acto vil; pero lo cierto es que accedí a ello con entusiasmo y no hizo falta insistirme mucho. Todas las excusas que busqué fueron vanas. Y aunque mi intención no era asesinar a esos pobres pececillos que hermoseaban el hermetismo de aquella tétrica biblioteca, lo cierto es que participé jubiloso en la masacre. Nunca me sentiré orgulloso de ello, pero ya no reniego de mis actos. Y ese arcano secreto se desvanecía en un instante, públicamente y por un supuesto defensor de la Ley. En ese momento comprendí que el hecho en sí no tenía importancia, ni siquiera las consecuencias del mismo, y que la causa de mi perturbación no eran los remordimientos; era el miedo, un miedo al castigo físico en los días posteriores al suceso, que se transformó en el miedo culposo del malhechor. Y también supe que un acto irreflexivo, aunque condicione los hechos posteriores, debe ser asumido en el momento, guardárselo para sí sólo produce desesperación; las losas pesan cuando están encima. Tras la sonrisa de Piti lo descubrí. En mis pesadillas ya no aparecen los peces muertos, ni sus ojos inquisidores.

Autor:

José Querol

Subido por:

Marta González García