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El director del Centro Asociado de Cádiz, Manuel Barea, quien ejerció de guía en esta actividad realiza la crónica de la misma.

A modo de prólogo…

Cuarta fusión con éxito de las Rutas Culturales y Literarias organizadas por el magnífico equipo de Actividades Culturales de la UNED-Sede Central en colaboración con el Centro Asociado de Cádiz. La primera que realizó este Centro fue en el año 2012 con la “Ruta Constitucional del Cádiz de Las Cortes”; le siguió en el 2014 la dedicada a Caballero Bonald; el año 2018 la centramos en Fernando Quiñones y en esta ocasión sobre dos excepcionales mujeres avanzadas a su tiempo, Frasquita Larrea y su hija Fernán Caballero. Participación de 34 personas procedentes mayoritariamente de Madrid, pero también de Lugo, Sevilla, Almería y Cádiz, entre otras provincias. La benigna climatología nos acompañó en ambas jornadas.

Capítulo I

El sábado amaneció un luminoso día otoñal gaditano, fresco, azul, con brisa suave de poniente, ideal para caminar la ciudad y recordar el Cádiz ilustrado del XIX y sus románticas tertulias literarias entre su callejero neoclásico e isabelino.

Un animoso grupo de amigos de las actividades culturales que organiza la UNED por toda la geografía patria se dio cita en la ciudad de Cádiz, convocados por su Centro Asociado, con el apoyo imprescindible de la Unidad gestionada tan eficazmente por Rocío Martínez Santos y su equipo.

La primera página se abrió en el edificio del Centro, una casa de comerciantes prototipo de la burguesía gaditana de comienzos del siglo XIX, en su salón de los “espejos”, donde antaño hubo recepciones, bailes, tertulias, se tomaba chocolate y se fumaban habanos.

Tras una breve presentación y bienvenida a los “ruteros” a cargo del Director del Centro y de la actividad Manuel Barea (en el isabelino salón de actos) y de la responsable de Actividades Culturales de la UNED, Rocío Martínez, se hizo una breve contextualización histórica al Cádiz de comienzos del siglo XIX, en el cual tuvieron su protagonismo Frasquita Larrea, Fernán Caballero y Margarita de Morla, verdaderas avanzadas y precursoras de un incipiente feminismo acorde con su época.

Tras esta mini exposición académica, y la correspondiente foto de rigor en la planta “noble” del edificio, hubo tiempo para disfrutar del café en las decimonónicas calles y plazas gaditanas, Ancha, San Antonio, Mina, a la fresca de la mañana.

La segunda página se abrió en el Museo de Cádiz. Dos voluntariosos e ilustrados guías nos introdujeron en los albores del Cádiz fenicio, púnico y romano: cráteras, capiteles protoeólicos, estatuillas de diosas y dioses (Astarté, Hércules-Melkart), los famosos sarcófagos antropoides conocidos como la Dama y el “Damo” de Cádiz, la fisonomía de la ciudad en época romana, el concepto de archipiélago de las Islas Gadeiras -citadas por Estrabón en su Geografía-, el mosaico romano aparecido en Puerto Real con el dios Baco en sus teselas, o la imponente estatua de Trajano procedente del yacimiento de Baelo Claudia (Tarifa, Cádiz). Sería largo contar las anécdotas citadas por nuestros dos cicerones, de los que pudimos saborear el “habla de Cádiz”, la misma que viajó en las carabelas y galeones a las Islas Afortunadas, al Caribe y a Tierra Firme, conformando un modo de hablar cuya fonética es similar a las hablas andaluzas atlánticas.

La página siguiente se escribió en las calles y plazuelas: Mina (verdadero jardín botánico), San Francisco y Rafael de la Viesca. Aquí hubo breve parada ante la marmórea lápida dedicada a la tertulia de Frasquita Larrea en la fachada de la casa donde vivió. Más adelante la calle de los Doblones hoy de Manuel Rancés, de clara resonancia comercial y mercantil. Más casonas barrocas con patios de columnas, balconadas, cierros, pisos principales de balcones corridos, las azoteas con sus torres miradores, la piedra ostionera, calles estrechas para aprovechar al máximo el pequeño espacio de esta ciudad-isla-estado.

Bajada de San Francisco, ya animada por el turismo que ha llegado en un buque crucero italiano de la línea “C”. El sol en el cénit casi, calor. Nos ponemos a resguardo en la fresca calle de los Flamencos Blancos, en alusión a esta nutrida colonia de holandeses que se establecieron en Cádiz desde el siglo XVII, contemporáneos de los pintores Rembrandt y Vermeer, que nos trajeron su famosa “mantequilla de Flandes”.

Calle en sombra, apetecible, donde pudimos contemplar fachadas de casas del citado siglo, de piedra ostionera, con bajos dedicados a almacenes donde se guardaban las mercancías que entraban en la ciudad por el mar en los galeones de las flotas que venían de América y Filipinas: café, cacao, azúcar, maderas nobles como la caoba o el palo de santo, mármoles de Génova, especias, sedas, cochinilla, quina o cascarillas, palo Campeche, añil, grana, cueros, marfil, carey, y sobre todo tabaco.

