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Los días 18 y 19 de abril el Centro Madrid Sur de la UNED organizó sendas visitas al recién renovado Museo de los Orígenes-San Isidro, museo que se centra en el Madrid anterior a 1561, fecha en la cual pasa a ser capital. El primer grupo fue acompañado por el profesor-tutor César Yagüe, y el segundo por el subdirector de Extensión Universitaria de UNED Madrid Sur, Juan P. Rodríguez.

José María Villegas, estudiante del Centro Madrid Sur, a través de este artículo hace balance de la visita.

En pleno corazón del barrio de La Latina, como parte singular del Madrid más castizo, se encuentra un edificio emblemático: el Palacio de los Condes de Paredes de Nava, más conocido por los madrileños como la Casa de San Isidro pues allí vivió y murió el santo patrón de la ciudad.

El palacio, situado en el número dos de la plaza de san Andrés, muy cerca de la Plaza Mayor y el Palacio Real, fue construido durante la primera mitad del siglo XVI por la familia de los Lujanes, cuyo escudo puede verse aún hoy en los capiteles del patio. Tras acoger a varios inquilinos ilustres, entre ellos al nuncio del papa y a la familia Vargas, patronos de san Isidro, pasó a manos de los Condes de Paredes, artífices, a principios del siglo XVII, de la construcción de la capilla dedicada al santo. Con el paso del tiempo el edificio sufrió un importante deterioro, lo que le llevó a su casi total demolición en 1974. Reconstruido posteriormente, mantiene alguno de los elementos originales, tales como la capilla, el Pozo del Milagro y el patio renacentista del siglo XVI.

Desde su reconstrucción el edificio acoge el Museo de San Isidro, tributo a los logros de la arqueología madrileña y a la historia de la ciudad desde la Prehistoria hasta el año 1561, cuando por decisión de Felipe II la Corte se traslada a Madrid y la villa se convierte en capital de un vasto imperio.

Forman la colección más de trescientos mil objetos inventariados, muchos de ellos expuestos en los 600 m² dedicados al visitante.

Merece la pena acercarse a tan bello edificio callejeando por el casco histórico. Pasear por la Puerta del Sol, atravesar la Plaza Mayor, bajar por la Cava Baja. Impregnarse del ambiente castizo, antiguo, que desprenden las calles, a veces callejuelas, retorcidas, umbrías, enigmáticas. Elevar la vista del suelo y observar edificios, iglesias, viejas tascas y tabernas, herederas de antiguas posadas y mesones, en los que nunca antes habíamos reparado. Oler, no sólo el humo de los tubos de escape y de las basuras amontonadas, también otros aromas camuflados; el olor a tortilla de patatas, a bravas, a calamares fritos, a churros con chocolate, a jugosos asados, en la Cava Baja. Tocar muros milenarios. Transportarnos siglos atrás e imaginarnos estas mismas calles, que ya existían, con sus habitantes de entonces. Escuchar, no el ruido de los coches o las voces elevadas de los vecinos, sino imaginar el sonido de los cascos de los caballos, el de los carros al pasar por estas calles sin empedrar…

Entrados en el edificio, el Museo se articula en tres ámbitos: “Antes de Madrid”, “Mayrit/Madrid” y “San Isidro”.

En “Antes de Madrid” se realiza un recorrido a lo largo de un periodo de tiempo tan dilatado como el que va de la Prehistoria a la Edad Media. Se muestran restos fósiles de los grandes mamíferos que habitaron las orillas del Manzanares y sus afluentes: mamut, rinoceronte lanudo, elefante, uro o toro primitivo, caballo… Restos pertenecientes a animales tanto de climas fríos como cálidos, lo que demuestra los grandes cambios climáticos que sufrió el Madrid prehistórico. Y mientras la guía prosigue con sus explicaciones me evado, mi mente viaja al pasado. Imagino esos animales colosales pastando junto a la ribera del Manzanares, recorriendo la actual zona de Orcasitas en grandes manadas. Imagino un Madrid de densa vegetación, un auténtico vergel y no el árido, seco, paisaje actual.

Oigo de nuevo la voz de la guía. Vuelvo al presente: “Y junto a estos restos fósiles de animales, se encuentran también expuestos diversos útiles fabricados por los primeros pobladores de estas tierras”, prosigue.

Me pierdo nuevamente en los rincones de mi imaginación. Veo a los hombres del Paleolítico, del Neolítico, de la Edad de los Metales. ¿De dónde vienen? ¿De Centroeuropa? ¿Del Mediterráneo? ¿De más lejos? ¿Vienen huyendo de climas más extremos, o de enemigos que pretenden aniquilarlos? ¿Los atrae la bondad del paisaje, el exceso de caza, el deseo de conquista? ¿O sólo pretenden sobrevivir en un mundo hostil que no controlan? Me fijo en sus primeros útiles. Toscos. Piedras talladas a golpes, donde el azar y cierto grado de habilidad convierte un borde romo (utilizado para machacar), en otro liso y cortante (para sajar) o puntiagudo (para hendir). Con el paso del tiempo fabrican útiles más refinados, no sólo de piedra, también de madera y de metal, para usos diversos usos en su vida cotidiana. Estos primeros habitantes son nómadas, grandes viajeros. Viven o sobreviven o malviven del producto de la caza, de la pesca, de la recolección.