El cuarto folio se escribió con vino de Rota, un “Palo Cortao” generoso, de color ámbar, que acompañó unas delicias: atún de Barbate en manteca de cerdo y unos minis de anchoas en salazón. Muchos aprovecharon para hacer acopio de provisiones para la “travesía” de vuelta.

El paseo sin prisas fue el argumento de la siguiente hoja de la ruta: Catedral, con su blanca y refulgente fachada contra un cielo azul índigo; calle Compañía, muy concurrida; Plaza de las Flores con el cautivador olor a “adobo” del freidor; el mercado de abastos, aquí llamado “La Plaza”, donde competían los aromas de los chicharrones y de la manteca “colorá”. Al salir algunos pudimos degustar unos “ostiones” de la tierra con sus gotas de limón.

Por los Callejones de Cardoso alcanzamos el Barrio de la Viña, el más popular y carnavalero, el que asoma a La Caleta. Y nosotros también lo hicimos desde el monumento al autor de coplas de Carnaval Paco Alba: al fondo el Castillo de San Sebastián, donde se dice estuvo el Kronión, con el faro y las escolleras. Una maravillosa pleamar dibujó una estampa marinera pletórica de matices y colores: fortificaciones, barquillas, gaviotas, personal bañándose…

La sexta página se escribió en la Peña Juanito Villar: dos buenas mesas bien abastecidas suministraron abundante condumio a los cansados ruteros: aceitunas, “papitas aliñás”, queso viejo y lomo; pimientitos fritos para acompañar boquerones, adobo y “pescaílla gaditana del fondón”; de postre pastelitos compartidos. Todo bien regado con cervezas y vinos de la tierra. Una foto final en el “tablao flamenco” -con algún que otro cantesito– inmortalizó el cuadro andalú.

El paseo perimetral fue la siguiente anotación en el diario de bitácora: Playa de La Caleta (lo que fue el canal Bahía-Caleta), Castillo de Santa Catalina, Parador de Turismo (edificio impersonal descontextualizado en ese lugar), Parque Genovés, Alameda de Apodaca, antiguo Gobierno Militar (hoy sede del Rectorado de la UCA), Plaza de San Antonio, calle Ancha, Plaza de Candelaria y Café Royalty, donde se dio por finalizado el recorrido rutero programado para el sábado, a las seis de la tarde.

Pero la ciudad seguía ofreciendo muchas posibilidades, especialmente la visita al buque-escuela argentino Libertad, fondeado en el muelle.

Capítulo II

Jornada dominical. Octava anotación en este “cuaderno de bitácora”. Nos trasladamos a El Puerto de Santa María.

Un agradable paseo en tren sirvió para disfrutar de los caños y marismas de la bahía gaditana. El istmo o arrecife que une Cádiz con la Real Isla de León o San Fernando, los caños del Río Arillo y de Sancti Petri (que convierten a Cádiz y San Fernando en dos islas), el Arsenal de La Carraca donde fondea el buque-escuela Elcano, Puerto Real (al norte de la bahía) y, por fin, El Puerto, sobre el río Guadalete.

Urgentes necesidades de intendencia y logística  (desayuno básico) nos hacen retozar en los alrededores de la férrea estación de ADIF antes RENFE. Mañana de nuevo luminosa, sin viento, de bonanza total.

Por la Ribera del Marisco nos adentramos en el corazón de la ciudad por la margen del Guadalete, ahora en bajamar.

En la Plaza de las Galeras Reales hicimos “estación” y hubo breve explicación de la fuente donde hacían la “aguada” las galeras de la Corona antes de zarpar para las Américas  y donde invernaban atracadas cuando arreciaban los temporales y las flotas arrimaban a buen puerto.

Nueva página. Una vez aprovisionados de los billetes de vuelta en el catamarán, visitamos el Castillo de San Marcos, edificado sobre una anterior mezquita, y esta sobre previos sillares romanos, castillo de estilo almohade, del siglo X.

Aquí instaló el rey Alfonso X la sede de la Orden Militar de Santa María, encargada del “fecho de mar o de allende”, cuya finalidad era “cristianizar” el norte de África e impedir más invasiones islámicas. Su torre hexagonal muestra los símbolos de la corona castellana: el castillo y el león; otra torre tiene inscripciones alusivas a la Virgen de Santa María de El Puerto, a la que el rey Sabio alude en sus Cantigas (hacia 1280).

El folio número diez narra la visita al exterior del coso taurino portuense, erigido en 1880 por un grupo de nobles patricios locales presididos por D. Tomás Osborne Böhl de Faber, descendiente de D.ª Cecilia, la irrepetible Fernán Caballero, cuyo “travestismo onomástico-patronímico” merecería todo un análisis. Hubo fotos ante el morlaco que preside la entrada principal inmortalizan el momento.

Se acerca la hora de la visita a la Bodega Osborne, página undécima de esta narración, fijada para el mediodía. Vamos a visitar una de las catedrales del vino de la comarca vinatera del marco de Jerez. Nuestra anfitriona va a ser Carla Terry, con la cual hemos estado en contacto y que, conociendo la temática de la ruta tan vinculada a esta bodega, ha decidido hacer de cicerone, todo un lujazo que pudimos disfrutar.