Pasan los siglos. Nos encontramos 8000 años atrás. Ciertos avances, tímidos al principio, más firmes después, van originando un progresivo proceso de sedentarización, proceso ligado a la domesticación de animales y a la aparición de la agricultura. Estos seres primitivos pasan de vivir en grutas a hacerlo en chozas, primero aisladas, luego en poblados defendidos por vallas. De asociarse en clanes unidos por lazos familiares a hacerlo en tribus formadas por varias familias. Surge la figura del jefe. Al principio el mejor cazador, el que más recursos aporta a su poblado. Más tarde el mejor guerrero. Pasan los siglos. Aparece la cerámica, la metalurgia, los ritos funerarios, el concepto de arte, el de divinidad.

Damos otro salto en el tiempo. Los carpetanos campan por la región. No forman un núcleo grande, más bien conviven en poblados aislados, a orillas de los ríos. Forman clanes independientes.

Llegan los romanos. Les interesa el territorio desde el punto de vista geográfico: por su posición central puede ser un lugar interesante como cruce de caminos. Crean por tanto una importante red de calzadas que, atravesando la región en varios sentidos, comunican ciudades importantes. Núcleos principales de población para los romanos fueron Titulcia y Complutum (la actual Alcalá de Henares).

Cerca de estas calzadas (Villaverde, Carabanchel, Casa de Campo) se construyeron algunas villas romanas. El Museo muestra una villa romana descubierta en Villaverde Bajo y el “Mosaico de Carabanchel”, lo que certifica que la zona de Madrid sí tuvo cierta población romana de relativa importancia.

Los visigodos, aunque establecieron su capital en Toledo, también dejaron huella con varios asentamientos cercanos a la capital madrileña. Se exponen algunos objetos hallados en la Comunidad y que formaban parte de su día a día, así como una detallada descripción de sus ritos funerarios.

La segunda zona, “Mayrit/Madrid” está articulada en torno a dos etapas: el Madrid islámico y el cristiano. Es en época medieval cuando se ponen los cimientos de la que hoy conocemos como Madrid. El emir Muhamad I (852-886) levanta el Alcázar árabe en la zona que hoy ocupa La Almudena. Al principio sería una torre de vigilancia, defendida por unos pocos militares, cuya única misión consistiría en vigilar posibles incursiones de tropas cristianas llegadas desde el norte. La guarnición fue creciendo en efectivos, a los militares les seguirían sus familias, el recinto fue haciéndose mayor y se convirtió en fortaleza. Con el tiempo, este Alcázar tendría también la misión de convertirse en bastión defensivo de la ciudad de Toledo ante la posible llegada de los cristianos en su avance hacia el sur.

Este Madrid islámico queda reflejado a través de una maqueta, donde se evidencian los sucesivos recintos amurallados levantados como consecuencia del crecimiento de la población. Se hace también hincapié en la importancia que el agua tenía en la época, tanto para el consumo como para su distribución a las huertas mediante pozos y norias. Se puede contemplar también otra maqueta que representa una casa islámica tipo, con su patio interior. Asimismo se exponen piezas de la alfarería islámica, y otros objetos representativos de su vida cotidiana.

Tras la conquista de Madrid en 1083 por el rey cristiano Alfonso VI y su posterior repoblación con gentes llegadas de otras tierras, podemos hablar ya de la existencia de Madrid como villa y como una de las siete ciudades castellanas que tenía voz y voto en Cortes.

Durante el siglo XII la ciudad amplía su extensión, se construyen nuevos barrios y una nueva muralla.

La parte más espectacular de esta zona del museo quizás sea una recreación audiovisual donde el espectador se traslada al claustro medieval de los Jerónimos, ejemplo del tardogótico. Durante la proyección se explica su historia: las excavaciones que a raíz de la ampliación del Museo del Prado sacaron a la luz estos restos, su restauración, su estudio, sus reubicaciones posteriores….

El tercer espacio está dedicado a “San Isidro”. Se visita la capilla creada en su honor.

Mención aparte merece una sala del recorrido dedicada a Beatriz Galindo “La Latina” y a su esposo Francisco Ramírez “el Artillero”. Sobresalen los cenotafios de ambos, así como un retrato de la misma y varios objetos de la época.

El Museo cuenta con numerosos audiovisuales de vitrina y pantallas táctiles en un intento por hacer atractivos algunos aspectos, a menudo áridos, de la arqueología madrileña.

Y acabada la visita, nada mejor que entrar en la cercana iglesia de san Andrés, y admirar su altar. También recorrer los primeros metros de la calle Mancebos, donde se pueden observar restos de la antigua muralla, y callejeando un poco sentarnos en alguna de las múltiples terrazas que adornan la zona donde, mientras degustamos una cerveza de barril bien tirada acompañada de su tapita, hacemos un resumen de lo visto en una tarde para recordar.

Centro Asociado UNED Madrid Sur

COMUNICACIÓN UNED, 22 de mayo de 2017

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