La recepción fue con una demostración de “venencia” acompañados de un sorbito de un oloroso médium RF10, vino excelente de la gama normal de la casa. A continuación entramos en la bodega “Derecha”. Hubo explicaciones sobre la “bota del coste” (de donde sacaban vino para los trabajadores); sobre los vinos de la gama alta o VORS (Very Old Rare Sherry), cuyas marcas son: Sibarita, Capuchino, Venerable y 51-1ª, adquiridas a la bodega jerezana de Pedro Domecq. Aparecen botas gloriosas como las dedicadas a las dos casas fundadoras: Duff Gordon (1768) o a Osborne (1772), las “joyas de la corona” de este reino bodeguero.

Carla nos explica el sistema de crianzas del vino: soleras, primeras criaderas y segundas criaderas, botas que se colocan en andanas y maduran con la sombra y el silencio; cómo el vino se saca de las botas de abajo (las soleras) que se van rellenado con vinos de las criaderas: encabezar el vino, magnífica metáfora antropomórfica, de arriba abajo, de la cabeza a los pies, pero con caldos del dios Baco.

Aparecen nombres de marcas ilustres: Solera “El Cid”, fino “Coquinero”, solera BC200, Soleras Indias o borbónicas. O la genealogía de los fundadores de la bodega en las botas: Frasquita Larrea, Sir James Duff, Thomas Osborne Mann o Fernán Caballero.

Tras las maravillosas explicaciones de nuestra guía Carla, pasamos a la “sacristía” de la “catedral”, donde nos explican los seis tipos básicos de vino de esta bodega: fino Quinta, fino Coquinero, oloroso Bailén, oloroso “médium” RF10, cream Santa María y el Pedro Ximénez.

A continuación pasamos a la sala dedicada al “Toro de Osborne”, con interesantes explicaciones de los fundadores de la bodega, historia del Toro, cartelería, fotos de los primeros que “apacentaron” por la geografía nacional, etc. (inolvidables en cualquier viaje por las carreteras de la piel de toro, en los horizontes).

Pero quizás lo más novedoso fue la relación entre la familia de bodegueros, Fernán Caballero y sus adivinanzas (como la del “viento”), y el escritor J.R.R. Tolkien (el autor de El señor de los anillos y El hobbit). Todo un hallazgo inesperado y muy literario. Asimismo, el árbol genealógico de los fundadores de la Casa Osborne, el parentesco que casi 250 años después tiene afortunadamente continuidad comercial. El Puerto de Santa María debe mucho a esta saga bodeguera que echó sus raíces británicas en tierra gaditana y ha contribuido a difundir internacionalmente el nombre de la ciudad del Guadalete.

En la sala de degustaciones pudimos saborear estos caldos y apreciar sus colores, olores y sabores, en sus correspondientes catavinos. Buen momento para la tertulia y las anécdotas, fotos, etc. Excelente “rengue”, acompañados de nuestra ilustrada y amable guía.

El paso por la tienda fue obligado y el grupo adquirió algunas maravillas, especialmente caldos, como recuerdo del viaje y estancia en estos ámbitos únicos.

La penúltima página, duodécima, narra cómo el animado grupo rutero, ya algo cansado, dio cuenta de un soberbio condumio en los “ruidosos” salones del bar-restaurante “La Nueva Dorada”, en la misma ribera del río. El menú ofrecía: aceitunas verderonas, huevas aliñás, pavías de merluza rebozada y revuelto de bacalao; de fondo, un arroz paella y de postre tarta helada. Vinos y cervezas a discreción. No estuvo mal la cosa. Cafés y otros generosos fueron consumidos en barra a escote.

Y llegó el capítulo final, el regreso a Cádiz en el catamarán, antes era en el añorado Vaporsito. Puntual, a las 17:15, soltaba amarras en las aguas del Guadalete la nave repleta de viajeros. Nos desperdigamos por las amuras de babor y estribor, la popa y la cubierta superior para disfrutar de las vistas de la bahía: Valdelagrana a Levante, La Puntilla al NW y al fondo, al sur, Cádiz entre una ligera bruma, con la catedral al fondo. Hace doscientos años la bahía estaba llena de bajeles y velámenes.

La entrada en la bocana del puerto estuvo flanqueada por el buque crucero Costa Mediterránea, de la genovesa línea C, y el buque escuela argentino Libertad, que tenía sus blancas velas “arranchadas” por lo alto.

A las 18:00 la tripulación llegó a buen puerto y se dio por finalizada esta IV Ruta Literaria-Cultural. Despedidas, agradecimientos y buen ambiente entre los participantes.

Epílogo:

Excelentes sensaciones, deseos de regresar a Cádiz, proyectos en la “cocina”, despedidas inevitables y magníficas vivencias literarias, culturales y humanas.

¡Volveremos!

«El andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos«

(Cervantes, El Coloquio de los perros, 1613)

Centro Asociado UNED Cádiz

COMUNICACIÓN UNED, 7 de octubre 2019

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